Vino para dos. Capítulo 22

Jai me toma de la cintura y me lleva a la barra. Me doy cuenta de que hemos bailado abrazados, de que me ha acariciado el pelo y la cara pero aún no nos hemos besado. Es extraño después de seis meses sin vernos, aunque me gusta. Esta vez, si es que hay vez, iré despacio.

Recorremos el local pisando nubes –así me siento- y pasamos junto a Nora y Marcos que nos miran sonrientes sin mostrar el menor gesto de sorpresa. ¿Es posible que supieran algo de esto? Y yo que pensaba que había madurado. Sigo siendo la Ana inocente de siempre disfrazada de chica lista. Aunque esta noche no me importa.

Mi americano favorito pide dos copas de malvasía. Observo sus manos al sacar la cartera, sus brazos, su camisa blanca impecable. Escucho el tono de su voz cuando da las gracias al camarero. Es increíble que esté aquí, que le pueda tocar, que pueda ver sus pupilas brillantes. Es como si estuviera dentro de una película en blanco y negro. Y ahí está él, mi protagonista con aire de los años cincuenta, recordando que las historias más improbables son las reales.

–Brindaré contigo, Jai, pero no sé si podré acabar la copa. Estoy en el aire.  Demasiado vino y demasiadas emociones en tan poco tiempo. Además, necesito vivir todos los detalles de este momento.

-Claro Ana, yo también he imaginado este instante contigo. No sabes cuantas veces. Quiero explicarte y que -si puedes- me perdones por lo que te dije cuando te fuiste. Quiero que sepas que has estado conmigo todos los días: en el café del Starbucks, en el vino de Napa, en el agua de la ducha, en las esquinas de San Francisco, en las letras del periódico…en todo.

Después de discutir contigo, cuando ya habías tomado el avión de vuelta, recibí una llamada de Julia. Me dio su versión del encuentro y entendí por qué te habías ido. Pensé en llamarte y venir pero yo no estaba bien, Ana. Tenía que arreglarlo todo y arreglarme por dentro. Este tiempo conmigo era un riesgo inevitable. Al día siguiente de mi conversación con Julia busqué un abogado y por fin empecé los trámites del divorcio. Luego vendí la casa  y alquilé un apartamento pequeño en Sausalito, cerca del local de jazz al que fuimos cuando estuviste conmigo. Me hacía falta algo nuevo, algo limpio junto al recuerdo de aquella noche. Durante estos meses he intentado revisar mi vida, mis relaciones anteriores, mis comportamientos, mis complejos… Supongo que  tiene que ver con la infancia, con mi madre y mi padrastro. O simplemente con mi forma de ser. Yo me creía un tipo duro, Ana, pero lo de Julia y mi hermana me demostró que seguía siendo un niño lleno de miedos. Y no supe gestionar mi vida. Simplemente huí. Tengo que cambiar muchas cosas y lo estoy intentado, con ayuda. Quiero ser más fuerte, más confiado, más yo. Quiero dejar de correr hacia ningún sitio. Necesito un cable a tierra. Y… buf… eso es todo.

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Fotografía de Noemi Martin

Escucho a Jai y no sé muy bien que decirle. Me sorprende y me conquista con cada gota de sencillez. Mi corazón constata que sigue enamorado. Aún más. Creo que en el fondo, sabía que volvería a encontrarle aunque no me imaginaba que por muy mágica que fuera esta noche, ocurriría hoy.

-Me gusta oírte, pequeño Jai. Te prefiero así, más humano, más vulnerable. Ya estoy harta de superhéroes y valientes. Además, con mi historial no soy la más indicada para pedir cordura.

Nos reímos, nos tocamos, y volvemos a brindar:  –¡Por las inseguridades y la fragilidad, para que no nos visiten demasiado a menudo! Juntamos nuestras copas y le doy un beso arrebatado. Le muerdo los labios con ganas aplazadas. Me da igual que nos miren. No me importa haber pensado cinco minutos antes que iba a ir despacio. Vivan las contradicciones. Mi Jai se merece que pise el acelerador un momento. Y yo más.

-Una cosa. Cuéntame cómo llegaste aquí, justo esta noche.

