Postales para Noe

Está pasa­do de moda, lo sé. Escri­bir pos­ta­les es cosa del siglo pasa­do. ¿Quién nece­si­ta un arcai­co tro­zo de car­tón con una ima­gen tras­no­cha­da pudien­do reci­bir un fla­man­te whatsapp con foto incor­po­ra­da? Pues yo, la rei­na del “vin­ta­ge”. Me ale­gra lle­gar a casa, sol­tar las male­tas y encon­trar mi vie­ju­na pos­tal entre la publi­ci­dad y las car­tas del ban­co. O mejor aún: ate­rri­zar en Tene­ri­fe antes de que mi peque­ña ami­ga lle­gue al buzón. Cuan­do estoy de via­je me encan­ta com­prar una pos­tal boni­ta, ir a la ofi­ci­na de correos más cer­ca­na y, sobre todo, enviar­me bue­nos deseos y ale­gría a des­ta­jo. Pue­de pare­cer cosa de locos o de jubi­la­dos abu­rri­dos. Qui­zá de niños o soña­do­res de otro tiem­po. ¿Qué más da? Yo ya me estoy ima­gi­nan­do la pro­ce­den­cia de mi pró­xi­ma pos­tal mien­tras son­río de ore­ja a ore­ja.

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Foto de Noe­mi Mar­tin

BSO de este post Smi­le de Michael Jack­son. Des­de este pri­vi­le­gia­do púl­pi­to que nos pro­por­cio­na inter­net no para­mos de hacer pro­se­li­tis­mo de ese bene­fi­cio­so ejer­ci­cio que es son­reír,  por­que como decía Migue­li­to (una tira cómi­ca del dia­rio El País) “la tris­te­za no des­gra­va”.

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