Picnic de verano en los jardines históricos del Hotel Torre Melina Gran Meliá

Hemos esta­do en la pre­sen­ta­ción del pic­nic de verano en los jar­di­nes his­tó­ri­cos del Hotel Torre Meli­na Gran Meliá una acti­vi­dad para dis­fru­tar en fami­lia, con tu pare­ja o con tus amis­ta­des bajo la som­bra de sus cen­te­na­rios árbo­les.

Estos jar­di­nes de esti­lo román­ti­co alber­gan más de 450 espe­cies botá­ni­cas, un lago, pér­go­las, ban­cos de pie­dra y sen­de­ros sinuo­sos para pasear y dis­fru­tar de una día dife­ren­te al aire libre y sin salir de la ciu­dad.

Tan­to si estás hos­pe­da­do en este hotel como el públi­co local pue­den dis­fru­tar de esta expe­rien­cia en este espa­cio úni­co que fue dise­ña­do por el reco­no­ci­do pai­sa­jis­ta Josep Fon­tse­rè en 1874 (tam­bién es autor del Parc de la Ciu­ta­de­lla y del Mer­cat del Born entre otras obras) su lema era “los jar­di­nes son a las ciu­da­des lo que los pul­mo­nes al cuer­po humano”.

El pic­nic con­sis­te en una ces­ta gour­met para 2 per­so­nas con una cui­da­da selec­ción de pro­duc­tos: pata­tas chips Sal de Ibi­za, acei­tu­nas par­ti­das, fru­tos secos, lon­ga­ni­za de Vic, que­so de cabra Garrotxa, gaz­pa­cho de san­día, ensa­la­da medi­te­rrá­nea, brio­che de sal­món, tor­ti­lla indi­vi­dual de pata­ta tru­fa­da, y una ces­ta de panes con toma­te de untar, acei­te y sal. Y de dul­ce cros­ta­ta, fru­ta de tem­po­ra­da y un sur­ti­do de maca­rons. Agua y una bote­lla a ele­gir entre vino tin­to, blan­co o cava.

@torremelinagranmelia Más infor­ma­ción en la web del Hotel Torre Meli­na Gran Melià
📍Avda. Dia­go­nal, 671. Bar­ce­lo­na
☎️ 933 644 040
Reser­va con 24 horas de ante­la­ción
💶 59€ por per­so­na

Ana Vega del blog ‘Biscayenne’, publica ‘Cocina Viejuna’ de Larousse, con las recetas más características de la España de ayer y de siempre

Tene­mos por cos­tum­bre decir que el pasa­do siem­pre vuel­ve, para casi todos los ámbi­tos y lo que nos pasa en la vida, lle­gue ver­da­de­ra­men­te a vol­ver o no, y que los que nos pei­na­mos canas repe­ti­mos casi como un lati­gui­llo en nues­tras con­ver­sa­cio­nes de café. Pero aho­ra, Ana Vega Pérez de Arlu­cea nos pre­sen­ta su pri­mer libro ‘Coci­na Vie­ju­na’, don­de nos demues­tra que en la coci­na esto no sólo es que siem­pre ocu­rra, si no que exis­ten pla­tos pasa­dos que en reali­dad nun­ca lle­ga­ron a irse, y que lo ver­da­de­ra­men­te moderno es recu­pe­rar­los con un twist actual.

Cocina Viejuna

Coci­na Vie­ju­na

 

El pró­lo­go que Mikel López Itu­rria­ga le brin­da a Ana Vega ya nos hace intuir la envi­dia, como él expre­sa, que sen­ti­re­mos al leer ‘Comi­da Vie­ju­na’, no sólo por el rigor his­tó­ri­co y téc­ni­co que le reco­no­ce a la auto­ra con­tan­do los orí­ge­nes de los pla­tos, si no por el sen­ti­do del humor que Itu­rria­ga nos ade­lan­ta que se des­plie­ga a lo lar­go de toda la obra y que está segu­ro que nos engan­cha­rá con su mez­cla de dul­zu­ra sin empa­la­gue y aci­dez cons­tan­tes.

