Miguel Agustín Torres ha presentado su libro ‘Una vida entre viñedos’, publicado por Editorial Planeta. En esta obra, una de las grandes figuras del mundo del vino repasa sus memorias y recorre su trayectoria entre viñas y bodegas, ofreciendo un testimonio singular sobre la profunda transformación del sector vitivinícola en España y en el resto del mundo. ‘Una vida entre viñedos’ ofrece al lector, al mismo tiempo, la historia de una empresa familiar y la crónica de una época de cambios decisivos para el vino español.

Con una escritura muy cercana y reflexiva, Miguel A. Torres comparte su trayectoria desde los primeros recuerdos familiares en Vilafranca del Penedès, su formación en la Universidad de Barcelona y la Universidad de Dijon, su incorporación temprana a la bodega familiar y el proceso de modernización que llevó a Familia Torres a convertirse en un referente internacional en innovación enológica, recuperación de variedades autóctonas y sostenibilidad ambiental.
Miguel A. Torres explica que “Tuve la suerte de nacer en una familia dedicada al vino desde hacía varias generaciones. Con estas memorias he querido compartir no solo la historia de nuestra bodega, sino también el amor por la viña, la responsabilidad con el futuro del planeta y la convicción de que el vino, disfrutado con moderación y ligado a la gastronomía, enriquece la vida y las relaciones humanas. Todo este camino no habría sido posible sin mi mujer Waltraud, cuyo apoyo y complicidad han sido fundamentales; por eso este libro está dedicado a ella”.
En el prólogo del libro, Pedro Ballesteros, Master of Wine, comenta que “Estas memorias son necesariamente incompletas. Miguel no lo ha contado todo, ni tampoco lo ha hecho todo. Su mente prodigiosa aún le depara numerosas decisiones por tomar y nuevas ideas por concebir”.
«Miguel A. Torres nos ofrece en sus memorias la crónica precisa de un período en el que todo cambió en el sector del vino español. Y él fue vector e inspiración de muchos de esos cambios. Cambios radicales, que hoy se han convertido, como cualquier buen cambio, en algo que nos parece habitual, obvio. Por ejemplo, Miguel convirtió una empresa de negociantes de vino en uno de los mayores emporios vitícolas de España. Esto es, hoy por hoy, bastante común, solo hay que observar la política de adquisición masiva de viñedos por parte de la mayoría de las grandes empresas vinícolas españolas.
En la década de 1970, sin embargo, aquello significaba un cambio brutal de paradigma, con implicaciones sobre la estructura de costes que estaban lejos de resultar evidentes. Sustituir un modelo construido sobre el corto plazo y el patrimonio inmobiliario por un sistema en que la propiedad agrícola, con su necesidad por el largo plazo y sus márgenes estrechos, fuera predominante, era un desafío de primer orden.
Miguel lo llevó a cabo, contra viento y marea, probablemente no por necesidad empresarial, sino por convicción intelectual. No lo hizo ni desde la inspiración ni desde la moda, sino desde laformación y la racionalidad. Le costó paciencia y esfuerzo hacerlo, incluso dolor. Sacó su primer gran viñedo casi por arte de magia, de un pedazo de tierra al lado de casa: Mas la Plana, que a la postre le daría reconocimiento mundial, aunque entonces bajo otro nombre —Gran Coronas Etiqueta Negra—, porque en aquella época lo de mas sonaba demasiado rústico.
Algún día, alguien dirá que lo hizo porque ¡qué terruño hay más grande que el de la infancia! Porahora, quedémonos con algo que, bien pensado, es aún mejor: supo aprovechar lo que tenía. Me gusta la lección que Miguel da a los fundamentalistas del terroir de último minuto, a esos fatalistas que se llenan la boca de placas tectónicas y océanos extintos, pretendiendo que el vino lo dicta una naturaleza a la que llaman madre, aunque luego aleguen que se porta como un padrastro arbitrario, decidiendo, por encima de cualquier capacidad humana qué es bueno y qué no lo es.
