Juana Madrid la salsa brava más molona (y sin gluten)

¡Sí, es ver­dad! todos, o casi todos, en algún momen­to de nues­tra vida hemos can­ta­do en algún bar de barrio la can­ción Lady Madrid, ese himno entre año­ran­te y tris­te de los chi­cos de Pere­za, Rubén y Ley­va, que nos recuer­da a esa chi­ca que se fue y con los años segui­mos bebien­do los vien­tos por ella. Y como no podía ser de otra for­ma, todo los gatos y forá­neos, guar­da­mos una ama­ri­llen­ta foto­gra­fía suya en nues­tra mate­ria gris más poé­ti­ca y román­ti­ca, por mucho que vaya­mos de duro y de rocan­rol del heavy, de nues­tra par­ti­cu­lar Lady Madrid, cada uno tie­ne la suya “la chi­ca corrien­te más boni­ta que nin­gu­na” con la Puer­ta de Alca­lá detrás, la mis­ma que “ahí está, vien­do pasar el tiem­po”. Así es tam­bién Jua­na Madrid la sal­sa bra­va más molo­na y sin glu­ten.

Patatas con la salsa brava Juana Madrid

Pata­tas con la sal­sa bra­va Jua­na Madrid

 

Con un ape­lli­do que nos tras­la­da inme­dia­ta­men­te, y con el mis­mo ímpe­tu que el mue­lle de un resor­te, a ese bar de barrio de algu­na esqui­na de la madri­le­ña calle de Alca­lá, don­de nació nues­tra pro­ta­go­nis­ta allá por 1963, entre gri­tos de los parro­quia­nos y del cama­re­ro con tablas y con inma­cu­la­da cami­sa blan­ca pasan­do al jefe de barra con galo­nes, la coman­da de cañas y bra­vas. Que no con­ce­bi­mos un bar que mole sin su ración de pata­tas bra­vas con su sal­sa case­ra. Con el paso de los años, nues­tra Jua­na Madrid sigue sien­do ori­gi­nal pero aho­ra, y sin per­der su aire más cas­ti­zo, se ha hecho moder­na, y con su pañue­lo al cue­llo es tam­bién glu­ten free por­que los tiem­pos cam­bian, pero sin per­der su esen­cia, por­que antes no se aña­día endul­zan­tes ni tam­po­co lac­to­sa y aho­ra menos. Jua­na Madrid es así, es decir, total­men­te natu­ral.

En tres varie­da­des de pican­te iden­ti­fi­ca­das en la eti­que­ta por las guin­di­llas: una, dos o tres: Una, para los peques de la casa o para los que no sopor­tan el pican­te, que haber­los hay­los. Dos guin­di­llas que sería esa autén­ti­ca, la de bar de toda la vida. Para los que van de guays y la pala­bra mie­do no está en su dic­cio­na­rio (y su estó­ma­go pue­de con todo) está la sal­sa bra­va con 3 guin­di­llas. Como inno­va­ción y para los via­ja­dos, curio­sos, gour­mets y tam­bién para el/la hips­ter gafa­pas­ta están las varie­da­des de “Bra­va Tru­fa & miel” para acom­pa­ñar car­nes al horno, a la bar­ba­coa o dar­le ese pun­to dife­ren­te a una piz­za, y así pasar por un coci­ni­llas exper­to delan­te de tu chico/a preferido/a. La “Bra­va curry & man­go” que nos tras­la­da a la India sin mover­nos de Madrid, lo mejor de ambos mun­dos en un bote, y sir­ve para acom­pa­ñar maris­cos, pollo, cer­do o arroz bas­ma­ti. Y el últi­mo gui­ño es a otra cul­tu­ra her­ma­na, Méxi­co, que de pican­te sabe y mucho, la “Bra­va cilan­tro & chi­le serrano”, una sal­sa ¡padrí­si­ma! para acom­pa­ñar tacos, enchi­la­das, faji­tas y por supues­to los nachos con que­so. Aten­ción que si des­pués de pro­bar esta últi­ma sal­sa os sale acen­to mexi­cano no es con­se­cuen­cia de la sal­sa sino de las Coro­nas que os habéis bebi­do.

Más infor­ma­ción de la Sal­sa Bra­va Jua­na Madrid en su web así como don­de encon­trar­la o para com­prar en su tien­da onli­ne.

Los restaurantes de barrio ganadores de la segunda edición de los Premios Barcelona Restauración han sido Granja Elena, El Tomás de Sarrià, En Ville y el reconomiciento especial a Can Recasens

El Ajun­ta­ment de Bar­ce­lo­na creó en el 2018 este pre­mio para reco­no­cer el ser­vi­cio que pres­tan los dife­ren­tes res­tau­ran­tes de la Ciu­dad Con­dal y su con­tri­bu­ción como eje ver­te­bra­dor a for­mar barrio alre­de­dor de ellos.

