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El joven chef Diego Dato es el encargado de gestionar la cocina del restaurante Melvin, el tercero abierto por Martín Berasategui en la isla de Tenerife y noveno en España

El joven chef Diego Dato es el hombre de confianza de Martín Berasategui para gobernar los fogones del Restaurante Melvin, el tercero abierto en la isla afortunada de Tenerife y noveno en España. Los dos anteriores abiertos en la isla canaria son M.B., con dos estrellas Michelin y Txoko en el cercano resort de lujo Abama Tenerife. Hay que sumarle dos restaurantes en el País Vasco: el que lleva su nombre, Martín Berasategui, con tres estrellas Michelin y Eme Be Garrote en Donosti. Cuatro más en Barcelona: Lasarte con 3 estrellas de la famosa guía roja francesa gastronómica, Hallo cocktail Bar, Restaurante Oría y el restaurante Fonda España. Además asesora a otros 3 restaurantes en México y dos en República Dominicana.

Restaurante Melvin

Restaurante Melvin

 

Ubicado en el soleado y privilegiado sur de Tenerife, dentro del elegante complejo de apartamentos Las Terrazas de Abama (de la compañía My Way Hotels & Resorts), con vistas imperdibles e impagables al Océano Atlántico y a la próxima isla de La Gomera, que da la sensación de que casi se puede tocar por el juego de la perspectiva, y donde las puestas de sol se convierten en pura poesía, y los platos de este joven chef se fusionan en perfecta armonía con tanta belleza.

 

Restaurante Melvin

Restaurante Melvin

 

La cocina elegida para este tercer restaurante es una fusión de mediterránea con el sabor de los asadores donostiarras que vieron crecer al chef del “garrote” y que es el único cocinero español que tiene actualmente es su curriculum 8 estrellas Michelin. Mimo por el producto, dando prioridad a la materia prima canaria de proximidad, para crear platos de alta cocina completado con una buena oferta de carnes y pescados a la brasa.

Restaurante Melvin

Restaurante Melvin

 

El chef Dato es originario del levante español y por tanto ha crecido entre arroces de su Elche natal, con una formación de campanillas entre grandes espadas de los pucheros y sartenes como el malogrado Santi Santamaría y su mentor Martín Berasategui que desde hace poco le ha dado la alternativa en el Restaurante Melvin, después de su paso por los otros dos restaurantes del grupo en Canarias: M.B. y Txoko.

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El chef Diego Dato. Restaurante Melvin. Fotografía gentileza de Mandarina Comunicación

 

El nombre escogido para el restaurante no ha sido casual, sino que es un claro tributo a Melvin Villarroel, el arquitecto boliviano que creó esta área turística dándole personalidad propia y con el propósito de que perdurase en el tiempo con el máximo respeto posible al entorno.

De su interiorismo destaca la cocina vista para crear una cercanía con los comensales y puedan ser testigos de todo lo que se cuece dentro. Colores naturales para maderas y tapicerías y otorgarle ese plus de calidez y a la par elegante. La terraza exterior al aire libre es maravillosa a cualquier hora del día, pero es especialmente mágica con la caída del sol y con la iluminación nocturna.

  • Croqueta de jamón.
  • Mantequilla de cebolla caramelizada.
  • Base de arroz socarrat con chipirón y su tinta y queso rallado.
  • Pan blanco, focaccia de chorizo y pan de Martin (higos y pasas).
Aperitivos en Restaurante Melvin

Aperitivos: croqueta de jamón, mantequilla de cebolla caramelizasa, base de arroz socarrat con chipirón y su tinta, queso rallado y pan blanco, focaccia de chorizo y pan de Martín (higos y pasas). Restaurante Melvin

 

  • Refrescante salmorejo de cerezas y tomate canario con polvo de queso fresco (Burgo de Arias), anchoas del Cantábrico, pepinillo encurtido y cereza troceada.
Salmorejo de cerezas

Salmorejo de cerezas

 

  • Impresionante ensaladilla rusa de pulpo sobre “Causa” limeña ligeramente picante, sobre base de patata, crema de zanahoria y tierra de aceituna negra.
Ensaladilla rusa

Ensaladilla rusa

 

  • Steak tartar de solomillo gallego sobre gofres de patata.
Steak tartar

Steak tartar de solomillo gallego sobre gofres de patata. Restaurante Melvin

 