-Pues…bueno, Ana. Es gracioso. Yo pensaba volver a comienzo del verano pero tengo que confesar que los detalles se lo debes a tu amigo Marcos. Hace tres meses publiqué el libro que estaba escribiendo en Tenerife cuando nos conocimos. ¿Recuerdas que era sobre los viajes que hice durante los dos años siguientes a mi marcha de San Francisco? Lo titulé “Antes de Ana”. Pues bien, Marcos lo compró por Internet y me mandó un mail a la dirección que venía en la contraportada. Me dijo que conocía a la maravillosa Ana del título. Que era un tío afortunado y que no fuera tonto. Y bueno, así empezó nuestro intercambio de correos hasta esta noche.

-Oh, ese Marcos entrometido. Buscándote en las redes. Será celestina… Voy a acabar con él….a abrazos.

Nos reímos de nuevo. Miro hacia la mesa de Nora y veo que Marcos le acaba de espetar un besazo a mi amiga del alma. Pero bueno, ¿todo va a pasar en San Juan?

Volvemos a centrarnos en nosotros. Jai me revuelve el pelo y yo le aprieto el hoyuelo de la barbilla.  -¿Y ahora que haremos, querido? ¿O mañana se romperá el hechizo?

-Haremos lo que tú quieras Ana. Estoy en tus manos. No tengo billete de vuelta y te prometo que no voy a comprarlo a escondidas esta noche. Además, Tenerife es el mejor lugar del mundo para escribir.

-Eso no lo dudo, Jai. Necesitas quedarte un tiempo en mi Isla. Creo que te hace falta un poco de sol y de buen vino.

-Estoy seguro, Ana. El invierno y la primavera en San Francisco han sido muy duros.

-En cuanto a nosotros y si -como buen caballero que eres- me dejas decidir, confieso que lo que yo quiero ahora es que nos conozcamos con calma. No me hace falta más suspense, ni más vértigo. No quiero películas de Hitchcok ni actuaciones estelares. Necesito que esto sea real. Y si va bien, ya improvisaremos. ¿Te parece?

-Me parece un plan perfecto y voy a formar parte de él si me dejas. Deseo conocerte de verdad. Saber cómo respiras, cómo te mueves, quiénes son tus amigos. Lo tengo muy claro: quiero vivir en el planeta Ana. ¿Puedo pedirte el visado esta noche?

-Queda usted formalmente invitado a mi planeta, Mr. Ackerman. Sellaré su pasaporte al volver a casa.

-¿Comenzamos la historia en este punto, entonces, Ana?

-Comenzamos la historia, Jai.

BSO Let’s do it Ella Fitzgerald

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

Vino para dos. Capítulo 21

Arde la noche, la luna y mi corazón pequeño. Quemo recuerdos que ya no encuentran espacio en mi cabeza recién estrenada. San Juan me llama: vamos, Ana.

Bajo los escalones hacia la playa. Voy despacio, con mi vestido blanco de tirantes y mis labios color fresa. Camino desnuda de expectativas y con algo de miedo en el fondo de mi bolsito mágico. Lo sacaré y lo lanzaré entre las olas en cuanto pueda. Me aíslo del ruido, de la gente que ríe y baila. Siento mis latidos como pequeñas chispas azules. Gracias por seguir vivo, amigo. Pensaba que esta vez no podrías contarlo y mírate: ahí estás, feliz y sano. Me quito las sandalias mientras recorro la orilla del mar a solas, en medio de otros pasos ajenos, antes de que llegue Nora. Este momento compartido con desconocidos es mío y me hace sentir una mujer valiente, una hechicera todopoderosa. Por fin he comprendido que la soledad es una buena aliada. Me permite ser yo sin condimentos, me deja respirar a mi ritmo, cambiar de estación sin preguntar a nadie. Es compresiva, generosa, dulce.

Suena el teléfono -como un despertador indiscreto- en medio de mi soliloquio. -Ana, te estoy viendo junto a la orilla. Estás muy guapa y muy bucólica pero deja de soñar un ratito y vente al quiosco del final de la playa a tomarte un vino conmigo. Nora me conoce muy bien.  Los pájaros de mi cabeza nunca dejan de aletear. Y esta noche son colibríes que vuelan sobre las hogueras. Salgo de mi diálogo interior y me pongo en “modo externo” mientras sonrío. Me gusta estar un poco loca, un poco en mi planeta. Es increíble pero no me había dado cuenta de que la arena estaba tan llena de gente y de fogatas. Ahora, ya consciente, me cuesta llegar a la barra entre la multitud. Cuando la alcanzo, Nora me espera con mi copa en la mano. -No te quejarás de que no te mimo, Ana. Hoy es tu día favorito y tenemos que empezar a celebrarlo: un blanco afrutado para ti.