II Premis Barcelona Restauració

II Pre­mis Bar­ce­lo­na Res­tau­ra­ció

 

Los pre­mios están cla­si­fi­ca­dos en 3 cate­go­rías y aspi­ran­do diez res­tau­ran­tes en cada una de ellas, uno por cada dis­tri­to bar­ce­lo­nés, de tal mane­ra que el con­jun­to de fina­lis­tas repre­sen­ta­ban un total de 30 res­tau­ran­tes bar­ce­lo­ne­ses.

Los pre­mios han esta­do sepa­ra­dos por “Cali­dad Gas­tro­nó­mi­ca”, “Inte­gra­ción en el barrio” y “Local noto­rio o inno­va­dor”. Para la edi­ción de este año se ha aña­di­do la cate­go­ría de “Reco­no­ci­mien­to espe­cial”.

Los gana­do­res y los fina­lis­tas en cada cate­go­ría han sido los siguien­tes:

  • En “Cali­dad Gas­tro­nó­mi­ca” se ha valo­ra­do el reco­rri­do gas­tro­nó­mi­co, y el ven­ce­dor ha sido un clá­si­co casi escon­di­do en el Pas­seig de la Zona Fran­ca, Gran­ja Ele­na del dis­tri­to de Sants-Mont­juïc. El res­to de fina­lis­tas han sido los siguien­tes res­tau­ran­tes: Roba­do­ra (Ciu­tat Vella), Agust Gas­tro­bar (Eixam­ple), Rab­bar (Les Corts), Vivan­da (Sarrià-Sant Ger­va­si) Roig Robí (Grà­cia), Bar Res­tau­rant Ginés (Hor­ta-Gui­nar­dó), L’Hos­ta­let (Nou Barris), El Palo­mo Cojo (Sant Andreu) y Els Pes­ca­dors (Sant Mar­tí).
Granja Elena

Gran­ja Ele­na

 

  • En “Inte­gra­ción en el barrio” se ha eva­lua­do la iden­ti­fi­ca­ción del res­tau­ran­te con el entorno y en este caso el cam­peón ha sido el míti­co El Tomás de Sarrià del dis­tri­to de Sarrià-Sant Ger­va­si. Los fina­lis­tas han sido: L’Òs­tia Bar­ce­lo­ne­ta (Ciu­tat Vella), Casa Dori­ta (Eixam­ple), Petit Mont­juïc (Sants-Mont­juïc) L’Es­co­pin­ya i el cuco (Les Corts), La Pepi­ta (Grà­cia), Las Deli­cias del Car­me­lo (Hor­ta-Gui­nar­dó), La For­qui­lla (Nou Barris), Can Pere Tapes (Sant Andreu), Can Reca­sens (Sant Mar­tí)
El Tomás de Sarrià

El Tomás de Sarrià

 

  • En “Local noto­rio o inno­va­dor” se ha apre­cia­do el local sin­gu­lar o su tra­yec­to­ria his­tó­ri­ca, y triun­fa­dor ha sido el res­tau­ran­te En Ville 100% sin glu­ten de Ciu­tat Vella. Los fina­lis­tas que han com­pe­ti­do por este títu­lo han sido: Art­te (Eixam­ple), La Por­ca (Sants-Mont­juïc), Metric Mar­ket (Les Corts), Bode­ga Pàdua (Sarrià-Sant Ger­va­si), Gar­den Piz­za by Rafa Pana­tie­ri (Grà­cia), Mar­ti­cof­fee (Hor­ta-Gui­nar­dó), Bar La Cho­li­ta (Nou Barris), Medi­na (Sant Andreu), La Clo­ten­ca (Sant Mar­tí)
En Ville

En Ville

 

  • El reco­no­ci­mien­to espe­cial ha sido para Can Reca­sens del dis­tri­to de Sant Mar­tí por su lar­ga tra­yec­to­ria de 113 años.
Can Recasens

Can Reca­sens

 

El jura­do estu­vo for­ma­do por dife­ren­tes per­so­na­li­da­des del ámbi­to polí­ti­co y pri­va­do de reco­no­ci­do pres­ti­gio.

© 2019 José María Toro. All rights reser­ved.