  • Tagliatelle meloso de calamar con camarones, crema americana y puré de batatas con ajo asado.
Tagliatelle de calamar

Tagliatelle de calamar

 

  • Almejas gallegas estilo “La Abuela” con ajo y vino blanco.
Almejas gallegas

Almejas gallegas estilo “la Abuela” con ajo y vino blanco. Restaurante Melvin

 

  • Fish & chips “Melvin” con salsa tártara. Seguramente las mejores del mundo mundial.
Fish & Chips

Fish & Chips

 

  • Tentadora paella de cerdo ibérico con ajos tiernos y garbanzos.
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Paella de cerdo ibérico con ajos tiernos y garbanzos. Restaurante Melvin

 

  • Terrina de cordero, huesos de pasta fresca con duxelle de hierbas y puré de apio trufado

    Terrina de cordero

    Terrina de cordero

 

  • Esferas de melón en caipiriña con helado de cáscara de limón y sopa de yogur.
Esferas de melón

Esferas de melón

 

Restaurante Melvin en Las Terrazas de Abama. Carretera General del Sur TF-47 Km.8,9 Guía de Isora. Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias.

© 2018 José María Toro. All rights reserved.

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Vino para dos. Capítulo 22

Jai me toma de la cintura y me lleva a la barra. Me doy cuenta de que hemos bailado abrazados, de que me ha acariciado el pelo y la cara pero aún no nos hemos besado. Es extraño después de seis meses sin vernos, aunque me gusta. Esta vez, si es que hay vez, iré despacio.

Recorremos el local pisando nubes –así me siento- y pasamos junto a Nora y Marcos que nos miran sonrientes sin mostrar el menor gesto de sorpresa. ¿Es posible que supieran algo de esto? Y yo que pensaba que había madurado. Sigo siendo la Ana inocente de siempre disfrazada de chica lista. Aunque esta noche no me importa.

Mi americano favorito pide dos copas de malvasía. Observo sus manos al sacar la cartera, sus brazos, su camisa blanca impecable. Escucho el tono de su voz cuando da las gracias al camarero. Es increíble que esté aquí, que le pueda tocar, que pueda ver sus pupilas brillantes. Es como si estuviera dentro de una película en blanco y negro. Y ahí está él, mi protagonista con aire de los años cincuenta, recordando que las historias más improbables son las reales.

–Brindaré contigo, Jai, pero no sé si podré acabar la copa. Estoy en el aire.  Demasiado vino y demasiadas emociones en tan poco tiempo. Además, necesito vivir todos los detalles de este momento.

-Claro Ana, yo también he imaginado este instante contigo. No sabes cuantas veces. Quiero explicarte y que -si puedes- me perdones por lo que te dije cuando te fuiste. Quiero que sepas que has estado conmigo todos los días: en el café del Starbucks, en el vino de Napa, en el agua de la ducha, en las esquinas de San Francisco, en las letras del periódico…en todo.

Después de discutir contigo, cuando ya habías tomado el avión de vuelta, recibí una llamada de Julia. Me dio su versión del encuentro y entendí por qué te habías ido. Pensé en llamarte y venir pero yo no estaba bien, Ana. Tenía que arreglarlo todo y arreglarme por dentro. Este tiempo conmigo era un riesgo inevitable. Al día siguiente de mi conversación con Julia busqué un abogado y por fin empecé los trámites del divorcio. Luego vendí la casa  y alquilé un apartamento pequeño en Sausalito, cerca del local de jazz al que fuimos cuando estuviste conmigo. Me hacía falta algo nuevo, algo limpio junto al recuerdo de aquella noche. Durante estos meses he intentado revisar mi vida, mis relaciones anteriores, mis comportamientos, mis complejos… Supongo que  tiene que ver con la infancia, con mi madre y mi padrastro. O simplemente con mi forma de ser. Yo me creía un tipo duro, Ana, pero lo de Julia y mi hermana me demostró que seguía siendo un niño lleno de miedos. Y no supe gestionar mi vida. Simplemente huí. Tengo que cambiar muchas cosas y lo estoy intentado, con ayuda. Quiero ser más fuerte, más confiado, más yo. Quiero dejar de correr hacia ningún sitio. Necesito un cable a tierra. Y… buf… eso es todo.

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Fotografía de Noemi Martin

Escucho a Jai y no sé muy bien que decirle. Me sorprende y me conquista con cada gota de sencillez. Mi corazón constata que sigue enamorado. Aún más. Creo que en el fondo, sabía que volvería a encontrarle aunque no me imaginaba que por muy mágica que fuera esta noche, ocurriría hoy.