Las hogueras comienzan a apagarse temprano o quizá el tiempo ha pasado en un instante. Lo cierto es que cuando acabo el vino, ya he quemado sin dramas el folio de penas que traía en el bolso y voy ligera camino de la fiesta en “nuestra terraza”. Cuando cruzo la puerta de entrada me castañean los dientes, me arden las pestañas y el pulso parece una mariposa de colores. Respiro.  Menos mal que ahora soy una mujer sabia y esta noche no llevo tacones.

El local está repleto. Parece más grande  que hace unos meses, cuando sólo lo habitábamos Jai, Ella Fitzgerald y yo. O al menos eso me parecía. Aquí está nuestro sitio, Ana, me dice Nora mientras señala una mesa para tres junto al mar. -Creo que sobra una silla. ¿O al final le dijiste lo de la cena a Carmen? Sabes que no me gusta demasiado su energía pero bueno si a ti te cae bien, es cosa tuya. –Eyy, tranquila, Ana, no corras, me dice Nora mirando hacia la puerta. Tenemos un invitado de honor. Y creo que su energía es de las que te deslumbran.

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Fotografía de Noemi Martin

Cuando alzo los ojos hacia la entrada, mi corazón da una vuelta y regresa a su sitio. Ahí está Marcos, con su sonrisa de oreja a oreja. Ciertamente, la visita me emociona y su energía me cautiva. Viene directo hacia nosotras y me da un abrazo fuerte, de esos que te estrujan hasta el alma. –Tenía ganas de venir a Tenerife y que mejor que en tu noche para hacerlo, Anita. Por un segundo, egoístamente pienso en Jai. Me hubiera gustado que la sorpresa hubiera sido él pero soy consciente de que es uno de mis  pensamientos quiméricos. Eso sólo sería posible es una película romántica. Además, me encanta que Marcos haya venido a vernos esta noche. Nunca pensé querer tanto a un amigo en tan poco tiempo. Con él confirmo que la amistad es una forma de amor. Hay personas que te fascinan en una sola conversación y a las que amas por lo que son y por la paz que te regalan en una mirada. Sin más. Así que con Marcos en medio de nosotras, cenamos radiantes aderezando la pasta con risas y confesiones. Nos cogemos de la mano, destruimos  dogmas y tiramos credos por la borda.  El “trío Baker” vuelve a la carga aunque intuyo que entre Nora y Marcos surgirá algo más que camaradería. Y me gusta. Me gusta ese destello de pasión que asoma en sus pupilas.

Después de compartir propósitos veraniegos y  un par de botellas de vino volcánico, la lava empieza a calentar mis neuronas. Necesito levantarme y tomar un poco de aire. –Amigos, ahora vuelvo. Les dejo en la mejor compañía. Acalorada, cruzo el local y llego hasta una esquina escondida desde donde se ve el mar y se escucha la música. El rincón perfecto. Me apoyo en el balcón y sigo el ritmo de las olas. Soy feliz: por fin me quiero. Y no es el efecto del vino. Lo prometo.

De pronto, en medio de mi euforia particular, comienza a sonar la voz de Ella: “Love is here to stay”. Y canta para mí, lo sé. Sigo mirando las olas, ensimismada. Se mueven a ritmo de jazz. Parpadean, suben, bajan, chocan. Me gustaría danzar con ellas, sentirlas en mi cuerpo. Vuelven los colibríes a mis pensamientos cuando percibo un olor familiar. Sándalo, canela… Es imposible, debo estar en mi planeta, como siempre. Despierta marcianita.

Pero no, no estoy en una nube, ni en las estrellas. Estoy aquí en nuestra terraza, la noche de San Juan. Jai me mira y me coge de la mano. Es real. Sus ojos son reales. Su olor es real. Y bailamos mientras Ella Fitzgerald y el Atlántico nos acompañan. Y yo quiero llorar pero no me salen las lágrimas porque estoy volando. Y si vuelo no puedo llorar porque es imposible sin gafas protectoras. Y no sé lo que pienso, ni lo que digo, ni lo que siento. Aunque sé que es él. Y está aquí. Y me duele la boca del  estómago y me queman los labios y el alma. Y soy aún más feliz que hace dos minutos.

