La Barra DeAtún en el barrio de Chueca. Madrid

El grupo de restau­ración DeAtún abrió hace un par de meses un nue­vo local, en la cén­tri­ca calle Hor­taleza 51, en el epi­cen­tro del madrileño bar­rio de Chue­ca, denom­i­na­do La Bar­ra DeAtún. Tras el éxi­to cosecha­do en la calle Pon­zano, 59, con el Restau­rante DeAtún, que da nom­bre a todo el grupo, se ani­maron a abrir esta taber­na gas­tronómi­ca con aires mod­er­nos, de raciones y tapas pen­sadas para com­par­tir, porque es una de las ten­den­cias más en boga actual­mente por parte de los con­sum­i­dores. Ante tal peti­ción de su entre­ga­da clien­tela de poder pro­bar difer­entes platos se vol­caron con este nue­vo proyec­to sin perder la esen­cia: el atún rojo sal­va­je de almadra­ba de la cos­ta de Cádiz. De esta man­era los platos como el tomatún, el tata­ki, el tar­tar y el sashi­mi, con may­or dem­ana­da y aceptación en la casa madre aquí se pre­sen­tan de una man­era infor­mal, sin eti­que­tas, dónde puedan coin­cidir diver­sos tene­dores en un mis­mo pla­to como lo más nor­mal. El ter­cer restau­rante del grupo, La Taber­na DeAtún, aca­ba de abrir en el mes de abril en el Bar­rio del Retiro.

Su chef ejec­u­ti­vo, Damián Ríos, es el encar­ga­do de super­vis­ar las piezas y el inspi­rador de los platos ‑que son una oda al atún- para hac­er bril­lar con luz propia a ese pesca­do úni­co en su especie, bus­can­do rec­etas en el ideario gadi­tano y japonés que hagan relu­cir la firmeza de su tex­tu­ra y el mar­avil­loso sabor de su carne roja. Crea­ciones con­t­a­m­i­nadas de otras cul­turas gas­tronómi­cas se fun­den para crear elab­o­ra­ciones que son obje­to ya de cul­to en todo Madrid.

La dec­o­ración es de Martínez & Pan­do, estu­dio espe­cial­iza­do en crear espa­cios atem­po­rales, cáli­dos y acoge­dores como leit­mo­tiv de sus obras. Se han inspi­ra­do en la ofer­ta gas­tronómi­ca de La Bar­ra de Atún para crear este local ele­gante y chic con guiños al autén­ti­co sur. Han usa­do como tono dom­i­nante el azul celeste, que evo­ca el mar, azule­jos dis­eña­dos en Mar­rue­cos en clara alusión a ese pun­to car­di­nal que es el merid­ion­al, las lám­paras y otros ele­men­tos aca­ban de dar for­ma a este sitio ref­er­en­cia de cal­i­dad en medio del bul­li­cioso y pop­u­lar bar­rio de Chueca.

Platos degus­ta­dos:

  • Tomatún.
Tomatún

Tomatún

  • Tos­ta de tar­tar con tru­fa y museli­na de wasabi.
Tosta de tartar de atún con trufa y muselina de wasabi

Tos­ta de tar­tar de atún con tru­fa y museli­na de wasabi

  • Taco de ven­tresca de atún con­fi­ta­do con hue­vo de codor­niz y trufa.
Taco de ventresca de atún con huevos de codorniz

Taco de ven­tresca de atún con huevos de codorniz

  • Atún picante con hue­vo frito y pata­ta confitada.
Atún picante

Atún picante

  • Mas­car­pone sobre tier­ra de oreo y peta zetas.
Mascarpone con oreo y petazetas

Mas­car­pone, oreo y peta zetas

Como colofón a la cena, y para rematar el fes­ti­val gas­tronómi­co alrede­dor del atún como estrel­la ruti­lante, se puede alargar la sobreme­sa dis­fru­tan­do de una primera copa, señal inequívo­ca de la gran noche que sólo aca­ba de empezar.

El Grupo DeAtún está com­puesto por: La Bar­ra DeAtún en C/ Hor­taleza, 51, telé­fono 910 415 557. Restau­rante DeAtún en C/ Pon­zano, 59, telé­fono 910 338 863. La Taber­na DeAtún en C/ Dr. Caste­lao, 14, telé­fono 910 463 768. Madrid.

© 2017 José María Toro. All rights reserved.

Vino para dos. Capítulo 16

Jai besa con dulzu­ra mis labios y oigo caer un ladrillo de mi mural­la. Luego lla­ma a un taxi que nos lle­va direc­to al 1085 de Mis­sion Street. Ha oscure­ci­do des­de que bajé a la calle y las luces de la ciu­dad gol­pean los cristales del coche. Me der­rum­bo sobre mis stilet­tos negros  pero quiero dis­fru­tar de mi primera y últi­ma noche en San Fran­cis­co. Como si mañana fuera a estrel­larme en el avión de regre­so a casa. Aho­ra me pre­gun­to si he hecho bien com­pran­do el bil­lete a Tener­ife. Soy un hám­ster dan­do vueltas en cír­cu­los. Una carpa roja en una pecera dora­da. Me ago­ta ser yo mis­ma y  escuchar mis inse­guri­dades. Y enci­ma, después de estar tocan­do la trompe­ta en la casa de Jai, vuel­ven a acosarme los pen­samien­tos sobre mi padre. Su necesi­dad de que siem­pre fuese la niña per­fec­ta me mar­t­i­riza y acom­ple­ja. Stop, stop, stop…Para, Ana.