-Me gusta oírte, pequeño Jai. Te prefiero así, más humano, más vulnerable. Ya estoy harta de superhéroes y valientes. Además, con mi historial no soy la más indicada para pedir cordura.

Nos reímos, nos tocamos, y volvemos a brindar:  –¡Por las inseguridades y la fragilidad, para que no nos visiten demasiado a menudo! Juntamos nuestras copas y le doy un beso arrebatado. Le muerdo los labios con ganas aplazadas. Me da igual que nos miren. No me importa haber pensado cinco minutos antes que iba a ir despacio. Vivan las contradicciones. Mi Jai se merece que pise el acelerador un momento. Y yo más.

-Una cosa. Cuéntame cómo llegaste aquí, justo esta noche.

-Pues…bueno, Ana. Es gracioso. Yo pensaba volver a comienzo del verano pero tengo que confesar que los detalles se lo debes a tu amigo Marcos. Hace tres meses publiqué el libro que estaba escribiendo en Tenerife cuando nos conocimos. ¿Recuerdas que era sobre los viajes que hice durante los dos años siguientes a mi marcha de San Francisco? Lo titulé “Antes de Ana”. Pues bien, Marcos lo compró por Internet y me mandó un mail a la dirección que venía en la contraportada. Me dijo que conocía a la maravillosa Ana del título. Que era un tío afortunado y que no fuera tonto. Y bueno, así empezó nuestro intercambio de correos hasta esta noche.

-Oh, ese Marcos entrometido. Buscándote en las redes. Será celestina… Voy a acabar con él….a abrazos.

Nos reímos de nuevo. Miro hacia la mesa de Nora y veo que Marcos le acaba de espetar un besazo a mi amiga del alma. Pero bueno, ¿todo va a pasar en San Juan?

Volvemos a centrarnos en nosotros. Jai me revuelve el pelo y yo le aprieto el hoyuelo de la barbilla.  -¿Y ahora que haremos, querido? ¿O mañana se romperá el hechizo?

-Haremos lo que tú quieras Ana. Estoy en tus manos. No tengo billete de vuelta y te prometo que no voy a comprarlo a escondidas esta noche. Además, Tenerife es el mejor lugar del mundo para escribir.

-Eso no lo dudo, Jai. Necesitas quedarte un tiempo en mi Isla. Creo que te hace falta un poco de sol y de buen vino.

-Estoy seguro, Ana. El invierno y la primavera en San Francisco han sido muy duros.

-En cuanto a nosotros y si -como buen caballero que eres- me dejas decidir, confieso que lo que yo quiero ahora es que nos conozcamos con calma. No me hace falta más suspense, ni más vértigo. No quiero películas de Hitchcok ni actuaciones estelares. Necesito que esto sea real. Y si va bien, ya improvisaremos. ¿Te parece?

-Me parece un plan perfecto y voy a formar parte de él si me dejas. Deseo conocerte de verdad. Saber cómo respiras, cómo te mueves, quiénes son tus amigos. Lo tengo muy claro: quiero vivir en el planeta Ana. ¿Puedo pedirte el visado esta noche?

-Queda usted formalmente invitado a mi planeta, Mr. Ackerman. Sellaré su pasaporte al volver a casa.

-¿Comenzamos la historia en este punto, entonces, Ana?

-Comenzamos la historia, Jai.

BSO Let’s do it Ella Fitzgerald

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

Vino para dos. Capítulo 21

Arde la noche, la luna y mi corazón pequeño. Quemo recuerdos que ya no encuentran espacio en mi cabeza recién estrenada. San Juan me llama: vamos, Ana.

Bajo los escalones hacia la playa. Voy despacio, con mi vestido blanco de tirantes y mis labios color fresa. Camino desnuda de expectativas y con algo de miedo en el fondo de mi bolsito mágico. Lo sacaré y lo lanzaré entre las olas en cuanto pueda. Me aíslo del ruido, de la gente que ríe y baila. Siento mis latidos como pequeñas chispas azules. Gracias por seguir vivo, amigo. Pensaba que esta vez no podrías contarlo y mírate: ahí estás, feliz y sano. Me quito las sandalias mientras recorro la orilla del mar a solas, en medio de otros pasos ajenos, antes de que llegue Nora. Este momento compartido con desconocidos es mío y me hace sentir una mujer valiente, una hechicera todopoderosa. Por fin he comprendido que la soledad es una buena aliada. Me permite ser yo sin condimentos, me deja respirar a mi ritmo, cambiar de estación sin preguntar a nadie. Es compresiva, generosa, dulce.