Cuando termina la canción y nos separamos un momento, miro su cara y él sí está llorando. –Te he echado tanto de menos, Ana. Yo me pellizco los dedos y Jai sigue ahí, tan atractivo como siempre, tan fuerte, tan  frágil, tan Jai. –Yo también he pensado mucho en ti, tanto que he tenido que borrar todos mis pensamientos viejos y malos para que cupieras en mi mente. Pero dime Jai: ¿Qué vas a hacer ahora?

-Por lo pronto, mirarte sin parar y tomarme una copa de malvasía. Vamos y te cuento. Vamos y me cuentas.

BSO Love Is Here To Stay de Ella Fitzgerald

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

 

Vino para dos. Capítulo 20

He vuelto a pintar, a escribir, a bailar. Después de muchos años en penumbra interior, veo la luz y no en la mirada de un hombre. Ayer me revisé en el espejo atentamente. Comienzo a tener algunas arrugas pero por primera vez mis ojos brillan sin necesidad de faros accesorios. Siento que estoy empezando a ser yo. Un yo mejor, pausado y soberano. Un yo aún enamorado pero sensato. Me cuesta dejar de pensar en Jai pero ahora ocupa otro puesto. Va detrás de mí o a mi lado pero no delante. No sé si alguna vez me recuerda. Si era cierto que me quería. A veces le percibo en la distancia, como un velero detrás del rompeolas. Otras, le noto en mí, anclado firme en una esquina de mi ventrículo izquierdo.  ¿Hasta cuándo? ¿Quién lo sabe?

En estos meses de resurrección desde que volví de San Francisco han sido milagrosas las conversaciones con Marcos. Su forma de ver las cosas es tan clara y limpia que es imposible no confiar en sus palabras sabias. Me encanta poner el manos libres y tomar un café cuando sale del hospital después de alguna de sus intervenciones de siete horas. Y está sereno y feliz. Y me contagia la sangre, la bilis y las neuronas. Ojalá todos los virus fueran como Marcos.

Pero además de Marcos, también mi amiga Nora ha resultado imprescindible en la génesis de esta nueva Ana: la Ana decidida, la no torturada. Nora es mi compañera en la consulta. Estudiamos psicología juntas, lo decidimos en el primer curso del instituto. Siempre ha estado a mi lado. Supongo que es la hermana que no tuve. Mi confidente en calma sabe de Jai, de Pedro, de Óscar, de mi primer desamor a los quince años.  Mi pelirroja favorita se acaba de separar de su marido, hace cinco meses, y como tampoco tiene hijos, además de compartir horas de trabajo, pasamos muchas tardes juntas, oyendo música y paseando junto al mar.

Nora conoció a mi ángel Marcos hace un par de semanas. Viajamos a un festival de jazz en Granada. Homenaje a Chet Baker y homenaje a la amistad, a la antigua y a la recién nacida. Me maravilló la complicidad que surgió durante la cena de presentación. Tres almas embargadas que encuentran su redención en una copa de vino junto a La Alhambra. “Los pecados nos harán libres”, reza ahora el lema del “Trío Baker”. Después de un fin de semana repleto de instantáneas -de ésas que cuelgas en la nevera para sonreír al buscar una manzana- Nora me confesó que Marcos la había cautivado. Su cabeza ordenada, sus manos de cirujano, su voz templada y sedante… Sospecho que a mí también me habrían enamorado si Jai no continuara varado en mi pecho.

 

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Fotografía de Noemi Martin

Admito que a veces he tenido la tentación de coger el móvil y enviarle un mensaje. Algunas noches de insomnio pongo el teléfono junto al vaso de leche con miel y le veo al otro lado del mundo. Le imagino saliendo del trabajo, escribiendo de viajes en su ordenador, yendo a cenar al Kurosawa, probando vinos nuevos. Debo ser una ingenua pero nunca le pienso con otra mujer. Le siento solo, sanándose, como yo.

