La Guarida (La Habana, Cuba)

Bienvenid@ a La Guar­i­da.

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La Guar­i­da. Fotografía de Noe­mi Martin

No es una madriguera. Tam­poco un escon­dite para ladrones per­di­do en la mon­taña. La Guar­i­da es uno de los “pal­adares” (restau­rantes pri­va­dos) más céle­bres de La Habana, un icono del cine cubano y una cav­er­na míti­ca en la que dis­fru­tar de una cena glo­riosa. Cuan­do via­jes a la Llave del Nue­vo Mun­do, pásate por Con­cor­dia 418. Te ase­guro que esta cue­va úni­ca den­tro de un palacete en ruinas de más de un siglo pasará a for­mar parte de tus recuer­dos más luminosos.

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La Guardia. Fotografía de Noe­mi Martin

Si no has vis­to fotos del restau­rante, bajar del taxi delante de su puer­ta puede lle­varte al páni­co momen­tánea­mente. ¿Se supone que en este lugar tan lúgubre han cena­do la que fuera reina de nue­stro país, políti­cos y deportis­tas de todo el mun­do, can­tantes y actores inter­na­cionales? ¿De ver­dad que aquí han comi­do Spiel­berg, Mick Jag­ger o Cop­po­la? ¡Pero si se está cayen­do a tro­zos! Una vez super­a­do el espan­to ini­cial, ven­drán a bus­carte y te acom­pañarán amable­mente por unas escaleras de már­mol cocham­broso con servil­letas y tra­pos de coci­na ten­di­dos a los lados como ban­deras onde­an­do al vien­to. Con los ojos abier­tos y el cuer­po encogi­do, en el ter­cer piso se abrirá ante tu mira­da un espa­cio rebosante de vida, olores increíbles y una entrañable gen­tileza. ¡“Bien­venido a La Guar­i­da”! Es lo que le dice Diego a David en la famosa pelícu­la “Fre­sa y Choco­late”. Sor­pre­sa: estás en medio del caos y rozan­do el paraí­so. ¡Esto es La Habana, her­mano!

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La Guar­i­da. Fotografía de Noe­mi Martin

El menú de La Guar­i­da es una com­posi­ción úni­ca de sabores tradi­cionales y emer­gente mod­ernidad. Podrás ele­gir, por ejem­p­lo, una lasaña de papaya  y salpicón de mariscos, un paté de cone­jo con man­go y tamarindo o unos tacos de mar­lín ahu­ma­dos con per­fume de ron como entrantes. Como prin­ci­pal, tienes des­de una jugosa lan­gos­ta con quim­bom­bó, maíz y pimien­ta a un cochinil­lo con­fi­ta­do pasan­do por un deli­cioso atún en caña de azú­car o tres solomil­los con que­so azul y choco­late.  El agridulce de las calles de La Habana en esta­do puro se colará  juguetón en tu boca mien­tras te acom­paña como dec­o­ración una ima­gen de la Vir­gen, la foto de Pedro Almod­ó­var jun­to al dueño del restau­rante o los vasos dis­pares de una vajil­la antigua y des­col­ori­da. Como no podía ser de otra man­era, el postre estrel­la de la casa es el Fon­dant fre­sa y choco­late, una pequeña deli­cia que recuer­da la famosa pelícu­la que se rodó en 1993 en el palacete. Tres años después, se abriría en este pun­to de cul­to para los seguidores del pre­mi­adísi­mo film cubano, uno de los más cono­ci­dos tem­p­los gas­tronómi­cos de la Isla.

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La Guar­i­da. Fotografía de Noe­mi Martin

Aunque la car­ta de vinos no es el pun­to fuerte de la Guar­i­da –recuer­da que Cuba no es tier­ra de cal­dos- no te quedarás sin tu copa de vino chileno o español. Si además eres atre­v­i­do, puedes apun­tarte a un ron Havana Club 15 años o a un fab­u­loso San­ti­a­go de Cuba 25 años. Eso sí, no te olvides de pro­bar el café espe­cial de la casa, tan inten­so como la ciu­dad que te rodea. Y para bajar la comi­da, ¿qué mejor que un paseo por el Malecón o tomar un daiquiri en el Floridi­ta o en el hotel Ambos Mun­dos, loa favoritos de Hem­ing­way en la capital?

