Cuaderno de Arte Moderno. Una visión lúdica

«¡Este no es un libro cualquiera sobre arte!»

Sobre esta rotunda afirmación impresa en la portada de este libro, Editorial Mediterrània en colaboración con la TATE Publishing publica Cuaderno de Arte Moderno, la última obra de la escritora, ilustradora y editora de arte Mary Richards.

Cuaderno de Arte Moderno supone un viaje por algunas de las personalidades artísticas más transgresoras, vanguardistas y originales surgidas en el siglo XX. Para ello, la autora invita al lector a dejarse llevar, a experimentar con los sentidos, con la creatividad, y a interactuar de manera que, por unos instantes se sienta en la piel del propio artista. Y no solo eso, ya que la reflexión está presente en buena parte de las actividades, divertidas y entretenidas, que presenta Richards.

Cuaderno de Arte Moderno

Cuaderno de Arte Moderno

 

Con un acabado visualmente atractivo (colores, combinaciones de tipografías, ilustraciones…) limpio y cómodo para el lector, se convertirá en un apasionante juego en el que cualquiera, desde niños hasta adultos, podrá participar.

El libro se estructura en dieciséis capítulos, dieciséis autores que, ordenados de forma cronológica, son presentados con una cita, seguida de una ligera nota biográfica para continuar con los aspectos más característicos de su obra, acabando con una propuesta de «ejercicios» en los que prima la libertad a la hora de su realización. Es decir, no importa la respuesta, nadie la va a corregir, puesto que serán fruto de la creatividad de cada uno. De aquí que sea un libro que se preste a ser coescrito, rayado y coloreado sin ningún tipo de piedad y es que la creatividad no está hecha para ser piadosa.

Cuaderno de Arte Moderno

Cuaderno de Arte Moderno

 

Paul Klee, Pablo Picasso, Marcel Duchamp, René Magritte, Joseph Cornell, Frida Kahlo, Louise Bourgeois, Andy Warhol, Yayoi Kusama, Bridget Riley, Paula Rego, David Hockney, Ed Ruscha, Cindy Sherman, Rachel Whiteread, y Damien Hirst, serán los encargados de dar las pautas para que el lector deje volar su imaginación, se evada y, durante unos minutos, pueda formar parte del grupo surrealista parisino, comprobar que su casa es un verdadero museo de readymades, o sentirse en la mismísima The Factory acompañado de Jagger y Bardot antes de ir a tomar unas copas y bailar en la mítica discoteca neoyorquina Studio 54.

Cuaderno de Arte Moderno es más que un libro, es una alternativa para introducir al lector en el mundo del arte de una forma amena, huyendo del tedio y de la seriedad que para algunos pueda suponer el adentrarse en algo tan necesario hoy en día como es el arte moderno.

Así pues, ¿quién se anima a retratar a su mejor amigo con los ojos cerrados?

BSO Music For A Found Harmonium de la Penguin Cafe Orchestra

© 2018 Aarón González. All rights reserved.

 

 

Vino para dos. Capítulo 10

Era tarde para decidir un nuevo destino. Las ostras y el vino blanco, aderezados con las confesiones de Jai sobre Claudia y Julia, habían hecho estragos en nuestra voluntad. Después de escucharlas, a mi lo único que me apetecía era besarle y sentirle aún más. No quería juzgar su reacción. El pasado era de su propiedad. Así que me propuse pensar solamente en caso de extrema urgencia. Ahora estábamos en un lugar de cuento y el atardecer invitaba a la felicidad. Aceptamos su propuesta: pasaríamos una velada más en Dubrovnik. Seguimos recorriendo sus calles de piedra y al anochecer encontramos un lugar precioso donde cenar y escuchar jazz, nuestro habitual compañero de viaje. Estaba claro que éramos almas musicales. No podíamos vivir sin la compañía de un puñado de notas revoloteando a nuestro alrededor. Tampoco sin olores suculentos o sabores nuevos. Gozábamos poniendo en marcha todos los sentidos. El del tacto tampoco se nos daba mal. Sobre todo bajo las sábanas.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Después de pararnos unos minutos en la Plaza del Reloj para disfrutar de un músico callejero que cantaba “What a wonderful world“, se despertaron algunas neuronas y planeamos seguir viendo el maravilloso mundo que nos rodeaba. Alquilaríamos un coche para visitar la costa croata en unos días, parando donde nos apeteciera. Terminaríamos el camino en la ciudad de Pula al norte del país. Después, volveríamos a Tenerife. O tal vez no. Los dos habíamos decidido vivir el momento. El sin esperar nada a cambio. Yo poniendo una instancia a la luna.

Tenía días libres para embarcarme en esta locura sensorial. No los había utilizado en todo el año. Así que le envié un mensaje a Nora para  decirle que todo estaba bien y que no aceptara ninguna nueva cita en el gabinete psicológico. También llamé a mi madre para contarle la aventura que había comenzado. A pesar de que me acercaba vertiginosamente a los cuarenta, me trataba como una niña ingenua. -Ten cuidado Ana. Al final siempre acabas llorando. Aunque en algunos momentos me acechaban las dudas, estaba segura de que esta vez mi madre y sus malos augurios se equivocaban. O no. Quizá Jai era un embaucador.  A fin de cuentas tampoco sabía demasiado de sus asuntos, sólo lo que  él me había querido proporcionar a cuentagotas. Después de soportar infidelidades, maltrato psicológico, celos y abandono, tenía archivado en mi corazón el catálogo entero del sufrimiento sentimental. Pero Jai era diferente. Olía a vida en estado puro, a mundo por conocer. Me encantaban sus manos y el tacto de su piel. Adoraba su voz, los países de los que me hablaba, la pasión que ponía al hacer el amor y sus ojos chispeantes al terminar. Me hacía recordar una frase de Frida Kahlo: “escoge un amante que te mire como si quizás fueras magia”.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Así que decidí ignorar las profecías de mi madre. Y entre miradas mágicas, calas desiertas, ciudades medievales y copas de vino istriano pasaron los días en Croacia. Sin pausa: como un vendaval de emociones. A veces descubría a un Jai pensativo, otras a un amante apasionado. En ocasiones a un hombre serio y discreto. También a un tipo con un sentido del humor hilarante.