Lo cierto es que los meses pasan y mi vida continúa. En la consulta puedo dar consejos que ahora me creo y en mi día a día todo se va poniendo en su sitio. Como un puzzle gigante. Prefiero aprovechar la luz para nadar, leer y reconstruirme. Lo de salir después de la puesta de sol lo dejo sólo para ir a alguna cena o un concierto. Quizá me estoy volviendo un poco beata. Eso dice Nora.

Esta noche, sin embargo, es especial, única. Es mi noche favorita del año. Ni treinta y uno de diciembre, ni navidad, ni cumpleaños. A mí me apasiona la magia de San Juan. Lo poco que queda por quemar de la Ana apocada y vacilante, arderá para siempre al salir las estrellas. Tendrá que ser así porque hoy me toca ser valiente. Cuando se apaguen las hogueras en la playa, comienza una fiesta en “nuestra terraza” junto al Atlántico. No la he pisado desde la última vez que cené con Jai, en mi otra vida, hace seis meses. Aunque he pensado que tal vez no sea buena idea volver sobre mis pasos, Nora insiste en que es lo último que me queda por hacer para nacer de nuevo. Y ésta es la noche.

Sobre la cama veo mi vestido blanco, mis sandalias planas y mi ánimo atrevido. También está mi bolso de cristalitos azules cargado de sueños y hechizos. Ojalá no me arrepienta cuando al volver apague la luz de mi habitación y abra la ventana para que entre el aroma a alquimia y madera quemada. San Juan me espera.

BSO: Let’s Get Lost Chet Baker

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

Vino para dos. Capítulo 19

Aterricé en Tenerife hace seis meses. No he sabido nada de Jai en este tiempo. A pesar de que  habita multiplicado en mis neuronas y de que lo percibo en cada canción y en cada gota de vino que pasa por mi garganta, estoy tranquila. Tengo la certeza de que algún día nos encontraremos y todo será sencillo. Supongo que podré explicarle que compré el billete de vuelta después de encontrarme con Julia en su apartamento y llenarme de angustia. Imagino que seré capaz de hablarle abiertamente de mi maleta de miedos y complejos. No espero nada. Quizá no llegamos a conocernos lo suficiente. No añoro imposibles pero sé que nuestras vidas revueltas volverán a tropezarse en algún tic-tac de nuestra existencia.

Durante estos meses he revisado mi cerebro y he hecho limpieza de sentimientos y culpas. He pasado el cepillo por cada esquina de mi alma y he frotado a conciencia mi corazón manchado de dudas. Una hoguera imaginaria. Una niña que saltando alrededor se convierte en mujer mientras arden sus miserias. Así he pasado estos ciento ochenta días sin Jai.

En el vuelo de San Francisco a Madrid conocí a Marcos, mi ángel de la guarda. Cosas que suceden en aviones transoceánicos: asientos contiguos, historias que coinciden y un planeta que contar. Llevaba tres horas escribiendo versos compulsivamente sin probar bocado desde la cena con Jai la noche anterior, cuando pasó un sobrecargo ofreciendo bebida. –Una botellita de tinto californiano, por favor. Llené la copa de plástico y me lo tomé de golpe. Sin pensar. Directo al corazón como una flecha líquida. A los dos minutos estaba mareada y respirando entrecortadamente. Marcos me miró de reojo y me preguntó en voz baja si estaba bien. Dos vasos de agua, un par de chocolatinas y seis horas bastaron para desplegar mi vida sobre la mesita accesoria. Mejor que cualquier película de estreno.

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Fotografía de Noemi Martin

Marcos tenía cincuenta años y era médico, cirujano cardíaco. Aunque ya en casa me di cuenta de que era un tipo muy atractivo, en medio de la zozobra no me habría percatado ni del azul de los ojos de Paul Newman. Todo era negro. Todo daba igual. Lo único que me atrapó de su persona fue su tono amable y llano, y, sobre todo, su capacidad para extirpar mi ataque de dolor de un plumazo. Con delicadeza extrema. Él sabía perfectamente lo que era vivir atrapado en el gris porque había caminado una montaña parecida a la mía: un padre exigente y severo, muchos fracasos y un corazón desgarrado y recompuesto a base de amor propio. La mejor sutura, según me contó.