La auto­ra comien­za qui­tan­do hie­rro a la expre­sión “viejuno/a”, que en un pri­mer momen­to podría gene­rar recha­zo en el lec­tor, por poder enten­der equi­vo­ca­da­men­te que se tra­ta de un adje­ti­vo peyo­ra­ti­vo. Ana Vega, sin embar­go, uti­li­za este adje­ti­vo des­de el cari­ño, y nos hace reco­no­cer a los que vivi­mos (y comi­mos) entre los años 60 y los 90, que la coci­na era un tan­to hor­te­ra, anti­gua, ran­cia inclu­so, pero que es en esta coci­na en la que comien­za a exis­tir una gas­tro­no­mía espa­ño­la crea­ti­va, sofis­ti­ca­da, y que que­ra­mos admi­tir­lo o no, sien­ta las bases de todo lo que aho­ra en cier­ta medi­da nos aver­güen­za, pero que sin duda recor­da­mos con ter­nu­ra, sim­pa­tía y diver­sión.

El libro está divi­di­do en 6 sec­cio­nes que ya des­de el índi­ce nos pro­vo­ca varias car­ca­ja­das: i) digno de res­to­rán, ii) gua­te­ques y visi­tas, iii) merien­das infan­ti­les, iv) ico­nos del verano, vi) ban­que­te navi­de­ño y por últi­mo, el tan míti­co vii) mue­ble bar, que no hay casa de abue­los, padres, tíos y demás fami­lia, que no cuen­te con uno, y cuan­to más sur­ti­do de clá­si­cos como el anís del Mono, el gran Marie Bri­zard o el irrem­pa­za­ble pon­che Caba­lle­ro, mejor que mejor (o guay del Para­guay, que diría Ana Vega).

Receta de huevos rellenos del libro Cocina Viejuna

Rece­ta de hue­vos relle­nos del libro Coci­na Vie­ju­na

 

Espa­ña aún no intuía la pos­te­rior y tan actual apa­ri­ción de las esfe­ri­fi­ca­cio­nes y demás téc­ni­cas culi­na­rias, pero de lo que sí empe­za­ba a usar y abu­sar, es de los res­tau­ran­tes y sus rompe­doras crea­cio­nes, recrea­das pos­te­rior­men­te en nues­tras coci­nas, y con las que espe­rá­ba­mos la ova­ción de nues­tros invi­ta­dos tras lar­gas jor­na­das coci­nan­do. Con fotos de res­tau­ran­tes como el Zala­caín en Madrid en los años 80, y el Mesón de Cán­di­do en Sego­via, comien­za un reco­rri­do que comien­za con una rece­ta que era muy de tiros lar­gos de aque­lla épo­ca: el cóc­tel de gam­bas. Y es que como así nos cuen­ta Ana, no había hogar bien ave­ni­do que se pre­cia­ra que no con­ta­ra con gam­bas en sus comi­das de pos­tín, lo que supo­nía prue­ba irre­fu­ta­ble de bonan­za eco­nó­mi­ca.

Y es que hay fechas en las que nadie teme al médi­co, ni al coles­te­rol o la subi­da del áci­do úri­co, y sobre todo, hay per­so­na­jes que pro­ta­go­ni­zan las más insos­pe­cha­das inges­tas de maris­co: el cuña­do, ese fami­liar polí­ti­co que pue­de aca­bar con todas las exis­ten­cias de ese ani­mal marino inver­te­bra­do y comes­ti­ble. Tone­la­das ingen­tes que des­de la lle­ga­da del fri­go­rí­fi­co y el ultra­con­ge­la­do, y con la apa­ri­ción de los bufés en los años 80, supu­so una pla­ga de mini gam­bas con­ge­la­das, y el terror de todos los padres y sue­gros encar­ga­dos de sacar ade­lan­te las comi­das y cenas fami­lia­res en oca­sio­nes espe­cia­les.

Como gran rece­ta don­de las haya (o las hubo), Ana Vega nos mues­tra una gran foto y rece­ta de las tan afa­ma­das gam­bas a la gabar­di­na, decen­dien­tes direc­tas de la alta coci­na fran­ce­sa: las gam­bas Orly, advir­tien­do que úni­ca­men­te pue­den ser­vir­se con sal­sa tár­ta­ra o vina­gre­ta pican­te.