 

Un mordisco (sin gluten) a Canadá

Cana­dá es espa­cio­sa y ver­de como un cam­po de fút­bol gigan­te o de lacros­se, el jue­go nacio­nal jun­to con el hoc­key sobre hie­lo. Una cifra de sólo trein­ta y seis millo­nes de habi­tan­tes en el segun­do país más gran­de del mun­do per­mi­te que aquí se pue­da vivir hol­ga­da­men­te. Bas­ta con ver los jar­di­nes de las casas con sus mesi­tas y mece­do­ras. Hay cés­ped por todos los lados, has­ta en medio de los carri­les de las auto­pis­tas. Y hay lagos gigan­tes y gla­cia­res, balle­nas, islas, cam­pos de golf por doquier, bode­gas y ciu­da­des afa­bles como el carác­ter de los cana­dien­ses. Al menos en el mor­dis­co dul­ce y sin glu­ten que sabo­reé. Por­que este es un país tan inmen­so que no creo ni que su sobe­ra­na, la Rei­na Isa­bel II, lo haya reco­rri­do de nor­te a sur. Nece­si­ta­ría mucho tiem­po. Cuan­do deci­des ir a Cana­dá a menos de que dis­pon­gas de un par de meses, como míni­mo, debes ele­gir. Mi opción, como pri­mer acer­ca­mien­to a este enor­me país es la cos­ta este. Un coche en el aero­puer­to de Toron­to y todo a babor entre camio­nes gigan­tes­cos, algu­nos de pelí­cu­la, y cara­va­nas de todo tipo. Aquí casi todo el mun­do tie­ne una en el patio de su casa.  

Típicas casas canadienses en una calle de Gananoche

Sto­ne­wa­ter Bed and Break­fast en Gana­no­que

 

El pri­mer pun­to impor­tan­te del reco­rri­do des­pués de hacer noche en Osha­wa, es Kings­ton. En esta peque­ña ciu­dad, la más anti­gua de Cana­dá se res­pi­ra un ambien­te entre clá­si­co y moderno ade­re­za­do con mucho jazz en vivo. Hay tien­de­ci­llas y bares para ele­gir. Como a gus­tos eco no hay quien me gane, me que­do con un vis­to­so super­mer­ca­do de pro­duc­tos natu­ra­les, muchos a gra­nel: el Tara Natu­ral Foods, don­de com­pra­mos una miel deli­cio­sa, y Le Chien Noir, un bis­tro fran­cés con vinos de un mon­tón de sitios, has­ta alba­ri­ños había, y unas ensa­la­das espec­ta­cu­la­res.

Kingston

Kings­ton

 

A unos 30 kiló­me­tros de Kings­ton, la cita abso­lu­ta­men­te inelu­di­ble es en Gana­no­que. Este curio­so pue­ble­ci­to rezu­ma tran­qui­li­dad en sus calles pla­ga­das de las típi­cas casas bajas cana­dien­ses con sus ban­de­ras ondean­tes. Dan ganas de poner­se unas mallas y unas zapa­ti­llas de depor­te y lan­zar­se a correr por sus par­ques, don­de por cier­to, vi plan­ta­das coli­flo­res. Su pun­to fuer­te, ade­más de su cal­ma inque­bran­ta­ble, es ser mue­lle de par­ti­da hacia las famo­sas Mil Islas, un fan­tás­ti­co must cuan­do via­jas a la zona. Un lugar ideal para dor­mir jun­to al puer­to es el Sto­ne­wa­ter Manor B&B. Las habi­ta­cio­nes son pre­cio­sas y sus due­ños que tam­bién regen­tan un fabu­lo­so pub irlan­dés ane­xo (con bur­gers glu­ten free, algu­nas vega­nas) son encan­ta­do­res. Ade­más, sir­ven unos desa­yu­nos esplén­di­dos que inclu­yen unas tos­ta­das sin glu­ten con man­te­qui­lla y una tor­ti­lla de cham­pi­ño­nes para llo­rar de ale­gría.

Casa en las Mil Islas

Casa en las Mil Islas

 

Otta­wa, capi­tal can­dien­ses y siguien­te para­da, se mere­ce medio día de via­je y una noche en el Blue Cac­tus para beber una copa de vino del Niá­ga­ra con una ban­de­ja gigan­te de bonia­to fri­to. Antes, visi­ta los pues­tos y cafés del ani­ma­do mer­ca­do Byward, las exclu­sas del Canal Rideau, los edi­fi­cios del Par­la­men­to que recuer­dan al West­mins­ter de Lon­dres y, si tie­nes tiem­po, la Natio­nal Gallery. Lue­go sigue tu rum­bo sin mirar atrás.

Ottawa

Un rin­cón para wine­lo­vers en Otta­wa

 

Des­pués de Otta­wa nos diri­gi­mos hacia el Par­que Nacio­nal de la Mau­ri­cie y hace­mos para­da para dor­mir y cenar en Sha­wi­ni­gan a pocos kiló­me­tros del Par­que. Este refu­gio natu­ral don­de habi­tan osos negros, alces y cas­to­res, es una autén­ti­ca mara­vi­lla, sobre todo cuan­do des­cu­bri­mos una pla­ya desier­ta en uno de los lagos que la inun­dan. Qué bien sabe un baño en aguas cris­ta­li­nas. Un pic­nic con pro­duc­tos de la zona y a soñar. Rum­bo al nor­te, tras aban­do­nar el Par­que, reco­rre­mos un para­je pla­ga­do de lagos para dor­mir en La Tuque, una loca­li­dad con su pro­pia esta­ción de esquí alpino, don­de reco­mien­do el BB La gui­te du parc. Si eres glu­ten free, éste es tu lugar por­que su due­ña es celía­ca. Como una de las carac­te­rís­ti­cas de la con­di­ción cana­dien­se jun­to con la ama­bi­li­dad es la hones­ti­dad, hacien­do caso a nues­tra anfi­trio­na, cena­mos en Le Boke: bue­nos vinos y un con­fit de pato con risot­to de setas y ver­du­ri­tas para recor­dar todo el via­je.

