Me gusta tener jet lag

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Foto de Noe­mi Mar­tin en su via­je a Argen­ti­na

Me gus­ta tener jet lag. ¡Y del bueno! De ese como el que ten­go aho­ra y que me hace estar des­pier­ta a las cua­tro de la maña­na reme­mo­ran­do los días pasa­dos. Nada de mela­to­ni­na ni de cucha­ra­di­tas de miel para con­ci­liar el sue­ño. Estas cosas hay que vivir­las con valen­tía y pun­do­nor. Me gus­ta el jet lag, el dolor en el hom­bro que duran­te unos días me deja la male­ta y la mar­cas en los pies de los cal­ce­ti­nes des­pués de quin­ce horas de vue­lo. Son mis heri­das de gue­rra favo­ri­tas. Cuan­to más dura la cica­triz, más lejano mi des­tino. Oja­lá vivie­ra siem­pre con­trac­tu­ra­da y soño­lien­ta. Me encan­ta el olor de mi neve­ra vacía cerra­da duran­te un mes, el pol­vo en los mue­bles y la acu­mu­la­ción de car­tas en el buzón. Y cal­zar­me de nue­vo los taco­nes y que me due­lan los pies. Des­pués de tan­tos días con san­da­lias pla­nas y depor­ti­vas es lo menos que me merez­co. Me chi­fla vaciar la male­ta, poner una bue­na lava­do­ra, tener que ir al super­mer­ca­do, vol­ver al tra­ba­jo con oje­ras y pocas ganas de revi­sar pape­les. Me lo merez­co por ser tan feliz. Por dis­fru­tar tan­to de la vida y de los via­jes, de los pai­sa­jes, del buen vino, de una son­ri­sa cóm­pli­ce al con­tem­plar una pues­ta de sol al otro lado del mun­do.  Es el cas­ti­go divino a mi hedo­nis­mo recal­ci­tran­te y lo lle­vo con dig­ni­dad y ale­gría. Me gus­ta el jet lag, la fal­ta de tin­te en el pelo y de cre­ma en las manos, la nece­si­dad de estar un día a fru­ta y el estar escri­bien­do estas líneas a las cua­tro de la maña­na por­que no pue­do dor­mir.

© 2015 Noe­mi Mar­tin. Todos los dere­chos reser­va­dos

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Foto de Noe­mi Mar­tin en su via­je a Argen­ti­na

Doy la bien­ve­ni­da a la recien­te incor­po­ra­ción como cola­bo­ra­do­ra (y ya somos 5) de Noe­mi, des­de Tene­ri­fe, con este post tan per­so­nal y des­crip­ti­vo de esa mara­vi­llo­sa y con­tra­dic­to­ria sen­sa­ción que se tie­ne al vol­ver de un lar­go via­je, cuan­do se vive en un esta­do bipo­lar de bajón y de melan­co­lía al recor­dar esos momen­tos mági­cos y mara­vi­llo­sos de “recal­ci­tran­te hedo­nis­mo” y de subi­dón cuan­do delan­te de nues­tra pan­ta­lla de orde­na­dor esbo­za­mos incons­cien­te­men­te son­ri­sas de ore­ja a ore­ja que nos ilu­mi­nan como una estre­lla ruti­lan­te que bri­lla con luz pro­pia en la noche inver­nal más oscu­ra del círcu­lo polar. Esa sen­sa­ción de flo­tar que alter­na con esa otra que nos devuel­ve de gol­pe a la tie­rra, mien­tras lee­mos infor­mes y más infor­mes que nos pare­cen de lo más vul­gar y abu­rri­do. Sólo fal­ta una pala­bra en medio de esos tex­tos ano­di­nos para que nues­tra ima­gi­na­ción nos trans­por­te a miles de kiló­me­tros y nos haga soñar en una nue­va esca­pa­da, en otra aven­tu­ra, como nóma­das que somos ‑bueno, unos más que otros- y que nece­si­ta­mos irre­me­dia­ble­men­te estar siem­pre en movi­mien­to, cono­cien­do gen­tes y luga­res nue­vos para emo­cio­nar­nos, por­que cada situa­ción es úni­ca. ¡Como cada uno de noso­tros!

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Foto de Noe­mi Mar­tin

La BSO de este post es Unco­ver de Zara Lars­son que con su enér­gi­ca y joven voz me trans­por­ta a mil y un luga­res vivi­dos, inclu­so a los que me que­dan por vivir. En espe­cial a todos aque­llos sitios que me han hecho vibrar, sen­tir la belle­za de las cosas y desear fer­vien­te­men­te que el via­je de la vida sea muy lar­go, car­ga­do de anéc­do­tas, de muchas risas y de algu­nas emo­ti­vas lágri­mas.