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La Guar­i­da. Fotografía de Noe­mi Martin

Recuer­da que si quieres vis­i­tar La Guar­i­da, tienes que reser­var con bas­tante antelación. Un e‑mail unos días antes, bas­tará para vivir una expe­ri­en­cia sen­so­r­i­al úni­ca cuan­do ater­rices en la Isla. Te recomien­do que pidas una mesi­ta en el bal­cón para dis­fru­tar de todo el encan­to del lugar. Y lle­va efec­ti­vo porque no admiten tar­je­ta de crédi­to. El pre­cio medio sin vino ron­da los 30–35 euros por persona.
La Guar­i­da

La BSO de este post, como no podía ser de otra man­era, es el tema Chichar­rones del fal­l­e­ci­do com­pos­i­tor cubano Com­pay Segun­do. Toda una deli­cia musical.

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Minimalismo y Hedonismo

¿Tér­mi­nos con­tra­puestos? En abso­lu­to. Al menos así ocurre en mi caso: cada día nece­si­to menos cosas mate­ri­ales y más expe­ri­en­cias vivas para ser feliz.  Lo veo cuan­do alzo la mira­da. Mi piso y mis armar­ios se vacían pro­gre­si­va­mente mien­tras mi corazón y mi alma van llenán­dose de recuer­dos, via­jes y viven­cias. He de recono­cer que ha sido una trans­for­ma­ción lenta y que aún quedan algu­nas camise­tas con la eti­que­ta pues­ta que me da pena tirar aunque lleven tres años en el ropero. Sin embar­go, estoy con­ven­ci­da de que, a pun­to de cumplir los cuarenta, he entra­do en una pro­gre­sión min­i­mal­ista en la que ya no hay vuelta atrás: nece­si­to menos ropa y menos trastos de todo tipo en casa.
Me ago­b­ia tan­to ele­men­to inútil y repeti­do revolote­an­do cual aguilu­cho a mi alrede­dor. Odio los botes de cham­pú a medio llenar enci­ma del pla­to de ducha y no sopor­to las toal­las bor­dadas y los tra­pos de coci­na inun­dan­do las gave­tas ¿Y que me dicen de la colec­ción de tup­per que nun­ca retor­nan vacíos a casa de mamá? ¡Largo de aquí malan­drines inva­sores! La “operación min­i­mal” va a acabar con todos ust­edes. Por pesados.
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Fotografía de Noe­mi Martin