Parque Nacional de La Maurice

Par­que Nacio­nal de La Mau­ri­ce

 

Des­de La Tuque avan­za­mos hacia el Lago St. Jean duran­te desér­ti­cos kiló­me­tros para dar­nos un bañi­to hela­do en la villa de Rover­bal y aca­bar en la ciu­dad de Alma, con­cre­ta­men­te en La Mai­son de Mate­lot, un sen­ci­llo hote­li­to de 5 habi­ta­cio­nes, una terra­za con vis­tas de agua dul­ce y deli­cio­sos desa­yu­nos glu­ten free. La vida es her­mo­sa. A ori­llas del lago, pre­cio­sas casi­tas se suce­den. Es el lujo cana­dien­se que con­sis­te en tener a tu dis­po­si­ción un tro­ci­to de lago con un embar­ca­de­ro o unas tum­bo­nas. Así que sal­vo en las pla­yas auto­ri­za­das, los acce­sos a St. Jean son pri­va­dos. Un lugar ideal en el Lago para coger una bici y pasar el día con un buen pic­nic es el Par­que Nacio­nal de la Poin­te-Tai­llon, un refu­gio de cas­to­res y pre­cio­sos sen­de­ros acom­pa­ña­do de kiló­me­tros de pla­yas sose­ga­das. Al nor­te del lago Saint Jean, visi­ta el peque­ño pue­blo de Perin­bo­ka. Pedi­rás a tu dios o a la lote­ría nacio­nal asi­lo en uno de esos rin­co­nes.

Maison de Matelot

Mai­son de Mate­lot

 

Des­pués de aban­do­nar Alma y haber cena­do en Mario Trem­blay o en el Café du Clo­cher, en ambos sir­ven un jugo­so sal­món, dirí­ge­te a Tados­sac pasan­do por el fan­tás­ti­co Par­que Nacio­nal des Monts Valin. Los lagos siguen sien­do los mejo­res com­pa­ñe­ros pero su pla­ci­dez y sus fan­tás­ti­cas casas no dejan de asom­brar al visi­tan­te. Tados­sac es uno de los luga­res del mun­do más impor­tan­tes para avis­tar balle­nas, ade­más de situar­se jun­to a un her­mo­so fior­do. Los cetá­ceos se pue­den divi­sar des­de un bar­co o zodiac pero tam­bién a sim­ple vis­ta des­de la cos­ta. Reco­rre el paseo que par­te del puer­to y si vas entre junio y noviem­bre las verás jugue­tean­do entre las olas. El pue­blo es un encla­ve agra­da­ble y ani­ma­do en medio de la tran­qui­la Cana­dá. Ade­más, alber­ga una pre­cio­sa capi­lla que es la igle­sia de made­ra más anti­gua del país. Para tomar una ensa­la­da de pato o una bur­ger de sal­món (opción glu­ten free) pasa por el Pick Up Gri­llé. Para el mejor café (bio) de la zona, acér­ca­te al vecino pue­blo de L’An­se de Roche. En el úni­co que hay, el Cas­ta Fjord, su estram­bó­ti­ca encar­ga­da hará que el paseo merez­ca aún más la pena. Para una cena deli­cio­sa dirí­ge­te al Café Bohè­me. Un con­se­jo, como no admi­ten reser­vas, vete como a eso de las 8:30h (cie­rran a las 10h) cuan­do los “no espa­ño­les” están ter­mi­nan­do.

Tadossac

Café Bohè­me en Tados­sac

 