Suena el teléfono -como un despertador indiscreto- en medio de mi soliloquio. -Ana, te estoy viendo junto a la orilla. Estás muy guapa y muy bucólica pero deja de soñar un ratito y vente al quiosco del final de la playa a tomarte un vino conmigo. Nora me conoce muy bien.  Los pájaros de mi cabeza nunca dejan de aletear. Y esta noche son colibríes que vuelan sobre las hogueras. Salgo de mi diálogo interior y me pongo en “modo externo” mientras sonrío. Me gusta estar un poco loca, un poco en mi planeta. Es increíble pero no me había dado cuenta de que la arena estaba tan llena de gente y de fogatas. Ahora, ya consciente, me cuesta llegar a la barra entre la multitud. Cuando la alcanzo, Nora me espera con mi copa en la mano. -No te quejarás de que no te mimo, Ana. Hoy es tu día favorito y tenemos que empezar a celebrarlo: un blanco afrutado para ti.

Las hogueras comienzan a apagarse temprano o quizá el tiempo ha pasado en un instante. Lo cierto es que cuando acabo el vino, ya he quemado sin dramas el folio de penas que traía en el bolso y voy ligera camino de la fiesta en “nuestra terraza”. Cuando cruzo la puerta de entrada me castañean los dientes, me arden las pestañas y el pulso parece una mariposa de colores. Respiro.  Menos mal que ahora soy una mujer sabia y esta noche no llevo tacones.

El local está repleto. Parece más grande  que hace unos meses, cuando sólo lo habitábamos Jai, Ella Fitzgerald y yo. O al menos eso me parecía. Aquí está nuestro sitio, Ana, me dice Nora mientras señala una mesa para tres junto al mar. -Creo que sobra una silla. ¿O al final le dijiste lo de la cena a Carmen? Sabes que no me gusta demasiado su energía pero bueno si a ti te cae bien, es cosa tuya. –Eyy, tranquila, Ana, no corras, me dice Nora mirando hacia la puerta. Tenemos un invitado de honor. Y creo que su energía es de las que te deslumbran.

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Fotografía de Noemi Martin

Cuando alzo los ojos hacia la entrada, mi corazón da una vuelta y regresa a su sitio. Ahí está Marcos, con su sonrisa de oreja a oreja. Ciertamente, la visita me emociona y su energía me cautiva. Viene directo hacia nosotras y me da un abrazo fuerte, de esos que te estrujan hasta el alma. –Tenía ganas de venir a Tenerife y que mejor que en tu noche para hacerlo, Anita. Por un segundo, egoístamente pienso en Jai. Me hubiera gustado que la sorpresa hubiera sido él pero soy consciente de que es uno de mis  pensamientos quiméricos. Eso sólo sería posible es una película romántica. Además, me encanta que Marcos haya venido a vernos esta noche. Nunca pensé querer tanto a un amigo en tan poco tiempo. Con él confirmo que la amistad es una forma de amor. Hay personas que te fascinan en una sola conversación y a las que amas por lo que son y por la paz que te regalan en una mirada. Sin más. Así que con Marcos en medio de nosotras, cenamos radiantes aderezando la pasta con risas y confesiones. Nos cogemos de la mano, destruimos  dogmas y tiramos credos por la borda.  El “trío Baker” vuelve a la carga aunque intuyo que entre Nora y Marcos surgirá algo más que camaradería. Y me gusta. Me gusta ese destello de pasión que asoma en sus pupilas.

Después de compartir propósitos veraniegos y  un par de botellas de vino volcánico, la lava empieza a calentar mis neuronas. Necesito levantarme y tomar un poco de aire. –Amigos, ahora vuelvo. Les dejo en la mejor compañía. Acalorada, cruzo el local y llego hasta una esquina escondida desde donde se ve el mar y se escucha la música. El rincón perfecto. Me apoyo en el balcón y sigo el ritmo de las olas. Soy feliz: por fin me quiero. Y no es el efecto del vino. Lo prometo.