Sien­do sin­ceros, no soy un espíritu puro ni lo pre­tendo. Sé que acos­tum­brarme a no pasear de vez en cuan­do por los cen­tros com­er­ciales de mi ciu­dad será un tra­ba­jil­lo duro aunque admi­to que tam­poco ten­go la inten­ción de con­ver­tirme en una dis­ci­plina­da rácana. No me gus­tan los extremos y no voy a com­prarme un triste uni­forme negro para negarme un vesti­do boni­to o un col­lar de cuan­do en cuan­do. Además, aunque suene a tópi­co, todos sabe­mos que esa sen­sación de estre­nar unos zap­atos nuevos o un per­fume, sobre todo para muchas mujeres, es casi orgás­mi­ca. Bueno, casi no, lo es a cien­cia cier­ta y lo he sen­ti­do en mis carnes. Sin embar­go, en los últi­mos tiem­pos cuan­do un momen­to de con­sum­is­mo irra­cional invade mi cere­bro y esbo­zo una son­risa malé­fi­ca mien­tras con­tem­p­lo la tar­je­ta de crédi­to, respiro pen­san­do en la ligereza sub­lime de unos armar­ios bien orde­na­dos y sien­to un aliv­io recon­for­t­ante. Así, sin ape­nas darte cuen­ta, resul­ta que, cuan­do empiezas a  “abrazar la fe min­i­mal­ista”, deseas menos cachivach­es ron­dan­do por las habita­ciones de tu casa y tu mente,  tienes la cabeza más despe­ja­da y, enci­ma,  más tiem­po y dinero para deleitarte con plac­eres más reales y vibrantes que un bol­so de piel de potro.
Las cosas que me gus­tan de ver­dad y que aho­ra dis­fru­to ple­na­mente no llenan mis cajones. Bueno, algu­nas sí, como mis libros. Pero eso, por aho­ra, es irre­nun­cia­ble. Una tarde con mi her­mana, una botel­la de Mer­lot, escaparse lejos el fin de sem­ana o una cena espe­cial en casa son dis­frutes “limpios”.  Se gozan, se sien­ten a tope en el mús­cu­lo car­dia­co y no traen pol­vo a las estanterías.
Inten­to ser min­i­mal­ista pero no renun­cio a los mar­avil­losos momen­tos de hedo­nis­mo que me regala la vida. Todo lo con­trario. Los acep­to con abso­lu­ta con­cien­cia de la suerte que ten­go y doy las gra­cias cada noche a las estrel­las. Jus­to por eso, en este pun­to del camino, pre­fiero rodearme de más expe­ri­en­cias y menos obje­tos. De hecho, si por casu­al­i­dad algunos de mis alle­ga­dos leen estas reflex­iones, aprove­cho para enviar­les un men­saje claro y car­iñoso. Como diría mi ado­ra­do can­tau­tor Ismael Ser­ra­no: “famil­iares y ami­gos”, aho­ra que se acer­ca la Navi­dad y mi cumpleaños, por favor no se gas­ten un euro en artilu­gios innece­sar­ios. No se sien­tan mal. De veras que eso que están pen­san­do aunque sea pre­cioso no me hace fal­ta. Lo prome­to. Si a pesar de mi fran­ca adver­ten­cia, aún desean ten­er un pequeño e inmere­ci­do detalle con­mi­go, ¿qué tal si quedamos un rati­to y nos echamos unas risas con una bue­na copa de vino en la mano? ¿qué les parece si me coci­nan unas gal­leti­tas sin gluten, com­par­ti­mos
una table­ta de choco­late negro o dis­fru­ta­mos de un concier­to de jazz en un bar per­di­do? Aunque me bas­ta con un “te pien­so”, me encantaría.
BSO de este post Sucede que a veces de Ismael Ser­ra­no.
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Vino Hermaco by BlogHedonista de la D.O. Toro

¿Qué es la vida? Un frenesí

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una som­bra, una ficción,

y el may­or bien es pequeño,

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

De la obra “La vida es sueño” de Calderón de la Barca

Hay sueños real­is­tas y otros imposi­bles de cumplir ‑nos pong­amos como nos pong­amos-. Algunos des­gra­ci­ada­mente se trun­can por las mil y una adver­si­dades que nos depara la vida, y nos vemos forza­dos a regaña­di­entes a tirar la toal­la, mien­tras que otros nos per­siguen a lo largo de toda nues­tra exis­ten­cia. Estos últi­mos son como la estrel­la polar que guia­ba a los antigu­os marineros en medio de los océanos ‑cuan­do no se con­ta­ban con nue­stros actuales avances de posi­cionamien­to– y les mar­ca­ba el norte. A pesar de ten­er claro el camino, no son pocas las vicisi­tudes que hay que super­ar y a veces esos sueños entran en bucles sin sal­i­da, como en un tio­vi­vo que da vueltas y vueltas y otras en un acel­eramien­to ver­tig­i­noso de subidas emp­inadas y repenti­nas has­ta lo más alto y caí­das de páni­co ‑inclu­i­dos tirabu­zones infini­tos en un descen­so pre­cip­i­ta­do- tal como una mon­taña rusa. Y por si hubier­an pocos obstácu­los en ese trayec­to hay que añadir el peor ene­mi­go que podemos ten­er: ¡nosotros mis­mos! con nues­tras dudas y tribu­la­ciones que nos mina sin piedad la moral para seguir avan­zan­do en bus­ca de nue­stro obje­ti­vo final. Para super­ar todas estas rocam­bo­lescas situa­ciones se nece­si­ta, además de algún golpe de suerte que nos regale de vez en cuan­do la diosa for­tu­na, una con­stan­cia inque­brantable y una vol­un­tad de hier­ro para no perder alien­to ante cada una de las difi­cul­tades, con­sigu­ien­do super­ar eta­pas tras eta­pas has­ta alcan­zar el sueño final.