En Que­bec, la úni­ca ciu­dad amu­ra­lla­da del Nor­te de Amé­ri­ca, hue­le a Paris y a las palo­mi­tas con man­te­qui­lla y cara­me­lo de Marys. Me enten­de­rás cuan­do la visi­tes. Pasea por sus calles, entra en sus gale­rías de arte y sus tien­das de anti­güe­da­des. Date un paseo por el mer­ca­do, com­pra las man­za­nas y fre­sas más vivas que he vis­to y si nece­si­tas algo más dul­ce prue­ba el siro­pe de Maple. No te olvi­des de dis­fru­tar de un almuer­zo eco­ló­gi­co en el bis­tro orga­nic L’ory­gin (tie­nen una car­ta de vinos inmen­sa) y para cenar y arrui­nar la die­ta del medio día, toma una fan­tás­ti­ca piz­za de que­so de cabra sin glu­ten en La Piaz­zet­ta. Y ya que esta­mos de que­sos, encuen­tra los mejo­res, inclui­dos algu­nos de Fuer­te­ven­tu­ra, en la calle Saint Jean (Épi­ce­rie Euro­péen­ne), don­de podrás escu­char músi­ca en vivo en algu­nos de sus loca­les. Recuer­da visi­tar el barrio de Saint Roth para cono­cer la par­te más alter­na­ti­va de la city y sus múl­ti­ples cafe­te­rías. Por cier­to, en esta ciu­dad se habla espa­ñol. En cin­co esta­ble­ci­mien­tos encon­tra­mos encan­tan­do­res cana­dien­ses que lo domi­na­ban a la per­fec­ción. Nues­tra elec­ción para dor­mir fue una habi­ta­ción abuhar­di­lla­da en el sen­ci­llo y pin­to­res­co hote­li­to Mai­son Ste-Ursu­le, den­tro del colo­ri­do y musi­cal cas­co his­tó­ri­co.

Quebec. La Perle

Que­bec. La Per­le

 

La últi­ma para­da de nues­tro via­je es la ciu­dad de Toron­to, una gran urbe de más de seis millo­nes de per­so­nas pro­ve­nien­tes de todos los rin­co­nes del pla­ne­ta. Qui­zás Toron­to no tie­ne el saber estar ni la ele­gan­cia pari­si­na de Que­bec pero tie­ne chis­pa. Y de la bue­na. Bas­ta con cami­nar sus calles y acer­car­se al barrio bohe­mio de Ken­sing­ton para com­pro­bar­lo. Ropa de segun­da mano, tien­das bio y un mon­tón de gari­tos don­de tomar comi­das del mun­do ¿qué tal unos tacos y un mar­ga­ri­ta en el meji­cano Pan­cho y Emi­liano? Otro lugar imper­di­ble de la ciu­dad para los glu­ten free y tam­bién para los aman­tes de la comi­da vene­zo­la­na es el Are­pa Café, con pla­tos deli­cio­sos y con­tun­den­tes que sir­ven como cate­ring al equi­po local de béis­bol, el que­ri­do Blue Jays. En Toron­to, ade­más de pro­bar una deli­cio­sas pako­ras en Little India, visi­ta la famo­sa torre CN que lide­ra la ciu­dad des­de lo alto si no temes a las colas. Tam­bién, acér­ca­te a sus museos, al puer­to o a la cono­ci­da Casa Loma. Por últi­mo, no te olvi­des de tomar algo en el mer­ca­do de St. Law­ren­ce, el mejor del mun­do según Natio­nal Geo­graphic.

Centro de Toronto

Cen­tro de Toron­to

 

Para ter­mi­nar el mor­dis­co cana­dien­se, nos acer­ca­mos una jor­na­da a las famo­sas Cata­ra­tas del Niá­ga­ra. Por cier­to, cóm­pra­te un chu­bas­que­ro si no quie­res ter­mi­nar empa­pa­do. Lue­go, dis­fru­ta del día como quie­ras, tie­nes todo tipo de acti­vi­da­des para rea­li­zar pero no te que­des sin delei­tar­te con una copa de vino autóc­tono con vis­tas al estra­tos­fé­ri­co cau­dal de agua.

Cataratas del Niágara

Cata­ra­tas del Niá­ga­ra

 

Ya en el aero­puer­to Pear­son de Toron­to, rum­bo a casa, el ansia via­je­ra no ha que­da­do sacia­da. O a lo mejor es gula. La sen­sa­ción es la de que­rer ver más y más ver­de. Y más azul. En la son­ri­sa lle­vo el impul­so qui­mé­ri­co de tomar un coche o un avión y diri­gir­nos hacia Van­cou­ver para seguir des­cu­brien­do pai­sa­jes fan­tás­ti­cos y ciu­da­des ami­ga­bles. En el espí­ri­tu, el anhe­lo nave­gan­te de con­ti­nuar sabo­rean­do esa fru­ta enor­me y jugo­sa que es Cana­dá.

© 2018 Noe­mi Mar­tin . All rights reser­ved. 