Como guin­da al pos­tre de este tron­chan­te libro de rece­tas, nos que­da­mos con la tan afa­ma­da como denos­ta­da tar­ta al whisky. Esa pilin­gui de medio pelo que la auto­ra nos rela­ta rele­ga­da a la com­pra rápi­da y fácil para una comi­da más que infor­mal, y cuan­to más bara­ta mejor, como bien podía ser una bar­ba­coa. O un piqui-niqui, esa comi­da cam­pes­tre que el espa­ñol medio nun­ca supo imi­tar de los veci­nos anglo­sa­jo­nes, reyes de las comi­das cam­pes­tres más sofis­ti­ca­das con cubier­tos de pla­ta y tra­jes de tweed, sus­ti­tui­dos en nues­tro país por nava­ja y palo del lugar. En todo caso, y sea como fue­re el esti­lo, supo­nía esta tar­ta una sobre­me­sa adults only, que actual­men­te ha per­di­do gran­des adep­tos y está casi en peli­gro de extin­ción ¡por favor fir­me­mos por su recu­pe­ra­ción, for­ma par­te de nues­tra memo­ria his­tó­ri­ca jun­to con las hom­bre­ras, las mele­nas al vien­to, y la enési­ma repo­si­ción de Verano Azul! Es como que­rer borrar de nues­tra mate­ria gris la tele­vi­sión en blan­co y negro, de dos cana­les, sin man­do y de sus corres­pon­dien­tes car­tas de ajus­te.

Coci­na vie­ju­na de la edi­to­rial Larous­se, a la ven­ta en El Cor­te Inglés, Fnac, La casa del libro, Ama­zon y otras libre­rías.

© 2019 Raquel Carrio. All rights reser­ved.

Kayak Hobie y mi particular picnic marinero con estilo

Poco que­da ya para el cru­cial mes de Octu­bre de este 2015. Para enton­ces habrá pasa­do un año de mi últi­ma revi­sión médi­ca en que jure y per­ju­re a mi doc­to­ra (yo a una fémi­na siem­pre le juro lo que haga fal­ta) que per­de­ría esos kilos de más que me sobran y me afean. Y sino lo con­si­go habrá otra monu­men­tal bron­ca, por todo ello me que­da muy poco tiem­po para poner reme­dio y eli­mi­nar esas acu­mu­la­cio­nes de gra­sa que han for­ma­do un flo­ta­dor en torno a mi barri­ga. Como soy un clá­si­co ya ten­go pre­pa­ra­da mi bás­cu­la de agu­ja (me nie­go a usar una digi­tal por­que es dema­sia­do cruel con su pre­ci­sión sui­za) y pre­fie­ro auto enga­ñar­me con la de toda la vida que me per­mi­te reba­jar­me unos gra­mos y como siem­pre tira­ré a la baja (tam­po­co voy a ir en con­tra mío) para ir toman­do bue­na nota de mis peque­ños avan­ces has­ta lle­gar a la meta. Obje­ti­vo: reba­jar 5 kilos.

Para lograr mi éxi­to, he idea­do un plan A en que esgri­mi­ré como defen­sa mi afi­ción a la gas­tro­no­mía y que me debo a mis lec­to­res del blog. Si la cosas se pone chun­ga ‑que se pon­drá y los gri­tos de su rega­ñi­na se oirán has­ta en Sebas­to­pol  ¡y no os exa­ge­ro!- guar­da­ré silen­cio y me aco­ge­ré a la 5ª enmien­da de los EEUU — esa que dice que no decla­ra­ré en con­tra mío- y aun­que no me ser­vi­rá de mucho, me que­da­rá siem­pre hacer­le una caí­da de ojos y por últi­mo mirar­la como un cor­de­ro dego­lla­do a pun­to del sacri­fi­cio para implo­rar mise­ri­cor­dia en su rapa­pol­vo que a todo esto tie­ne razón. Ya he ago­ta­do otros argu­men­tos del tipo: “la car­ne es débil” ‑fue una de las pri­me­ras astu­cias delan­te de ella- y evi­den­te­men­te no tra­gó. Razo­nes del tipo “que me pier­do ante un buen tar­tar de buey cor­ta­do a cuchi­llo y una gene­ro­sa copa de vino tin­to de un Bru­ne­llo di Mon­tal­cino, por citar unos de mis cal­dos pre­fe­ri­dos” solo sir­vió para que me ser­mo­nea­ra sobre la aus­te­ri­dad fran­cis­ca­na en la comi­da. Como podéis leer ya he ago­ta­do todo mi reper­to­rio de pre­tex­tos, sólo me que­da entrar a la inelu­di­ble acción.