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Vino Her­ma­co by BlogHedonista

Uno de mis proyec­tos ha sido ten­er mi pro­pio vino y no han sido pocos los obstácu­los a super­ar para con­seguir­lo. Años atrás alqui­lan­do viñas, más tarde com­pran­do bar­ri­c­as para ami­gos y por fin encon­trar una bode­ga que me daba casi total lib­er­tad para hac­er real­i­dad ese deseo enológi­co, en la D.O. Toro que parece un guiño del des­ti­no con el ori­gen toponími­co de mi primer apel­li­do. Tam­poco es casu­al el nom­bre elegi­do para la botel­la: Her­ma­co que es todo un hom­e­na­je a Her­mar­co de Miti­lene -sin la segun­da “erre” para hac­er­lo más amable al pro­nun­cia­r­lo- el alum­no aven­ta­ja­do de Epi­curo, y su dig­no heredero a su fal­l­ec­imien­to de la escuela filosó­fi­ca grie­ga del hedo­nis­mo, con­tin­u­ador de las enseñan­zas de su men­tor en el Jardín.

Este vino tin­to cri­an­za del 2010 está elab­o­ra­do con la var­iedad tem­pranil­lo autóc­tona de esta zona, más cono­ci­da como Tin­ta de Toro. La vendimia se real­izó a mano y selec­ciona­da en el pro­pio viñe­do. Enve­jec­imien­to en bar­ri­c­as france­sas (70%) y amer­i­canas (30%) durante 14 meses. Mín­i­mo con­tenido de sul­fi­tos ya que la alta con­cen­tración de tani­nos tiene un efec­to con­ser­vante natural.

Nota de Cata: Col­or cereza pico­ta con ribetes vio­láceos car­de­na­li­cios que vatic­i­nan una larga vida de guar­da, para con­sumir aho­ra o en los próx­i­mos 10–15 años. Lágri­ma den­sa. En la fase olfa­ti­va, aro­mas de fru­ta del bosque madu­ra y con finas tonal­i­dades de vainil­las y espe­cias además de un tosta­do que recuer­da al taba­co muy agrad­able. En boca es un vino equi­li­bra­do, con cuer­po, carnoso, muy bien estruc­tura­do, de paso ater­ciopela­do, acidez muy armóni­ca y tani­nos integrados.

Mari­da­je: armo­niza muy bien con arro­ces mar y mon­taña, carne de tern­era en sal­sa, asa­dos de cer­do y cordero y tam­bién con entre­cot a la brasa.

Edi­ción lim­i­ta­da a la ven­ta. PVP 16 euros. Intere­sa­dos con­sul­tar en bloghedonista@gmail.com Trans­porte gra­tu­ito en Barcelona. Para otras pobla­ciones y fuera de España pre­gun­tar en la mis­ma direc­ción electrónica.

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Postales para Noe

Está pasa­do de moda, lo sé. Escribir postales es cosa del siglo pasa­do. ¿Quién nece­si­ta un arcaico tro­zo de cartón con una ima­gen trasnocha­da pudi­en­do recibir un fla­mante what­sapp con foto incor­po­ra­da? Pues yo, la reina del “vin­tage”. Me ale­gra lle­gar a casa, soltar las male­tas y encon­trar mi vieju­na postal entre la pub­li­ci­dad y las car­tas del ban­co. O mejor aún: ater­rizar en Tener­ife antes de que mi pequeña ami­ga llegue al buzón. Cuan­do estoy de via­je me encan­ta com­prar una postal boni­ta, ir a la ofic­i­na de corre­os más cer­cana y, sobre todo, enviarme buenos deseos y ale­gría a desta­jo. Puede pare­cer cosa de locos o de jubi­la­dos abur­ri­dos. Quizá de niños o soñadores de otro tiem­po. ¿Qué más da? Yo ya me estoy imag­i­nan­do la proce­den­cia de mi próx­i­ma postal mien­tras son­río de ore­ja a oreja.

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Foto de Noe­mi Martin

BSO de este post Smile de Michael Jack­son. Des­de este priv­i­le­gia­do púl­pi­to que nos pro­por­ciona inter­net no paramos de hac­er pros­elit­ismo de ese ben­efi­cioso ejer­ci­cio que es son­reír,  porque como decía Migueli­to (una tira cómi­ca del diario El País) “la tris­teza no desgrava”.