De pronto, en medio de mi euforia particular, comienza a sonar la voz de Ella: “Love is here to stay”. Y canta para mí, lo sé. Sigo mirando las olas, ensimismada. Se mueven a ritmo de jazz. Parpadean, suben, bajan, chocan. Me gustaría danzar con ellas, sentirlas en mi cuerpo. Vuelven los colibríes a mis pensamientos cuando percibo un olor familiar. Sándalo, canela… Es imposible, debo estar en mi planeta, como siempre. Despierta marcianita.

Pero no, no estoy en una nube, ni en las estrellas. Estoy aquí en nuestra terraza, la noche de San Juan. Jai me mira y me coge de la mano. Es real. Sus ojos son reales. Su olor es real. Y bailamos mientras Ella Fitzgerald y el Atlántico nos acompañan. Y yo quiero llorar pero no me salen las lágrimas porque estoy volando. Y si vuelo no puedo llorar porque es imposible sin gafas protectoras. Y no sé lo que pienso, ni lo que digo, ni lo que siento. Aunque sé que es él. Y está aquí. Y me duele la boca del  estómago y me queman los labios y el alma. Y soy aún más feliz que hace dos minutos.

Cuando termina la canción y nos separamos un momento, miro su cara y él sí está llorando. –Te he echado tanto de menos, Ana. Yo me pellizco los dedos y Jai sigue ahí, tan atractivo como siempre, tan fuerte, tan  frágil, tan Jai. –Yo también he pensado mucho en ti, tanto que he tenido que borrar todos mis pensamientos viejos y malos para que cupieras en mi mente. Pero dime Jai: ¿Qué vas a hacer ahora?

-Por lo pronto, mirarte sin parar y tomarme una copa de malvasía. Vamos y te cuento. Vamos y me cuentas.

BSO Love Is Here To Stay de Ella Fitzgerald

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

 

Vino para dos. Capítulo 16

Jai besa con dulzura mis labios y oigo caer un ladrillo de mi muralla. Luego llama a un taxi que nos lleva directo al 1085 de Mission Street. Ha oscurecido desde que bajé a la calle y las luces de la ciudad golpean los cristales del coche. Me derrumbo sobre mis stilettos negros  pero quiero disfrutar de mi primera y última noche en San Francisco. Como si mañana fuera a estrellarme en el avión de regreso a casa. Ahora me pregunto si he hecho bien comprando el billete a Tenerife. Soy un hámster dando vueltas en círculos. Una carpa roja en una pecera dorada. Me agota ser yo misma y  escuchar mis inseguridades. Y encima, después de estar tocando la trompeta en la casa de Jai, vuelven a acosarme los pensamientos sobre mi padre. Su necesidad de que siempre fuese la niña perfecta me martiriza y acompleja. Stop, stop, stop…Para, Ana.

El restaurante Kurosawa está en una antigua academia de idiomas. En la puerta de cristal nos recibe el chef que abraza a mi acompañante y me saluda con rostro amable. Es un tipo curioso: un japonés altísimo vestido de samurái que, según me cuenta Jai,  dirige un programa de cocina en la NBC y al que conoce desde sus comienzos. Después de entrar, cruzamos un pasillo estrecho donde la gente cena sentada en pupitres negros iluminados con velas y llegamos a una pequeña salita apartada.

-Para ti el despacho del director, amigo.  Te he echado de menos, le dice el japonés a Jai mientras nos acomoda en una mesita a ras del suelo. Luego enciende  una radio antigua donde suena Coltrane y promete molestarnos sólo para traer el vino y el menú degustación.

Con una copa en la mano derecha  y los palillos en la izquierda, pasados veinte minutos, asalto a mi americano insondable. Tengo las armas adecuadas. Un tartar de atún picante y unos makis de foie nos contemplan expectantes. Él me está hablando entusiasmado de las bodegas de su padrastro en Napa y yo le interrumpo con ojos de sashimi: crudos y fríos. -¿Tú me quieres?

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Fotografía de Noemi Martin.