Hablamos y nos confesamos herejías sin pudor, como si nos conociéramos de otro tiempo, de otro espacio. Esa conversación mágica entre ruido de motores, lágrimas y sonrisas cercanas, cambió la dirección de mis pasos. Cuando nos despedimos en Madrid con un abrazo y la promesa de seguir en contacto, me di cuenta de que no podía seguir amarrada a la oscuridad de mis pensamientos para siempre. Tenía que abrir ventanas al llegar a casa. Aire, luz, calma, confianza…eso necesitaba.

Me costó contarle a mi madre que tal y como auguraba, las cosas con Jai no habían salido bien. Pero, para mi sorpresa, no me regañó como otras veces. Creo que no pudo porque ya no estaba ante una niña llorosa. Imagino que se dio cuenta de que había empezado a crecer de golpe. Así que por primera vez nos encontramos cara a cara como dos mujeres serenas y francas. Y me gustó sentirme así. Estaba bien eso de ser fuerte.

Días más tarde me senté en mi habitación y mientras escuchaba a  Nina Simone escribí una larga carta a mi padre: le di las gracias por la vida recibida pero también le rogué una tregua perpetua. Yo no aspiraba a ser la mejor, no deseaba ser una mujer perfecta. Tampoco quería morir de un infarto en un despacho como le había sucedido a él. Sólo anhelaba una existencia tranquila. Únicamente necesitaba empezar a amarme para aprender a amar bien. Al terminar la carta la metí en una botella de vino vacía y me acerqué al muelle. Estaba feliz. La tiré al Atlántico una noche de luna llena. Sabía que bucearía ligera entre estrellas y caballitos de mar hasta encontrar sus cenizas saladas y entregarles mi mensaje.

BSO: Tomorrow Is My Turn Nina Simone

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

 

 

Vino para dos. Capítulo 18

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Fotografía de Noemi Martin

La vida me persigue para abrazarme.
Yo salgo huyendo.
Vino por copas que huele a rabia. Tapas de penas con pan caliente.
La vida me aprisiona para quererme.

Maleta sin candado. No hay contraseña.
Espérame en mi muerte. Jazz en mis venas.
Funesta y ciega: cómeme sin pudores, bébeme entera.

Guardando el pasaporte, cierro la puerta.
Tu rostro me acompaña por la escalera.
Yo voy dejando migas por si volviera. Quizás en otro tiempo.
Buscaré tu sonrisa en la carretera. En las gotas de vino y en la nevera.

La vida me acorrala en el aeropuerto.
En las pantallas grandes, en los rincones.
Las azafatas ríen. No entienden nada.
Están velando a un muerto. No les da pena.

Las alas se me rompen. Hiato indeleble.
Temores, puñaladas. Incertezas errantes.
Lágrimas que no lloro.
Y en mis cenizas queda el olor de tu cuerpo.

La vida me atormenta mientras me quemo.
Ya no quedan retazos de lo que era.
Sólo un trozo de Ana, pequeño y triste
que deja estos dolores en su cuaderno.

BSO The End of A Love Affair de Billie Holiday

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Vino para dos. Capítulo 17

Fin de la actuación en Sausalito. Jai se despide de los dueños del “Chico & Rita” y ponemos rumbo al apartamento. Es la una de la mañana cuando el taxi cruza de nuevo el Golden Gate. Combustible en las arterias, lava calentando mi alma. Es lo que tiene la música. El cansancio se ha esfumado. Adiós jet lag.

Mientras atravesamos la ciudad, pienso en las cosas increíbles que han ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Puro realismo mágico. Improvisando con cada inspiración, como en un concierto de jazz. La llamada a Jai, el vuelo de Croacia a San Francisco, mi encuentro con Julia, la cena japonesa en el Kurosawa, sus palabras, mis lágrimas, la reconciliación de Jai y su hermana Claudia… Después de todo esto, imagino que los unicornios azules realmente existen. Tal vez el amor verdadero. Y las mujeres-tiovivo como yo, que le dan vuelta a los sentimientos cien mil veces.