 

 

 

 

Cerdeña en modo love

Si bus­cas un rin­cón del pla­ne­ta Tie­rra don­de pasar unas vaca­cio­nes román­ti­cas, aquí lle­ga la últi­ma pro­pues­ta del Blog Hedo­nis­ta: Cer­de­ña. Esta her­mo­sa isla ita­lia­na es ideal para dar rien­da suel­ta al amor y la ñoñe­ría. Eso sí, te pedi­mos que esco­jas los meses de mayo, junio o sep­tiem­bre si quie­res que tu fogo­si­dad no se vaya al tras­te entre hor­das de turis­tas inva­dien­do sus pre­cio­sas calas. Aquí tie­nes diez con­se­jos para reco­rrer Cer­de­ña en “modo love”:
 
Pri­me­ro: Piér­de­te en las calle­jue­las de la capi­tal, Caglia­ri, dis­fru­tan­do de sus terra­zas y res­tau­ran­tes con tu aman­te o “aman­ta”. Miti­ga el calor en la pla­ya del Poet­to, toma un hela­do en la Pla­za Jen­ne y una copa de vino con una bue­na comi­da sar­da y ambien­te musi­cal en Sei Otta­vi.  Para pasar noche, apun­ta: Anti­co Cor­so Char­me, habi­ta­cio­nes sen­ci­llas pero mara­vi­llo­sas en un anti­guo edi­fi­cio del siglo XVIII. Y para repo­ner fuer­zas  des­pués de una noche de desen­freno, un sucu­len­to desa­yuno ser­vi­do con mimo en la habi­ta­ción.
Cagliari

Caglia­ri

Antico Corso Charme

Anti­co Cor­so Char­me

Segun­do: Visi­ta las her­mo­sas rui­nas de la ciu­dad feni­cia y roma­na de Tha­rros, pasan­do antes por la igle­sia paleo­cris­tia­na de San Gio­van­ni di Sinis para jurar­te pasión eter­na en el tem­plo más anti­guo de la Isla (siglo VI). Al atar­de­cer date un baño en la pla­ya de Is Aru­tas y pasea por su bri­llan­te are­na. Recuer­da que no podrás lle­var­te ni un gra­ni­to por­que está pro­te­gi­da. La cena en Oris­tano, una peque­ña y sere­na ciu­dad con una estu­pen­da ofer­ta gas­tro­nó­mi­ca. Un ejem­plo: el Bleu. Para dor­mir, eli­ge un hotel tran­qui­lo en pleno cen­tro como el Mariano IV Pala­ce con un per­so­nal ama­ble y un recon­for­tan­te desa­yuno.
Ruinas de Tharros

Rui­nas de Tha­rros

Ter­ce­ro: Des­de Oris­tano dirí­ge­te a Bosa para tomar un ten­tem­pié en esta román­ti­ca y colo­ris­ta ciu­dad. A medio día esta­rás en Alghe­ro, don­de podrás dis­fru­tar de sus her­mo­sas calles con sabor cata­lán y sus terra­ci­tas jun­to al mar. Si bus­cas tomar un buen vino ita­liano ade­re­za­do con pin­chos vas­cos y peco­rino sar­do,  la direc­ción es cla­ra: Sar­doa Ape­ri­ti­vo di Vino. No te sor­pren­das si mien­tras sabo­reas tu copa de Can­no­nau (la gar­na­cha sar­da) y mor­dis­queas el famo­so pan Cara­sau, sue­na de fon­do Ismael Serrano. 
 
Cuar­to: Sigue des­cu­brien­do la cos­ta Oes­te y tóma­te unos días de relax en El Faro Hotel Spa, situa­do en el Par­que Natu­ral de Por­to Con­te.  El desa­yuno y las cenas son deli­cio­sos y tie­ne un increí­ble acce­so pri­va­do al mar. Des­de aquí visi­ta las encan­ta­do­ras pla­yas de la zona y déja­te mimar por tu pare­ja mien­tras pala­deas una copi­ta de Mir­to, el licor isle­ño por exce­len­cia.
El Faro Hotel Spa

El Faro Hotel Spa

Quin­to: Reco­rre el nor­te de la Isla pasan­do por sus tran­qui­las pla­yas y dis­fru­ta de un autén­ti­co espres­so ita­liano en el her­mo­so pue­blo medie­val de Cas­tel­sar­do mien­tras te vigi­la su impo­nen­te cas­ti­llo.  Des­pués, resér­va­te unos días, o si pue­des, media vida, para soñar des­pier­to en la apa­ci­ble loca­li­dad de Iso­la Ros­sa.  Te apun­ta­mos el Hotel Mari­ned­da Tha­las­so Spa jun­to a la tran­qui­la pla­ya del mis­mo nom­bre, don­de mori­rás de amor con sus cenas y desa­yu­nos con vis­tas al Tirreno, pre­pa­ra­dos con espe­cial cari­ño para celia­cos y “glu­ten free”.     
               