Jai me mira sorprendido y deja el vino sobre la mesa. Suspira. – ¿Te acuerdas de lo primero que te dije cuando nos conocimos, Ana? Yo me quedo callada. Ese día estaba tan nerviosa que no oí sus palabras. -Yo lo recuerdo perfectamente,  añade: “Me he tomado la libertad de pedir la cena. Después de catorce semanas mirándote a escondidas mientras comes y sueñas, creo que sé lo que te gusta”. Sonrío nerviosa con su respuesta y él coge mi mano. -Pues sí, Ana. Tú pensabas que ibas a verme a mí y yo esperaba cada viernes para encontrarte en la distancia, como un náufrago divisando un faro entre la calima. Y te observaba con tu copa como un cachorro indefenso. Tan indefenso como yo, Jai el valiente. Y, ¿sabes una cosa?: “Quería convertirme en queso para ser devorado con avidez y deseaba ser vino para deslizarme por tu boca. Y colarme en tu interior y ver qué pensabas y cómo sentías. Y tantos y…”

No puedo evitarlo. Estoy temblando y lloro. Los suyos son mis pensamientos cuando le observaba a través de la cristalera nuestros viernes junto al Atlántico. Mis lágrimas no son gotas  finas. Son cuarzos sin labrar a la deriva que caen estruendosos sobre la mesa de bambú. Lloro de felicidad, de incredulidad, de estupidez.  Lloro y Jai pone su copa bajo mis ojos, sonriendo con los suyos: – “agua de lluvia, malvasía puro. Pues claro que te quiero”.

Cuando terminamos de cenar, nos despedimos del “chef samurái”  y tomamos un taxi hacia Sausalito, una población al otro lado del Golden Gate. Vamos a un concierto de jazz en uno de los  locales donde solía actuar Claudia. Por el camino, Jai me susurra al oído que después de tanto tiempo se siente fuerte, que conmigo a su lado se atreve a todo. Que ya no tiene que aparentar lo que no es. Mientras él se confiesa sin reservas, yo me siento una mentirosa patética.

La noche es preciosa y el Puente parece un brazalete de oro sobre la Bahía. Hace tiempo que no veo una imagen tan bonita. El bar de Sausalito está lleno pero podemos entrar sin problemas. Jai conoce a todo el mundo y todos se sorprenden gratamente al encontrarle de nuevo en la ciudad. Le veo feliz.

Después de pasar por la barra, nos sentamos junto al escenario. Hay dos taburetes libres para nosotros. Un grupo versiona “Summertime”. La voz de la cantante se parece muchísimo a la de Sarah Vaughan y me emociono. Jai me abraza. Siento su olor y sus manos fuertes cuidándome. Tal vez sea cierto que me ama. Yo aún no le he dicho que mañana regreso a Tenerife porque, una vez más, sentí  que perdía  el control de mi vida y tuve miedo. Vuelvo a casa porque soy una estúpida. Me voy porque sigo sin creer que un hombre como Jai pueda estar enamorado de mí y no quiero sufrir. Esta historia tiene que empezar o acabar ya.

BSO : Summertime por Sarah Vaughan

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 15

Estoy mareada. Demasiado vino en  vena.  A pesar de  todo, mi plan sigue en pie: en mayúsculas y con letra “Times New Roman”. Sin concesiones, sin color azul nube, sin “Comic Sans” que valga.

Una estrofa de Bob Dylan se escribe en mi cerebro de lado a lado: “¿Pero tú me quieres o sólo esperas que me vaya bien? ¿is your love in vane?” Jai  tendrá que responderme si los días que hemos pasado juntos han sido en vano o habrá segunda parte. Supongo que estas cosas jamás deben preguntarse a quemarropa. Que hay que esperar a que el protagonista masculino confiese que te ama como en cualquier película romántica que se precie. Y luego esbozar un tímido “yo también” con sonrisa turbada y ojos vacilantes. Pero, no. Mis historias siempre acaban mal y es hora de cambiar el argumento.

Camino por el apartamento sin rumbo fijo. Olfateo. Escudriño. Paso de no querer ver nada de lo que me rodea a transformarme en el detective Fergusson en Vértigo. Al final del salón hay unas escaleras a la parte alta. El dúplex es inmenso. Cuatro habitaciones, dos baños, la sala y una cocina roja con enormes ventanales. También una terraza gigante en la segunda planta junto a una biblioteca en la que, además de un montón de libros antiguos, encuentro una Bach Stradivarius como la que me regaló mi padre cuando era niña. Me acerco a la trompeta y la tomo en mis manos. La acaricio emocionada mientras se convierte en mi Jai de bronce. Hace semanas que no practico y lo noto porque mi fuerza no es la misma de siempre. Sin embargo, a pesar de estar cansada, inhalo, soplo y me inunda un aliento desconocido que me lleva volando hasta el planeta Ana. Ya en tierra, me relajo y sonrío mentalmente mientras toco “I fall in love too easily”. Y es cierto: me enamoro demasiado fácilmente. Pero esta vez con razón. Es sencillo enamorarse del frágil y férreo Jai.