www.bloghedonista.com

Foto toma­da des­de Hobie Cen­ter Bar­ce­lo­na en el Port Olím­pic de la Ciu­dad Con­dal. Gen­ti­le­za de Dani Ll.

Para eso ten­go ya mi plan B, que pue­de tener algún resul­ta­do posi­ti­vo, no lo sé, el tiem­po lo dirá y mi cons­tan­cia. Con­sis­te en bajar y subir día sí y día tam­bién des­de mi barrio de Les Corts has­ta el Port Olím­pic en bici­cle­ta, apro­xi­ma­da­men­te unos 10 kms. Y con­ti­nuar con un paseo des­de el suso­di­cho Port en kayak has­ta el fron­tal de la pla­ya de la Bar­ce­lo­ne­ta. Un via­je de ida y vuel­ta que tam­bién me ago­ta­rá lo suyo y segu­ro que me hará per­der líqui­dos y qui­zás ‑solo qui­zás- aca­be ganan­do un envi­dia­ble figu­ra. Fer­nan­do, un his­pa­len­se al que el Gua­dal­qui­vir se le que­dó peque­ño y deci­dió venir­se a la Ciu­dad Con­dal para dis­fru­tar del Medi­te­rrá­neo, es el patrón de Hobie Cen­ter y el que me con­ven­ció días atrás con su gra­ce­jo y acen­to del sur para pro­bar con este plan, antes de some­ter­me a otra humi­llan­te tor­tu­ra en mi pró­xi­ma visi­ta a mi espe­cia­lis­ta de medi­ci­na inter­na. Me habló de no tirar la toa­lla, de mi dig­ni­dad y de con­ver­tir­me en un pin­cel que sería la envi­dia de todo el géne­ro mas­cu­lino y la admi­ra­ción del feme­nino.

Como casi me con­ven­ció, me he bus­ca­do otra razón toda­vía más fuer­te que la volun­tad de hacer este pro­gra­ma de ejer­ci­cio dia­rio y siguien­do las bases del movi­mien­to con­duc­tis­ta, la mis­ma del estí­mu­lo-res­pues­ta del perro de Pavlov, he bus­ca­do mi pro­pio incen­ti­vo para fina­li­zar con éxi­to mi obje­ti­vo: aca­bar con un pic­nic mari­ne­ro en el peque­ño ama­rre de Hobie Cen­ter. Y así con una copa de vino y algo para comer se me hará más lle­va­de­ro la vuel­ta a casa ‑que a todo esto es subi­da- y este entre­na­mien­to por con­se­guir un cuer­po serrano. Todo sea por la salud … Y por no sufrir otra des­hon­ra de mi ido­la­tra­da doc­to­ra y seguir con un his­to­rial médi­co sin mácu­la.

Hobie Cen­ter Bar­ce­lo­na está situa­do den­tro del Port Olím­pic de la Ciu­dad Con­dal en el Moll de la Mari­na fren­te al Hotel Arts y ofre­ce paseos por horas o días en kayak como ocio o como par­te de un plan de entre­na­mien­to físi­co en cual­quie­ra de sus embar­ca­cio­nes indi­vi­dua­les o por pare­jas. Tam­bién es una bue­na opor­tu­ni­dad para hacer sali­das a pes­car o cono­cer el fren­te marí­ti­mo de nues­tra ciu­dad.

© 2015 José María Toro. Todos los dere­chos reser­va­dos.