Sex­to: Toma un ferry en el Puer­to de Palau hacia el peque­ño Archi­pié­la­go de la Mad­da­le­na. Tíra­te al sol en sus cali­tas escon­di­das de color ver­de azu­la­do y cru­za has­ta la isla de Capre­ra en coche. Visi­ta la casa de Gari­bal­di, líder de la uni­fi­ca­ción ita­lia­na, aven­tu­re­ro y un entu­sias­ta galán: tres espo­sas y algu­na que otra aman­te con­fir­ma­da. A la vuel­ta de la visi­ta cul­tu­ral, un baño en Cala Sere­na, cata­lo­ga­da como una de las pla­yas más román­ti­cas del mun­do, tam­bién en Capre­ra. Para cenar, te reco­men­da­mos cual­quie­ra de las taber­nas del ani­ma­do puer­to de La Mad­da­le­na, don­de si tie­nes suer­te podrás escu­char algún con­cier­to de músi­ca en vivo. Para dor­mir en ple­na ave­ni­da marí­ti­ma, un clá­si­co: el Excel­sior.    
Costa de la Maddalena

Cos­ta de la Mad­da­le­na

Sép­ti­mo: Pon a prue­ba la gene­ro­si­dad de tu acom­pa­ñan­te en los esca­pa­ra­tes de Por­to Cer­vo. Este peque­ño encla­ve de la Cos­ta Esme­ral­da es un lugar de encuen­tro de ricos y famo­sos. Pre­cio­sas casi­tas miran­do a un puer­to pla­ga­do de yates. Res­tau­ran­tes y tien­das vip. Y ya sabes que si a estas altu­ras, tu com­pa­ñe­ro de via­je no te con­ven­ce, siem­pre te que­da­rá la posi­bi­li­dad de encon­trar­te a Geor­ge Cloo­ney toman­do un negro­ni en algún gari­to cool.
 
Octa­vo: Dis­fru­ta de una jor­na­da de sol medi­te­rrá­neo en la Cala Capric­cio­li, una de las más boni­tas de Cos­ta Esme­ral­da. Apro­ve­cha para degus­tar en cual­quie­ra de los res­tau­ran­tes de la zona los pla­tos de pas­ta sar­dos más cono­ci­dos: los culur­gio­nes o los gno­chet­ti sar­di. Tam­bién tie­nes la opción más pla­ye­ra de los chi­rin­gui­tos: una Ich­nu­sa (la cer­ve­za más popu­lar de la Isla con más de cien años) y un pul­pi­to y a morir de pla­cer.  
Ichnusa

La cer­ve­za Ich­nu­sa. Recu­pe­ra el nom­bre de la anti­gua deno­mi­na­ción grie­ga de esta isla.

Noveno: Pasa una tar­de en Olbia, la “ciu­dad feliz” según los grie­gos, des­pués de visi­tar alguno de los yaci­mien­tos arqueo­ló­gi­cos cer­ca­nos. Para la oca­sión, cóm­pra­te un mode­li­to en cual­quie­ra de las tien­das de Cor­so Hum­ber­to. Si bus­cas cenar en un sitio clá­si­co, te suge­ri­mos el mag­ní­fi­co Da Pao­lo y sus pla­tos tra­di­cio­na­les. Si te ape­te­ce algo más moder­ni­llo y esti­lo­so, prue­ba el deli­cio­so que­so fri­to en las mesi­tas exte­rio­res del  Anti­cas Lican­zias. Fina­li­za la jor­na­da en el Hotel Pano­ra­ma con increí­bles vis­tas a la ciu­dad y una terra­ci­ta espec­ta­cu­lar don­de tomar una copa en la últi­ma plan­ta.                    

 
Déci­mo: Ter­mi­na tu via­je reco­rrien­do las pla­yi­tas natu­ra­les y casi desér­ti­cas de la cos­ta este de Cer­de­ña. Como a algu­nas sólo podrás acce­der en bar­co o a pie tras un buen paseo, esta­rán casi a tu exclu­si­va dis­po­si­ción. Cala Luna, Gogo­ne o Golo­ritze son algu­nos ejem­plos. Dis­fru­ta de un últi­mo baño en sus aguas trans­pa­ren­tes y des­pués des­pí­de­te de la Isla con la pro­me­sa de regre­sar algún día.      
 
Y recuer­da: si a la vuel­ta de nues­tra ruta román­ti­ca, con unos kili­tos de más –por­que en Cer­de­ña se come muy bien- pero con el tor­so bien  moreno para esti­li­zar la figu­ra, tu com­pa­ñe­ro de via­je te pro­po­ne una nue­va aven­tu­ra, la expe­rien­cia hedo­nis­ta habrá sido un éxi­to y ten­drás que con­ti­nuar leyen­do nues­tras reco­men­da­cio­nes para siem­pre. Que viva l’amore. 

© 2017 Noe­mi Mar­tin. All rights reser­ved.

    

 
        

Levél Veggie Bistro

Des­pués de los con­sa­bi­dos y cícli­cos atra­co­nes de la Navi­dad, como sino hubie­ra un maña­na, y aho­ra con los remor­di­mien­tos tala­dran­do nues­tra mate­ria gris, y para nada nues­tra mate­ria gra­sa, es el momen­to más opor­tuno para cam­biar nues­tros hábi­tos y encon­trar un mun­do gas­tro­nó­mi­co nue­vo, el vegano, dón­de se pue­de dis­fru­tar de sabo­res, colo­res y aro­mas pero en ver­sión healthy.