Estoy inmersa en el sonido de la trompeta y puedo aspirar el aroma de las notas que va forjando. Huelen a vida. También a nostalgia. De repente, noto una mano sobre mi hombro y me sobrecojo. Me doy la vuelta y es él que me mira con ojos húmedos y después me besa el cuello, rozándolo con sus dedos fuertes y erizándome la piel hasta el límite, como siempre.

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Fotografía de Noemi Martin

-Claudia está bien, me dice. Está consciente y se recuperará sin secuelas. El accidente de moto fue menos grave de lo que me había contado Julia. Y estoy feliz porque hemos hablado con calma y he recuperado a mi hermana. No quiero más discusiones. Sólo deseo aprovechar cada momento sin rencor y sin pensar en el pasado. Y eso, aunque no lo creas, Ana, te lo debo. A ti, a tu risa y a sol que llevas dentro. A pesar de que no te des cuenta y te sientas “la mujer invisible”. Así que para compensarte te invito a cenar. San Francisco nos espera, nena.

Mientras Jai llama y reserva mesa en el japonés de moda de Mission, yo, muy apropiada para el escenario que me aguarda, estreno el vestido oriental que acabo de comprarme. Parece que es capaz de leer mi mente. Cuando salgo del baño distraída nos tropezamos en la entrada del salón. Él se ha cambiado de ropa y se ha puesto un perfume distinto. Me encanta el sándalo. Lleva una camisa blanca impecable, igual a la que tenía en nuestra primera cita en Tenerife. Mis piernas tiemblan sobre los tacones. Maremoto Jai. Alerta máxima. Él me mira de arriba a abajo y me guiña el ojo: -Estás guapísima, Ana. ¿Quizá podríamos dejar el sushi para mañana?

Yo le respondo mientras pienso que mañana no cenaremos juntos porque regreso a casa y no hay vuelta atrás: -Mejor esta noche, Jai. Me apetece que me enseñes la ciudad y ver el Golden Gate bajo la luna.

BSO: I Fall in Love Too Easily (Miles Davis)

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

Santiago y Paula

Santiago de Chile es Paula, mi amiga: “pequeña criatura” que me regaló internet. Veinteañeras desconocidas chateando en el foro del cantautor Ismael Serrano, una a cada lado del mundo. Confesiones en horarios divergentes: ilusiones y desengaños. Chile-Tenerife. Santa Cruz-Santiago. Seseo dichoso. Secretos y sueños y Bergia entonando  “Kilómetro cero”.

Lo prometimos. Pájaros en la cabeza y sangre en las manos: virtual mistura. Abrazarnos en directo. Sin cables ni tiempo. Carretear La Moneda. La Casa en el Aire y un brindis con pisco. Soltar lo que queda.

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La Casa en el Aire. Fotografía de Noemi Martin

Y pasan los años. Los veinte, los treinta. Los sueños se cumplen. Aviones que llegan con versos y besos. Neruda y Machado. Allende velando. Nosotras cantando: “gracias a la vida que me ha dado tanto”.

Lo prometimos, amiga. Sentarnos en casa. Mágica familia, la mía chilena. Historias de antaño con vino del bueno. Y Lola, Guillermo, Belén y Marcela. Guardados en mi alma. Ventanas abiertas.

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Monumento a Salvador Allende. Fotografía de Noemi Martin

Lo prometimos. Maldecir a los dictadores con Serrano y sus canciones. Corear “Vine del Norte”. Caminar el Museo de la Memoria. Desmemoriarnos, reír, llorar. Navegar “La Chascona”, casa encantada de Neruda: barco de lunas y flores. Y el Maipo de fondo, los Andes nevados y ese sentir hondo.

Lo prometimos. Santiago: terremoto de cariño grado nueve. Cerro San Cristóbal y caldo caliente. Plaza de Armas y amores. Mercados y empanadillas. El Barrio Lastarria, las fiestas, las alas, la luna, la gente. Mi Paula en el metro planeando huidas, recitando trovas,  siempre sonriente.

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Fotografía de Noemi Martin

Lo prometimos, pequeña. Y en Santiago quedan “Paraísos desiertos” cargados de historia, cargados de tiempo. Con Jara y Amanda, Mistral y Huidobro. Con recuerdos tiernos, conciertos pendientes y la amistad al hombro.