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El Kursaal de San Sebastián se ha impregnado de aromas de cúrcuma y otros especias asiáticas.

Atrás quedó la XVII edi­ción del Con­gre­so de San Sebastián Gas­tronómi­ka. Han sido 4 días muy inten­sos de pre­senta­ciones, ponen­cias, show cook­ing y de net­work­ing. Este año se ha dirigi­do al des­cubrim­ien­to de dos ciu­dades que piv­o­ti­zan todo el avance gas­tronómi­co del con­ti­nente asiáti­co: Sin­ga­pur y Hong Kong.

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El stand de los hornos a la brasa Josper

Estas dos metrópo­lis reci­bieron una calurosa acogi­da de los ciu­dadanos de San Sebastián que se acer­caron a cono­cer de primera mano el street food asiáti­co que se mon­tó efímera­mente en la entra­da del Kur­saal y que es todo un trib­u­to a los que se orga­ni­zan por la calles de estas dos ciu­dades: los food mar­ket de Sin­ga­pur y los hutongs de Hong Kong. Se pudo degus­tar pro­duc­tos y platos rep­re­sen­ta­tivos de los restau­rantes que asistieron a este con­gre­so inter­na­cional de gas­tronomía como la sopa de fideo Lak­sa del restau­rante Les Amis del chef Peter Teo (Sin­ga­pur) las cro­que­tas de arroz y pol­lo “Chick­en Rice” del chef Emmanuel Stroobant (Sin­ga­pur), las deli­ciosas cos­til­las de cer­do con café “cof­fee pork ribs” del chef Wayne Liew del restau­rante Keng Eng Kee (Sin­ga­pur), las empanadil­las Dim Sum de carne y el guiso de pol­lo a las 1000 espe­cias del chef Josep María Kao del restau­rante Kao Dim Sum de Barcelona. Todo un luja­zo el poder pro­bar gas­tronomía de miles de kilómet­ros de dis­tan­cia sin desplazarse de la cap­i­tal donos­tiar­ra y sin perder de vista la belleza de la bahía de La Con­cha ni su mag­néti­ca barandil­la (reconoz­co que padez­co el sín­drome de esa cen­te­nar­ia barandil­la y que es lle­gar a esta ciu­dad, bajarme del tren e irme direc­to a este emble­ma de la ciu­dad, donde me puedo pasar horas miran­do el mar, a la isla de San­ta Clara y todo lo que sucede en la playa apoy­a­do en ella y que sólo me desen­gan­cho cuan­do la gazuza apri­eta y encamino mis pasos como un poseí­do hacia los bares de la Parte Vie­ja).

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Pla­to de tru­fa negra prepara­do por Andrea Tumbarello