El restau­rante Kuro­sawa está en una antigua acad­e­mia de idiomas. En la puer­ta de cristal nos recibe el chef que abraza a mi acom­pañante y me salu­da con ros­tro amable. Es un tipo curioso: un japonés altísi­mo vesti­do de samurái que, según me cuen­ta Jai,  dirige un pro­gra­ma de coci­na en la NBC y al que conoce des­de sus comien­zos. Después de entrar, cruzamos un pasil­lo estre­cho donde la gente cena sen­ta­da en pupitres negros ilu­mi­na­dos con velas y lleg­amos a una pequeña sali­ta apartada.

-Para ti el despa­cho del direc­tor, ami­go.  Te he echa­do de menos, le dice el japonés a Jai mien­tras nos aco­mo­da en una mesi­ta a ras del sue­lo. Luego enciende  una radio antigua donde sue­na Coltrane y prom­ete molestarnos sólo para traer el vino y el menú degustación.

Con una copa en la mano derecha  y los palil­los en la izquier­da, pasa­dos veinte min­u­tos, asalto a mi amer­i­cano insond­able. Ten­go las armas ade­cuadas. Un tar­tar de atún picante y unos makis de foie nos con­tem­plan expec­tantes. Él me está hablan­do entu­si­as­ma­do de las bode­gas de su padras­tro en Napa y yo le inter­rumpo con ojos de sashi­mi: crudos y fríos. -¿Tú me quieres?

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Fotografía de Noe­mi Martin.

Jai me mira sor­pren­di­do y deja el vino sobre la mesa. Sus­pi­ra. — ¿Te acuer­das de lo primero que te dije cuan­do nos conoci­mos, Ana? Yo me que­do calla­da. Ese día esta­ba tan nerviosa que no oí sus pal­abras. ‑Yo lo recuer­do per­fec­ta­mente,  añade: “Me he toma­do la lib­er­tad de pedir la cena. Después de catorce sem­anas mirán­dote a escon­di­das mien­tras comes y sueñas, creo que sé lo que te gus­ta”. Son­río nerviosa con su respues­ta y él coge mi mano. ‑Pues sí, Ana. Tú pens­abas que ibas a verme a mí y yo esper­a­ba cada viernes para encon­trarte en la dis­tan­cia, como un náufra­go divisan­do un faro entre la cal­i­ma. Y te observ­a­ba con tu copa como un cachor­ro inde­fen­so. Tan inde­fen­so como yo, Jai el valiente. Y, ¿sabes una cosa?: “Quería con­ver­tirme en que­so para ser devo­ra­do con avidez y desea­ba ser vino para deslizarme por tu boca. Y colarme en tu inte­ri­or y ver qué pens­abas y cómo sen­tías. Y tan­tos y…”

No puedo evi­tar­lo. Estoy tem­b­lan­do y lloro. Los suyos son mis pen­samien­tos cuan­do le observ­a­ba a través de la cristalera nue­stros viernes jun­to al Atlán­ti­co. Mis lágri­mas no son gotas  finas. Son cuar­zos sin labrar a la deri­va que caen estru­en­dosos sobre la mesa de bam­bú. Lloro de feli­ci­dad, de incredul­i­dad, de estu­pid­ez.  Lloro y Jai pone su copa bajo mis ojos, son­rien­do con los suyos: — “agua de llu­via, mal­vasía puro. Pues claro que te quiero”.

Cuan­do ter­mi­namos de cenar, nos des­ped­i­mos del “chef samurái”  y tomamos un taxi hacia Sausal­i­to, una población al otro lado del Gold­en Gate. Vamos a un concier­to de jazz en uno de los  locales donde solía actu­ar Clau­dia. Por el camino, Jai me susurra al oído que después de tan­to tiem­po se siente fuerte, que con­mi­go a su lado se atreve a todo. Que ya no tiene que aparentar lo que no es. Mien­tras él se con­fiesa sin reser­vas, yo me sien­to una men­tirosa patética.

La noche es pre­ciosa y el Puente parece un braza­lete de oro sobre la Bahía. Hace tiem­po que no veo una ima­gen tan boni­ta. El bar de Sausal­i­to está lleno pero podemos entrar sin prob­le­mas. Jai conoce a todo el mun­do y todos se sor­pren­den grata­mente al encon­trar­le de nue­vo en la ciu­dad. Le veo feliz.

Después de pasar por la bar­ra, nos sen­ta­mos jun­to al esce­nario. Hay dos tabu­retes libres para nosotros. Un grupo ver­siona “Sum­mer­time”. La voz de la can­tante se parece muchísi­mo a la de Sarah Vaugh­an y me emo­ciono. Jai me abraza. Sien­to su olor y sus manos fuertes cuidán­dome. Tal vez sea cier­to que me ama. Yo aún no le he dicho que mañana regre­so a Tener­ife porque, una vez más, sen­tí  que perdía  el con­trol de mi vida y tuve miedo. Vuel­vo a casa porque soy una estúp­i­da. Me voy porque sigo sin creer que un hom­bre como Jai pue­da estar enam­ora­do de mí y no quiero sufrir. Esta his­to­ria tiene que empezar o acabar ya.

BSO : Sum­mer­time por Sarah Vaughan

© 2016 Noe­mi Mar­tin. Todos los dere­chos reservados

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