Lo prometimos, chilena. Sucede que a veces la vida es un vuelo, los sueños se cumplen y “Lunia” te espera.

BSO: Vine del Norte  de  Ismael Serrano

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 13

Cinco segundos de silencio. Escáner mutuo.

Ella con un vestido negro ajustado y tacones “Empire State”. Labios rojos, cabello rubio perfecto y bolso de Chanel: portada del “Vogue”.

Yo luciendo una manta de cuadros escoceses aderezada con una camiseta de Jai, calcetines de deporte y pelo revuelto. Restos de croissant en la comisura de los labios: papel de periódico arrugado.

Mientras las miradas se cruzan en asalto de sables, en mi cabeza suena la banda sonora de Vértigo. Pura intuición. Aplausos, por favor. Necesito aliento para protagonizar esta escena.

-¿Y tú quién eres? Tienes una pinta horrible, me dice Julia.

Inglés americano, caída de pestañas. Desdén agresivo y cara de repulsión. Los idiomas no son mi fuerte pero puedo entenderla perfectamente.

-Soy una amiga de Jai. ¿Quién eres tú?.

Lo sé, por supuesto. Pero en este instante saco mi osadía a flote. Normalmente habita dormida en lo más profundo de mi océano particular pero en casos extremos sale a la superficie a modo de salvavidas.

Ella me mira orgullosa, despectiva, humillante, fría, soberbia y todo el saco de sinónimos del diccionario: “No sé qué haces aquí, niña. I´m his wife”. Esto último también puedo traducirlo inmediatamente: “Soy su esposa”.

De repente un tablero de ajedrez se cuela en mi cabeza. Fogonazos en blanco y negro. Julia se erige en la reina. Yo soy un simple peón. El rey, en el hospital, visitando al caballo desbocado. No pienso jugar la partida. Como una torre de marfil me elevo altiva: -Sí, lo eres.  Pero, por lo que me han contado, sólo hasta que Jai arregle los papeles del divorcio. Por cierto, cuando bajes las escaleras, ten cuidado con los tacones. No te vayas a torcer un tobillo, querida.

Cierro la puerta de golpe. Imagino a Scarlett O’Hara  en  “Lo que el viento se llevó” haciendo lo mismo. Por primera vez en mi vida me siento una auténtica diva del celuloide y me río. Estoy temblando. Luego me asomo por la mirilla. La reina del Vogue saca su teléfono rosa y hace una llamada que no recibe respuesta. Después otra y otra. Está unos minutos rondando mi madriguera y al final se marcha. Ella y su cara de odio. Como una loba enferma.

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Fotografía de Noemi Martin

Reflexiono sobre mi interpretación y camino hasta la cocina silbando. Me sirvo una copa de vino californiano de la botella que había abierto Jai y elijo a Nina Simone para brindar con ella en este momento de éxtasis supremo. Suena en mi móvil “The other woman”: La otra mujer. Soy inmensamente feliz durante unos segundos.

Al terminar la canción, descenso a toda velocidad en mi montaña rusa emocional. Looping sin cinturón de seguridad y rompo a llorar estruendosamente. No sé que estoy haciendo en San Francisco con un tipo que ni siquiera me ha dicho “te quiero”. Tal vez es pronto pero lo necesito. Me estoy volviendo loca, supongo.

Las lágrimas resbalan por mi rostro y caen sobre la manta. Gotas gigantes post-adrenalina. Me siento sola y empiezo a pensar si volver a Tenerife sería una opción mejor que esperar a que Jai Ackerman resuelva su vida y decida si formo parte de ella. Tengo miedo de que me haya mentido. Me aterroriza hundirme en el mar.

En ese momento recuerdo los viernes en los que acudía sin falta a nuestro restaurante junto al Atlántico para verle cenar desde la distancia. Me sentía satisfecha simplemente con observar al actor desconocido con su copa en la mano. Ahora he perdido la noción del tiempo y la perspectiva. ¿Qué estoy haciendo en esta casa en medio de todos estos personajes extraños?

Sigue conmigo Nina Simone: intensa y vulnerable. Cojo el teléfono y empiezo a mirar vuelos de vuelta a España. Quizá pueda regresar ahora mismo a casa.

BSO:  The other woman de Nina Simone

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

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