Ya estábamos en el aeropuerto rumbo a Tenerife cuando Jai, que había desaparecido unos minutos después de que sonara su móvil, se dirigió con el rostro descompuesto hacia mí. Su tono sonó extraño, triste y contundente. -No puedo volver a Tenerife ahora, Ana. Julia me acaba de llamar.  Me voy a San Francisco.

BSO: What a wonderful world  de Louis Armstrong.

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 4

 

El ascensor tardó menos de medio minuto en llegar al último piso. Los treinta segundos del trayecto hasta el ático de Jai se convirtieron en mi ascenso particular al Annapurna. Me faltaba el oxígeno y el pulso enloquecía. No había vuelta atrás y me sentía una mezcla entre Frida Kalho, Evita Perón y un galgo desvalido.   

Cuando llegué a mi destino me recibió una sonrisa inmaculada y un beso en la mejilla. El rellano olía a romero, almendra molida y miel de palma. El cuello de Jai a una delicada mezcla de sándalo y nuez moscada. Se había dejado una barba tenue y vestía camiseta blanca y vaqueros oscuros. Andaba descalzo sobre el parqué de madera y como en un hogar japonés me invitó a dejar las sandalias de tacón en la entrada. Yo me había quitado mi habitual coleta y tenía los labios pintados de color granate. Llevaba un vestido de florecitas con escote sutil, un chal de hilo y mi pulsera de olivina y coral.  

El apartamento era pequeño pero desde la puerta se divisaba una deliciosa terraza con vistas al mar y una mesita con velas. Mi hombre solitario me dio la bienvenida y puso una copa de vino brillante y afrutado en mis manos. Brindamos por la noche que comenzaba mientras de fondo sonaba “When you´re smiling” con la voz ronca de Louis Armstrong. 

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Fotografía de Noemi Martin

Bastaron dos tragos y el aroma a flores frescas de aquel vino transparente para empezar a relajarme y disfrutar de la cena. Jai había preparado una fusión espectacular en la que combinaba queso de cabra con miel y frutos secos, una crema de berenjenas y comino, ensalada con mango y aguacate y un exquisito pescado a la sal. De postre: helado de plátano con canela y chocolate caliente. No podía pedir más. 

Cuando nos sentamos, fui directa. Le pregunté sin dilación de dónde  venía y cuándo había llegado a Tenerife. El viernes anterior, en nuestra terraza, habíamos hablado de muchas cosas pero sin dar detalles personales. Ya era hora de empezar a desvelar secretos. Es una historia larga pero no tengo problema en contártela poco a poco. Hoy me tomo la noche libre, me dijo.Yo también quiero saber de ti.  

La velada me regaló un tinto joven, un malvasía espumoso y algunas confidencias que empezaron a trazar la figura de mi anfitrión. La primera de ellas tenía que ver con el origen de su nombre que sorpresivamente significaba “vida” en hebreo. Jai había nacido en Argentina pero sus abuelos procedían del Berlín nazi del que habían escapado en los años treinta. Más tarde, su madre había emigrado de Buenos Aires a Estados Unidos llevando a Jai consigo, justo antes de que estallara la dictadura del setenta y seis. Ahora, le tocaba a él huir. Por eso, llevaba dos años deshaciendo maletas y ya cansado de recorrer el mundo a solas, había decidido parar y refugiarse en la Isla durante un tiempo.

Mientras tomábamos un espresso frente al Atlántico, me confesó que se había percatado de mi presencia desde el primer día que coincidimos y que unas semanas más tarde, uno de los camareros al que había dejado la tarjeta de crédito para pagar, le había revelado mi nombre, después de insistir mucho. Nos reímos a carcajadas cuando me dijo que era idéntica a una de sus actrices favoritas -Jennifer Jones- y yo le conté que cada vez que le miraba, me acordaba de Gregory Peck. Así que prometimos ver juntos “Duelo al sol” y seguir compartiendo vinos y enigmas.

La noche avanzaba. Empezaba a correr un poco de brisa y le pedí a Jai que me trajera el chal. Me sentía afortunada pero tenía miedo de ser la protagonista de una película con final cruel, como me pasaba siempre. Tantos libros de psicología y tantos consejos a los demás para que mis temores comenzaran a perseguirme otra vez. Quería salir corriendo. Miré hacia la puerta y ahí estaba él con mi pañuelo y su sonrisa nítida. Vino hacia mí. En su precioso tocadiscos antiguo había puesto “Lover Man” y Billie Holiday la cantaba para nosotros.     

Bso de este post Lover Man tema de Billie Holiday

© 2015 Noemi Martin. Todos los derechos reservados    

 

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