Matías i Torres. El vino volcánico de una mujer valiente

Cerca del mar y apegado a la tierra. Al amparo de volcanes y  pino canario. Así, entre cepas viejas, crece el vino de una mujer valiente: el vino “Matías i Torres”. Victoria, la quinta generación de esta familia amante de los viñedos, es cálida, humilde y cercana. Como su sonrisa franca. Habla con emoción del vino, de defender las pequeñas cosas, de mantener contra vientos, tempestades y algún que otro incendio malvado, la tradición y la esencia. Victoria se mancha las manos y se quema bajo el sol atlántico. No es fácil para una mujer joven apostar por un oficio tan complejo en una isla pequeña. Y sobre todo hacerlo bien. Porque el vino de “Matías i Torres” atrapa y embelesa. Por eso, y aunque la producción es limitada, se bebe en Estados Unidos, Alemania, Francia o Japón. También en lugares míticos como el Celler de Can Roca, entre muchos otros.

Listán Prieto de Bodega Matías i Torres. Fotografía de Noemi Martin

Como en todo lo importante, el secreto es poner el alma y dejarla en cada surco, en cada vendimia, en cada poda. Este vino tiene cuerpo. Y cara de una artista esperando lluvia. También espíritu canario: el del hermoso municipio de Fuencaliente, en el sur de la isla de La Palma. Es elegante, sutil y original. Joven y cargado de historia, la de una de las bodegas más antiguas de Canarias, fundada en 1885.

Malvasía aromática, diego o bujariego centenario, albillo criollo, listán prieto, negramoll: uvas singulares que duermen en toneles de roble y castaño junto a dos preciosos lagares de madera de tea: la prensa tradicional de origen romano usada en el Archipiélago y que aún emplea Victoria en sus vinos únicos mientras escucha a Nina Simone o Abbey Lincoln.

Vinos atlánticos, musicales, volcánicos. Vinos femeninos y osados. Vinos sin sexo. Vinos artesanales y deliciosos. Vinos isleños e internacionales. Vinos, siempre vinos. Y hechos con el alma.

© 2017 Noemi Martin. All rights reserved.

 

Vino para dos. Capítulo 2

Se levantó, sonrió y me dio la mano unos segundos.

-Me he tomado la libertad de pedir la cena. Después de catorce semanas mirándote a escondidas mientras comes y sueñas, creo que sé lo que te gusta

Su castellano sonaba lejano y suave. Estaba claro que no era español pero me sentía incapaz de identificar la procedencia del acento. Su mirada firme y esas pestañas inmensas enmarcándola me impedían agudizar el oído.

-Mientras traen los platos, si te parece bien, te propongo un juego. Contestemos estas preguntas e intercambiemos los papeles al final del encuentro. Los abriremos, por separado, cada uno en su casa. Si coincidimos en al menos la mitad de las respuestas, volveremos a encontrarnos el próximo viernes a la misma hora. Si no, mejor seguir comiendo a solas. ¿Te atreves? Sólo tenemos cinco minutos para responder.

 Aunque nunca he sido demasiado osada, acepté el reto sin oponer resistencia. Reconozco que me molestaba que este tipo, que ni siquiera me había dicho su nombre, quisiera tenerlo todo tan controlado pero también me preocupaba mucho no encajar en su cuestionario extravagante.

Abrí el sobre rápidamente y contesté a las diez preguntas en el tiempo estipulado. Para ello acercó a mis dedos, mientras los rozaba con suavidad, una increíble pluma de estilo modernista. Hacía muchísimos años que no escribía con pluma, creo que desde las cartas de amor de mi adolescencia. Todo era sorprendente. Me sentía dentro de una película estrambótica pero me gustaba correr el riesgo y, sobre todo, aunque pareciera una locura, era feliz.

www.bloghedonista.com

Fotografía de Noemi Martin

Los interrogantes que determinarían la posibilidad de nuestra siguiente cita estaban escritos a mano, con la misma letra encantadora de la primera nota. 

¿Blanco o tinto?

¿Roma o Paris?

¿Auster o Murakami?

¿Peter Pan o El Principito? 

¿Croissant o tostadas?

¿Foie o langosta?

¿Nina Simone o Ella Fitzgerald?

¿Blade Runner o El Padrino?

¿África o Asia?

¿Atardecer o amanecer?

Después de contestar a todas las cuestiones sin pensar demasiado, el camarero empezó a servir la cena. Acierto pleno:  tres platos ligeros para compartir y un vino canario delicioso del que no sobró una gota. Una hora justa. En el minuto sesenta llegó la cuenta. En el sesenta y uno cogió su cartera y pagó. Me dijo que tenía irse pronto, como siempre. Sin más detalles. No me preguntó mi nombre. Yo tampoco el suyo.

Hablamos del placer de vivir, de la música que sonaba, de la luna llena. Rememoramos viajes y escapadas sublimes. Sólo una hora pero los sesenta minutos más radiantes de mi existencia. Me sentía tan bien. Al despedirse puso el papel con sus respuestas en mi mano. Cogió el mío y me miró a los ojos. Esbozó una sonrisa juguetona. 

-Hasta el viernes que viene… o no

La BSO es Feeling Good por Nina Simone y suena mientras ambos rellenan el “cuestionario”

© 2015 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

    

Restaurante Los Abrigos

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C/ La Marina, 3 Los Abrigos 38618 Tel. 922 170 264 Restaurante Los Abrigos

Este restaurante tiene el mismo nombre del pueblo que lo acoge y ocupa un rincón privilegiado, a modo de mirador, sobre este minúsculo puerto, casi de bolsillo, y también hacia las barcas que faenan para ellos y les proveen de pescado y marisco fresco.

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Siguiendo la estela de los sabios consejos del difunto cocinero Santi Santamaría que quedaron inmortalizados en unos pequeños artículos publicados en el 2007 en el periódico barcelonés La Vanguardia, ( un anticipo de lo que más tarde la Editorial Phaidon editó en el 2013 con su guía «Where Chefs Eat» creada a partir de recomendaciones de cocineros de prestigio, «los reales expertos» ) éste es uno de esos sitios donde se refugiaba para degustar cocina tradicional bien hecha sin artificios innecesarios.

El local tiene una decoración muy marinera, como no podía ser de otra manera, y aunque las mesas están cubiertas con manteles de papel, que le da todavía más autenticidad, en cambio es muy loable su servicio correcto de las copas adecuadas para cada tipo de vino, algo que muchas veces desgraciadamente se olvida.

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Su cocina carece de adornos superfluos en pro de los sabores puros: «papas arrugás» con sus dos mojítos el verde y el rojo. Pulpo tierno, tiernísimo, que parecía mantequilla, sin más aliño que nuestro oro líquido, el aceite de oliva virgen extra ¡de ovación cerrada! Rompo una lanza por este tipo de preparación del pulpo a la manera canaria dejando en segundo lugar al pulpo a feira aunque éste sea más popular. Unos excelsos calamares a la romana y como broche final un pescado blanco autóctono de la zona ¡de tirar cohetes!. Para el maridaje un blanco ecológico de la tierra, Frontos, con mucha fruta tropical de papaya y maracuyá.

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En este viaje gastronómico por el mundo muchas veces nos olvidamos de los sabores puros y en este restaurante llegamos a buen puerto para convencernos una vez más de como algo tan sencillo se puede convertir en extraordinario. Gracias Santi por dejarnos piedras blancas, del mismo modo que Pulgarcito, para guiarnos a los gastronómadas.

Precio medio 30 euros.

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