Al llegar al dúplex en Marina, subimos las escaleras lentamente. El ascensor no funciona. Yo voy delante y Jai me empuja mientras aprovecha para acariciarme. Cuando la puerta se abre, vuelve el olor a vainilla que llena la casa. Es el fantasma de Julia que me atraviesa, ¿el pasado que todo lo invade? ¿Estoy segura de que no es el presente o el futuro? A fin de cuentas, dos años después siguen casados. Tal vez Jai esperaba reencontrarse con ella algún día y solucionarlo todo. De repente, me percato de que han desaparecido sus fotos del salón. Supongo que él las ha quitado para no incomodarme, aunque no sé en qué momento.

Nos besamos sonriendo entre los cojines del sillón rojo. En la cocina. En el pasillo. Atravesamos sin miedo las vías del tren que llevan al dormitorio. Pongo a mi amigo Chet Baker en el móvil y lo dejo sonando en la mesilla, junto a la cama. Quiero que esté con nosotros esta noche, una vez más. Trío consentido. Tormentoso Chet, casi tanto como yo.

Cuando Jai Ackerman se quita la camisa y la deja sobre la silla, contemplo de nuevo sus pecas sobre los hombros: astros pequeños, hormigas, granos de arena de este a oeste… Sus brazos fuertes y suaves, su cintura poética, sus piernas firmes. Mi vestido de seda cae sobre el parqué y los tacones quedan a un lado mientras bailamos abrazados. La brisa del mar se cuela por la ventana y la luz de una farola ilumina su sonrisa, noctiluca oceánica. Después, dibuja suavemente sobre mi espalda. Como un mándala gigante, me colorea con sus dedos tibios. Me canta al oído, me saborea, me bebe. Entre sorbo y sorbo, olvido que he decidido marcharme. Después, aparto de mis entrañas cansadas las palabras obsesivas de mi padre: “nunca eres lo suficientemente buena, Anita. No tienes madera de ganadora, déjalo”.

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Fotografía de Noemi Martin.

Chet continúa tocando en el altavoz de mi teléfono. Lo oigo suave y lejano casi entre sueños, con el sabor balsámico de Jai tatuado en mis labios. De repente un mensaje en mi móvil, retumba en la mesilla y rompe el hechizo. De manera instintiva, cojo el teléfono y miro la pantalla que nos enfoca directa a los ojos: su vuelo con destino a Madrid se retrasa hasta las 17.00 horas. Yo suspiro y Jai me pregunta sorprendido: -Ana, ¿qué es ese aviso?

Me quedo paralizada. No puedo contestar. He perdido treinta años de golpe y soy una niña al borde del abismo.

-¿Te vas, ahora?  Jai se incorpora y enciende la luz. Me mira y me apuñala con tristeza. Tercer grado asesino del hombre que amo.

-Déjame que te explique. Estaba confundida.

-No hay nada que explicar, Ana. Lárgate ya. El avión te espera. No te entiendo. Te he dicho que te quiero. Te he hablado de mis inseguridades, de mis secretos. Y tú te vas. Te ríes de mí, como Julia. Eres igual.  Y yo no quiero más locas en mi vida.

Luego se levanta y se viste. No me mira.  Oigo un portazo que retumba en mis oídos.

Me siento desnuda en la esquina de la cama. Jai no se merece una mujer como yo. Es demasiado bueno para mí. Mi padre tenía razón.

Recojo mis cosas. No tengo nada. Ni siquiera lágrimas. Suena “Every time we say goodbye”.

Adiós, Jai.

BSO:  Every Time We Say Goodbye por Chet Baker

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Vino para dos. Capítulo 16

Jai besa con dulzura mis labios y oigo caer un ladrillo de mi muralla. Luego llama a un taxi que nos lleva directo al 1085 de Mission Street. Ha oscurecido desde que bajé a la calle y las luces de la ciudad golpean los cristales del coche. Me derrumbo sobre mis stilettos negros  pero quiero disfrutar de mi primera y última noche en San Francisco. Como si mañana fuera a estrellarme en el avión de regreso a casa. Ahora me pregunto si he hecho bien comprando el billete a Tenerife. Soy un hámster dando vueltas en círculos. Una carpa roja en una pecera dorada. Me agota ser yo misma y  escuchar mis inseguridades. Y encima, después de estar tocando la trompeta en la casa de Jai, vuelven a acosarme los pensamientos sobre mi padre. Su necesidad de que siempre fuese la niña perfecta me martiriza y acompleja. Stop, stop, stop…Para, Ana.