Clases magis­trales for­ma­ti­vas de diver­sas temáti­cas en el Aula Makro, en petit comité, como el dirigi­do para recal­ci­trantes tru­fas lovers impar­tido por un diver­tido Andrea Tum­barel­lo, chef ital­iano afin­ca­do en el restau­rante madrileño Don Giovanni. 
Los chefs más rep­re­sen­ta­tivos de la gas­tronomía de las ciu­dades invi­tadas, cocineros de recono­ci­do pres­ti­gio inter­na­cional que con la sem­piter­na son­risa y acti­tud afa­ble y humilde se pre­sen­taron en sociedad ante peri­odis­tas curiosos por saber un poco más de su coci­na. De Sin­ga­pur nos tra­jeron la fusión, la mez­cla de cul­turas gas­tronómi­cas como la malaya, la chi­na, la India, la tamil, y la influ­en­cia de la col­o­nización británi­ca. Por su parte Hong Kong aportó lo que se coci­na en los restau­rantes más lujosos y tam­bién la pop­u­lar, la que se come en la calle, muy rica en aro­mas y col­ores que recoge la tradi­ción culi­nar­ia de la coci­na man­da­ri­na, la de Sichuan, la de Yunan y la de Hunan. Mal­com Lee nos ilus­tró sobre la coci­na per­anakan surgi­da de la fusión malaya y chi­na de Sin­ga­pur. Ryan Clift insis­tió en el uso del uma­mi con­sid­er­a­do como el 5º sabor. Justin Quek tra­jo la gas­tronomía de lujo sin­ga­purense. André Chi­ang ‑con­sid­er­a­do como el 5º de los 50 mejores de Asia 2015– alabó el papel de jugos y fer­men­ta­dos como alter­na­ti­va al vino en cualquier maridaje
Por su parte, los chefs patrios galar­don­a­dos con los lau­re­les de la pres­ti­giosa guía Miche­lin como Jor­di Cruz, Eneko Atxa, Martín Berasategui, entre otros, mostraron sus últi­mas novedades en el gran audi­to­rio y después departieron infor­mal­mente con todos los asis­tentes por los pasil­los. En la mis­ma sala que Josep Roca nos con­tag­ió un poco más de su amor por el vino, en su cata más grande jamás con­ta­da (y cata­da) rin­di­en­do un emo­ti­vo hom­e­na­je pós­tu­mo a su com­pañero de pro­fe­sión Juli Sol­er, y defen­di­en­do la tier­ra que habita­mos para poder seguir hacien­do vino. Por últi­mo, tra­jo para pro­bar un vino Jerez de 200 años que se repar­tió salomóni­ca­mente entre los más cer­canos a su púl­pi­to. El chef Paco Pérez nos hizo dis­fru­tar a par­tir del dicho que del “cer­do se aprovechan has­ta los andares” y ni cor­to ni pere­zoso nos impro­visó una man­te­qui­l­la ‑mucho más salud­able que la de vaca- y una cre­ma de choco­late a par­tir de los restos de una pata de jamón del elab­o­rador Arturo Sánchez. ¡De ovación en pie!. El rev­olu­cionario Mario San­doval pre­sen­tó un susti­tu­ti­vo de la sal a par­tir de los polifenoles, los com­puestos bioac­tivos extraí­dos de la piel de la uva, y que tienen un gran poder antiox­i­dante. Pre­sen­tó en prim­i­cia tam­bién su nue­va colec­ción de vajil­la “Diosa Anti­qua” inspi­ra­da en las sin­u­osas cur­vas femeni­nas. En con­clusión todos los cocineros coin­ci­dieron por una­n­im­i­dad en reivin­dicar el sabor en el pla­to por enci­ma de la belleza del mismo.

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Man­te­qui­l­la elab­o­ra­da con la pata de un jamón de cer­do elab­o­ra­da por Paco Pérez

Como activi­dades para­le­las al Con­gre­so se ofre­ció la posi­bil­i­dad de asi­s­tir a una clase par­tic­u­lar de coci­na o de guis­ar codo a codo con los pres­ti­giosos chefs Ele­na Arzak, Pedro Subi­jana o Andoni Luis Adur­iz.
El Con­cur­so Nacional de Par­ril­la ‑ya va por la sex­ta edi­ción- provocó mucha seg­re­gación sali­var entre los jue­ces, que val­o­ran­do las piezas, la coc­ción, la tex­tu­ra y el sabor, procla­maron ganador a Jon Ayala del Asador Laia de Hon­dar­rib­ia. La chule­ta tam­bién fue la pro­tag­o­nista indis­cutible de la cena cel­e­bra­da el lunes y el martes en el mar­co incom­pa­ra­ble de uno de los sun­tu­oso salones del Hotel María Cristi­na, sien­do recibi­da como una ruti­lante estrel­la de cine.
Por su parte, en el Mar­ket estu­vieron pre­sente una selec­ción de las mejores empre­sas provee­do­ras de pro­duc­tos ali­men­ti­cios y de bebidas, así como indus­trias auxiliares.

Esper­amos ya impa­cientes que novedades nos deparará el año próx­i­mo porque seguro que nos sor­pren­derán aún más, tenien­do en cuen­ta que San Sebastián ha sido procla­ma­da como la cap­i­tal cul­tur­al euro­pea 2016. ¡Doble interés! Sigo recor­dan­do esos aro­mas de espe­cias asiáti­cas que se han graba­do en mi memo­ria olfativa.