Miguel siempre ha entendido el vino como lo que tiene que ser para alguien que lo produce: un negocio. Bajo esta perspectiva, ha sido y es un visionario de tendencias, tanto presentes como futuras. Plantó sus cabernets, en los años sesenta, tanto por amor a su país de formación, Francia, como porque España vivía el punto más intenso de su secular complejo de inferioridad frente al país vecino. Bastantes años después, en los ochenta, aún aún se enseñaba en la universidad que nuestras variedades ¡cómo no!el tempranillo, la «niña bonita») eran de calidad inferior a las francesas, y que lo mejor que podíamos hacer era arrancarlas. El caso es que esas variedades, bien tratadas, puedendar vinos excelentes, y Miguel puede estar orgulloso de sus Mas La Plana, Fransola, Milmanda y, mi favorito, Reserva Real. También fue innovador en implantar algo que hoy resulta universal: el control de las temperaturas. Su Viña Sol es hijo tanto del frío de los depósitos como del calor de los viñedos del Penedès. Francia, siempre Francia, marcó su segunda gran innovación personal y visionaria: la recuperación de cepas autóctonas catalanas. Un proceso larguísimo, con bajas probabilidades de éxito, que, sin embargo, cuarenta años después, ha dado como resultado vinos excelentes, como los de forcada, querol y moneu, por ejemplo. Aunque esto resulta casi secundario frente al gran impacto que ha tenido en el ámbito catalán y nacional. Hoy or hoy, administraciones regionales castellanas, valencianas, andaluzas, gallegas y riojanas dedican ilusión y esfuerzos a la recuperación de sus propias variedades. Pero no existe en España ninguna bodega que pueda competir con Torres en méritos de investigación y recuperación del patrimonio genético autóctono de sus viñas. Como ya ocurría en la década de 1980, Torres sigue siendo un pionero en este campo.
Y llegamos a su, por ahora, última gran innovación, a la más reciente expresión de su visión de futuro. Hablo de su liderazgo en el sector en la lucha contra el cambio climático. Hablo también de lo que probablemente sea su primera derrota: que el cambio climático ya está entre nosotros, con su bagaje de muerte y miseria, que es, al final, lo que más cuenta. Escribo bajo el impacto de las recientes gotas frías en Valencia; bajo la incapacidad colectiva para proponer respuestas sensatas a una inmigración provocada por hambrunas inéditas; bajo la pena de ver morir lentamente viñedos clásicos españoles, vencidos por una sequía que ya no es un accidente, sino parte del clima.
Miguel se ha dejado la garganta reclamando que nuestro sector reaccionara. Le ha costado — soy testigo directo— muchos esfuerzos y no pocos disgustos. Pero lo ha conseguido. International Wineries for Climate Action, su iniciativa de mitigación basada en la reducción de emisiones, creada hace cinco años junto a Jackson Family Wines, en California, no para de atraer a nuevas bodegas. Además, se trata de una iniciativa global, gracias al hermanamiento con bodegas estadounidenses. En solitario no detendremos el cambio climático: somos demasiado pequeños. Pero sí podemos asumir nuestra contribución al esfuerzo colectivo y situarnos en una mejor posición para exigir a los Estados y a las grandes corporaciones que cumplan con su deber hacia la humanidad.
Porque de eso se trata, no de pretender salvar un planeta que seguirá perfectamente bien el día que ya no estemos, por si aún quedaba alguna duda».
«Tuve la suerte de nacer en una familia dedicada al vino desde hacía varias generaciones. Muchos años después, en la Universidad de Borgoña, en Dijon, en las clases del profesor Jacques Bergeret, fui descubriendo mi verdadera pasión por el vino. Descubrir el encanto de la viña en flor y los sutiles aromas que emanan de los viñedos. Ver los racimos colorearse durante el envero y, más tarde, tras la vendimia, cómo el mosto llega, milagrosamente, a convertirse en vino. Un vino destinado a presidir nuestras mesas y a hacer más placenteras nuestras vidas. Todavía hay quienes pretenden incluir el vino en la categoría de los alcoholes, se equivocan. Queremos que el vino se consuma siempre con moderación y acompañando los alimentos, de manera que pueda ser asimilada de forma natural a lo largo de las horas siguientes. De este modo, enriquece la gastronomía, facilita las relaciones y aporta una sana felicidad. Quien nos dedicamos a la vid y al vino también nos sentimos afortunados de poder transmitir este mensaje a tanta gente en todo el mundo”.
EL ORIGEN DE LAS PRIMERAS GRANDES MARCAS DE LA FAMILIA
Si la marca Coronas ya existía desde tiempos del abuelo Juan, fue mi padre quien fue creando as grandes marcas tradicionales de la casa. Así nacieron Viña Sol —ya mencionad anteriormente—, pero también el rosado De Casta y, sobre todo, la más importante de todas, Sangre de Toro. Los brandis Torres 5 y Torres 10 existían ya desde la década de 1940, pero mi padre creó después el Fontenac y el Hors d’Age, que hoy se conoce como Torres 20.
El Hors d’Age consiguió ser prácticamente idéntico a los buenos cognacs de la época. A principio, me encargaba personalmente de la destilación de los vinos, utilizando un pequeño alambique de seiscientos litros en la destilería de Vilafranca. Para la crianza del brandy trajimos barricas de roble de Tronçais y Limousin, las mismas variedades que utilizaban los más reputados cognacs. Con el paso de los años y con la ayuda de la familia Maresté, se alcanzó finalmente una calidad extraordinaria, que comparábamos a ciegas —y con legítimo orgullo— con la de sus homólogos franceses.