El restaurante Kurosawa está en una antigua academia de idiomas. En la puerta de cristal nos recibe el chef que abraza a mi acompañante y me saluda con rostro amable. Es un tipo curioso: un japonés altísimo vestido de samurái que, según me cuenta Jai,  dirige un programa de cocina en la NBC y al que conoce desde sus comienzos. Después de entrar, cruzamos un pasillo estrecho donde la gente cena sentada en pupitres negros iluminados con velas y llegamos a una pequeña salita apartada.

-Para ti el despacho del director, amigo.  Te he echado de menos, le dice el japonés a Jai mientras nos acomoda en una mesita a ras del suelo. Luego enciende  una radio antigua donde suena Coltrane y promete molestarnos sólo para traer el vino y el menú degustación.

Con una copa en la mano derecha  y los palillos en la izquierda, pasados veinte minutos, asalto a mi americano insondable. Tengo las armas adecuadas. Un tartar de atún picante y unos makis de foie nos contemplan expectantes. Él me está hablando entusiasmado de las bodegas de su padrastro en Napa y yo le interrumpo con ojos de sashimi: crudos y fríos. -¿Tú me quieres?

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Fotografía de Noemi Martin.

Jai me mira sorprendido y deja el vino sobre la mesa. Suspira. – ¿Te acuerdas de lo primero que te dije cuando nos conocimos, Ana? Yo me quedo callada. Ese día estaba tan nerviosa que no oí sus palabras. -Yo lo recuerdo perfectamente,  añade: “Me he tomado la libertad de pedir la cena. Después de catorce semanas mirándote a escondidas mientras comes y sueñas, creo que sé lo que te gusta”. Sonrío nerviosa con su respuesta y él coge mi mano. -Pues sí, Ana. Tú pensabas que ibas a verme a mí y yo esperaba cada viernes para encontrarte en la distancia, como un náufrago divisando un faro entre la calima. Y te observaba con tu copa como un cachorro indefenso. Tan indefenso como yo, Jai el valiente. Y, ¿sabes una cosa?: “Quería convertirme en queso para ser devorado con avidez y deseaba ser vino para deslizarme por tu boca. Y colarme en tu interior y ver qué pensabas y cómo sentías. Y tantos y…”

No puedo evitarlo. Estoy temblando y lloro. Los suyos son mis pensamientos cuando le observaba a través de la cristalera nuestros viernes junto al Atlántico. Mis lágrimas no son gotas  finas. Son cuarzos sin labrar a la deriva que caen estruendosos sobre la mesa de bambú. Lloro de felicidad, de incredulidad, de estupidez.  Lloro y Jai pone su copa bajo mis ojos, sonriendo con los suyos: – “agua de lluvia, malvasía puro. Pues claro que te quiero”.

Cuando terminamos de cenar, nos despedimos del “chef samurái”  y tomamos un taxi hacia Sausalito, una población al otro lado del Golden Gate. Vamos a un concierto de jazz en uno de los  locales donde solía actuar Claudia. Por el camino, Jai me susurra al oído que después de tanto tiempo se siente fuerte, que conmigo a su lado se atreve a todo. Que ya no tiene que aparentar lo que no es. Mientras él se confiesa sin reservas, yo me siento una mentirosa patética.

La noche es preciosa y el Puente parece un brazalete de oro sobre la Bahía. Hace tiempo que no veo una imagen tan bonita. El bar de Sausalito está lleno pero podemos entrar sin problemas. Jai conoce a todo el mundo y todos se sorprenden gratamente al encontrarle de nuevo en la ciudad. Le veo feliz.

Después de pasar por la barra, nos sentamos junto al escenario. Hay dos taburetes libres para nosotros. Un grupo versiona “Summertime”. La voz de la cantante se parece muchísimo a la de Sarah Vaughan y me emociono. Jai me abraza. Siento su olor y sus manos fuertes cuidándome. Tal vez sea cierto que me ama. Yo aún no le he dicho que mañana regreso a Tenerife porque, una vez más, sentí  que perdía  el control de mi vida y tuve miedo. Vuelvo a casa porque soy una estúpida. Me voy porque sigo sin creer que un hombre como Jai pueda estar enamorado de mí y no quiero sufrir. Esta historia tiene que empezar o acabar ya.

BSO : Summertime por Sarah Vaughan

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

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