© 2015 José María Toro. Todos los dere­chos reservados

Me gusta tener jet lag

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Foto de Noe­mi Mar­tin en su via­je a Argentina

Me gus­ta ten­er jet lag. ¡Y del bueno! De ese como el que ten­go aho­ra y que me hace estar despier­ta a las cua­tro de la mañana remem­o­ran­do los días pasa­dos. Nada de mela­ton­i­na ni de cuchara­di­tas de miel para con­cil­iar el sueño. Estas cosas hay que vivir­las con valen­tía y pun­donor. Me gus­ta el jet lag, el dolor en el hom­bro que durante unos días me deja la male­ta y la mar­cas en los pies de los cal­cetines después de quince horas de vue­lo. Son mis heri­das de guer­ra favoritas. Cuan­to más dura la cica­triz, más lejano mi des­ti­no. Ojalá viviera siem­pre con­trac­tura­da y soñolien­ta. Me encan­ta el olor de mi nev­era vacía cer­ra­da durante un mes, el pol­vo en los mue­bles y la acu­mu­lación de car­tas en el buzón. Y calzarme de nue­vo los tacones y que me due­lan los pies. Después de tan­tos días con san­dalias planas y deporti­vas es lo menos que me merez­co. Me chi­fla vaciar la male­ta, pon­er una bue­na lavado­ra, ten­er que ir al super­me­r­ca­do, volver al tra­ba­jo con ojeras y pocas ganas de revis­ar pape­les. Me lo merez­co por ser tan feliz. Por dis­fru­tar tan­to de la vida y de los via­jes, de los paisajes, del buen vino, de una son­risa cóm­plice al con­tem­plar una pues­ta de sol al otro lado del mun­do.  Es el cas­ti­go divi­no a mi hedo­nis­mo recal­ci­trante y lo lle­vo con dig­nidad y ale­gría. Me gus­ta el jet lag, la fal­ta de tinte en el pelo y de cre­ma en las manos, la necesi­dad de estar un día a fru­ta y el estar escri­bi­en­do estas líneas a las cua­tro de la mañana porque no puedo dormir.

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Foto de Noe­mi Mar­tin en su via­je a Argentina

Doy la bien­veni­da a la reciente incor­po­ración como colab­o­rado­ra (y ya somos 5) de Noe­mi, des­de Tener­ife, con este post tan per­son­al y descrip­ti­vo de esa mar­avil­losa y con­tra­dic­to­ria sen­sación que se tiene al volver de un largo via­je, cuan­do se vive en un esta­do bipo­lar de bajón y de melan­colía al recor­dar esos momen­tos mági­cos y mar­avil­losos de “recal­ci­trante hedo­nis­mo” y de subidón cuan­do delante de nues­tra pan­talla de orde­nador esbozamos incon­scien­te­mente son­risas de ore­ja a ore­ja que nos ilu­mi­nan como una estrel­la ruti­lante que bril­la con luz propia en la noche inver­nal más oscu­ra del cír­cu­lo polar. Esa sen­sación de flotar que alter­na con esa otra que nos devuelve de golpe a la tier­ra, mien­tras leemos informes y más informes que nos pare­cen de lo más vul­gar y abur­ri­do. Sólo fal­ta una pal­abra en medio de esos tex­tos anodi­nos para que nues­tra imag­i­nación nos trans­porte a miles de kilómet­ros y nos haga soñar en una nue­va escapa­da, en otra aven­tu­ra, como nómadas que somos ‑bueno, unos más que otros- y que nece­si­ta­mos irre­me­di­a­ble­mente estar siem­pre en movimien­to, cono­cien­do gentes y lugares nuevos para emo­cionarnos, porque cada situación es úni­ca. ¡Como cada uno de nosotros!

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Foto de Noe­mi Martin

La BSO de este post es Uncov­er de Zara Lars­son que con su enér­gi­ca y joven voz me trans­porta a mil y un lugares vivi­dos, inclu­so a los que me quedan por vivir. En espe­cial a todos aque­l­los sitios que me han hecho vibrar, sen­tir la belleza de las cosas y desear fer­vien­te­mente que el via­je de la vida sea muy largo, car­ga­do de anéc­do­tas, de muchas risas y de algu­nas emo­ti­vas lágrimas.

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