Jus­to enfren­te del madri­le­ño Par­que del Reti­ro abrió sus puer­tas en junio del 2016, Levél Veg­gie Bis­tro con su ofer­ta gas­tro­nó­mi­ca rompe­dora, que triun­fa en otras lati­tu­des, no como una moda pasa­je­ra sino como una opción que ha veni­do para que­dar­se entre noso­tros for­man­do par­te de un esti­lo de vida salu­da­ble.

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Foto­gra­fía gen­ti­le­za de Levél Veg­gie Bis­tro

Las pro­pues­tas de este res­tau­ran­te son dos: vega­nas, por tan­to sin  mate­ria pri­ma de ori­gen ani­mal, jun­to con pre­pa­ra­cio­nes cru­di­ve­ga­nas que con­sis­ten en pre­pa­rar pla­tos que no superen los 41º en su ela­bo­ra­ción para no per­der pro­pie­da­des nutri­cio­na­les. Que nadie se lle­ve a enga­ño por­que son pla­tos que exi­gen mucha téc­ni­ca y ela­bo­ra­cio­nes com­ple­jas con mayo­res tiem­pos de pre­pa­ra­ción como el pan de cebo­lla que se obtie­ne tras per­man­cer 26 horas en la des­hi­dra­ta­do­ra, la cual ase­gu­ra la cali­dad de los nutrien­tes y retie­ne los sabo­res. Sus­ti­tu­yen la sal común por la bene­fi­cio­sa agua de mar para hacer panes siguien­do con­se­jos mile­na­rios de ori­gen chino.  El elen­co golo­so se rea­li­za con endul­zan­tes natu­ra­les, como no podía ser de otra for­ma, ya que el azú­car está veta­do. Y por supues­to la mayo­ría del catá­lo­go de pla­tos son aptos para celía­cos.

Los res­pon­sa­bles de este pro­yec­to son Fabri­zio Gat­ta, de padre ita­liano, como jefe de sala, y la hún­ga­ra Julie Török en la coci­na-labo­ra­to­rio don­de sigue inves­ti­gan­do para encon­trar nue­vos sabo­res y tex­tu­ras. Como vega­nos con­ven­ci­dos apues­tan por la agri­cul­tu­ra orgá­ni­ca, que cui­da y res­pe­ta el medio ambien­te, para ele­gir sus pro­duc­tos.

Pla­tos degus­ta­dos que nada tie­nen que envi­diar a los pla­tos ela­bo­ra­dos con pro­teí­na ani­mal:

  • Pan de cebo­lla des­hi­dra­ta­da con paté vege­tal ela­bo­ra­do con bro­co­li eco­ló­gi­co, toma­tes seca­dos al sol y espe­cias.
  • Fala­fel de 20 horas, que es el tiem­po que se tar­da en pre­pa­rar este pla­to ori­gi­na­rio de Orien­te.
  • Mez­ze Plat­ter de hum­mus, capo­na­ta sici­lia­na, tzatzi­ki y pan de pita.
  • Ham­bur­gue­sa Fabri­zio veg­gie: con toma­te raf, lechu­ga bata­via, cebo­lla cara­me­li­za­da al opor­to y sua­ve mos­ta­za acom­pa­ña­da de las impres­cin­di­bles pata­tas rús­ti­cas.
  • Lasa­ña de cala­ba­cín, sal­sa de toma­te des­hi­dra­ta­do, ricot­ta y par­me­sano.
  • Maki en tres sor­pren­den­tes varie­da­des con alga nori y fal­so arroz.
  • Cre­pe de gar­ban­zos relleno de ver­du­ras de tem­po­ra­da.
  •  Veg­gie Rolls que son lámi­nas des­hi­dra­ta­das con un mix cru­jien­te de ver­du­ras y paté fores­tal.
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Paté vege­tal. Foto­gra­fía gen­ti­le­za de Levél Veg­gie Bis­tro

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Lasa­ña vege­tal. Foto­gra­fía gen­ti­le­za de Levél Veg­gie Bis­tro

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Veg­gie Rolls. Foto­gra­fía gen­ti­le­za de Levél Veg­gie Bis­tro

Final golo­so con la Tar­ta Rami­ro de que­so sobre base de higos y nue­ces de Bra­sil con su coulis de arán­da­nos.

Pre­cio medio 30 euros. Abier­to de miér­co­les a sába­do en hora­rio de medio­día y noche. Domin­gos solo medio­día.

Levél Veg­gie Bis­tro Avda. Menén­dez Pela­yo, 61 Madrid 28009 Telé­fono 911 275 752

© 2016 José María Toro. All rights reser­ved