LOS PRIMEROS VINOS TINTOS DE ELABORACIÓN PROPIA
En paralelo a la mejora de los vinos blancos, empezamos también a elaborar vinos tintos. En lugar de adquirir vinos elaborados a cooperativas o almacenistas, optamos por comprar uva seleccionada de cariñena, tempranillo y garnacha.
Sin embargo, nos encontramos con un problema importante: entre los viticultores estaba muy arraigada una cultura productiva orientada al vino espumoso que más tarde se denominaría “cava” Estaban acostumbrados a trabajar con rendimientos de 10.000 kilos por hectárea, o incluso más, y aplicaban esos mismos criterios a las cepas tintas. Costó mucho tiempo convencerlos de que era necesario reducir la producción y que, para compensar esa menor cantidad, les pagaríamos un precio más alto por la uva.
Recuerdo especialmente un día en que visité a un viticultor no lejos de Vilafranca. Tras recorrer el viñedo, ya en su casa, pude explicarle nuestros criterios, y tanto el padre como el hijo parecían estar de acuerdo. Inicié entonces el camino de regreso, pero al darme cuenta de que había olvidado allí una libreta con mis anotaciones, volví apresuradamente. Al entrar de nuevo en la casa pude oír como el padre le decía al hijo: «¡No hagas caso de lo que dice Torres! Tenemos que seguir llevando el viñedo como siempre».
Los vinos tintos también mejoraron mucho cuando empezamos a elaborarlos en nuestra bodega, especialmente tras la inauguración, a principios de la década de 1970, de la primera bodega en Pacs. En pocos años pasamos así de adquirir vinos ya elaborados a producirlos íntegramente en nuestras propias instalaciones.
Miguel A. Torres nos ofrece la crónica precisa de un período en el que todo cambió en el sector del vino español. Torres sigue siendo un pionero en este campo: en innovación enológica, en recuperación de variedades ancestrales y en sostenibilidad ambiental
Con los años, el portfolio de vinos de la casa fue ampliándose: el San Valentín llegó en la década de 1960 y, en 1976, se añadió el Viña Esmeralda, un vino blanco y aromático que obtuvo un gran éxito de inmediato… y que, además, había sido fruto del azar. Cada año, antes de la vendimia, como hacía cualquier enólogo de la época, tenía que elaborar un «pie de cuba», es decir, unmosto en fermentación con una alta presencia de levaduras. Para tal fin, recurría a la uva moscatel de un parrón situado en un patio de la calle Sarriera de Vilafranca —¡que todavía existe!—. La moscatel madura siempre unas cuantas semanas antes que el resto de las uvas; por ello, regularmente prensábamos unos cuantos kilos en el laboratorio. Había observado que el vino resultante presentaba sistemáticamente un aroma muy interesante, con toda la frutal tipicidad de esa cepa. Así que me decidí a hacer una prueba en el mercado, adquiriendo uva moscatel de la zona de Sitges.
Fueron apenas unos 15.000 kilos, con los que elaboramos entre once mil y doce mil botellas, que estuvieron listas a finales de ese mismo año. Se enviaron muestras a algunos representantes de la casa y, para nuestra sorpresa, en pocos días se agotaron las existencias.
Y mientras tanto, incentivamos al máximo a los viticultores catalanes que conocíamos para que cultivaran moscatel de Alejandría o moscatel de grano pequeño, garantizándoles la compra de sus futuras producciones y asegurándoles así el mayor interés posible. Gracias a ello, año tras año pudimos incrementar la oferta de Viña Esmeralda, un vino que había conseguido seducir a parejas de todas las edades con su glamur.
En más de una ocasión escuché a algún matrimonio asegurarme que se había prometido gracias a este vino. Todavía hoy, transcurridos tantos años, Viña Esmeralda continúa proporcionando placer a todos aquellos que lo disfrutan y facilitando encuentros y relaciones.
La bodega Waltraud
Durante mucho tiempo, la visita a nuestra casa solía dejar a nuestros visitantes algo desencantados. Y es que la bodega de Pacs no era más que una vasta extensión de cubas de acero inoxidable —unas 1.000 aproximadamente—, y no se entendía que en aquellas instalaciones tan funcionales pudieran elaborarse grandes vinos.
Por este motivo, en 2006 decidimos iniciar las obras de una nueva bodega, concebida para adaptarse al desafío del cambio climático, completamente subterránea y con un diseño armónico y prestigioso que cuidó personalmente Waltraud, dirigido con gran acierto por el arquitecto Javier Barba.
La primera fase se inauguró en 2008 y, en los años posteriores, se fueron completando las instalaciones, donde hoy se elaboran y envejecen algunos de nuestros mejores vinos, como Milmanda, Fransola, Mas la Plana, Grans Muradles y Reserva Real, entre otros.
Más información en la web de Familia Torres y sobre el libro de Memorias
Y en la editorial Planeta Gastro