La Hora del Planeta

El Auditorio de Tenerife apaga sus luces. Lo veo desde la ventana. Son las ocho y media. Enciendo tres velas y me siento en la cama con una libreta y un bolígrafo. Tengo sesenta minutos para escribir este post: es la Hora del Planeta. Durante una hora no hay luz, ni móvil, ni televisión. Todo está en off.

Imagino la vida sin electricidad y en vez de estresarme siento una enorme placidez. Supongo que es momentánea. Reflexiono sobre los cambios tan desproporcionados que se han sucedido en las últimas décadas. Pienso en como era la vida que me han contado mis abuelos y mis padres y como es la mía. Como era la Tierra hace unas pocas décadas y como es ahora. Y siento una increíble pena. La Hora del Planeta no sólo implica apagar la luz durante sesenta minutos una vez al año. Supone hacer un ejercicio real de reflexión para concluir que los seres humanos somos la especie más evolucionada y egoísta que ha posado sus pies sobre este hermoso lugar que habitamos.  Bajo la luz tenue de las velas, el pesimismo me atrapa. Tanto egocentrismo y al final nos estamos suicidando. ¿De verdad necesitamos tanto?

Respiro de nuevo y visualizo a mi madre con su velita y su cuaderno hace sesenta años. Como yo estoy ahora. Sonrío. No estaría mal escaparse una temporada al pasado. Una casa pequeña cerca de la playa, velas, libros, cuadernos y alguna que otra botellita de vino. Y mi chico y mi perra. Sin móvil, sin noticias tristes, sin cosas y sentimientos inútiles. Sirviendo zumos naturales en un chiringuito (es que la cerveza no me gusta). Ciertamente sería muy hedonista  seguir celebrando la Hora del Planeta durante tres o cuatro meses. O el resto de la vida.

Vuelvo al presente. A los plásticos, a la contaminación,  al consumismo atropellado. Al ruido invadiéndolo todo. Como siempre recuerda Papu, uno de mis maestros de meditación, las mejores cosas de la existencia: abrazar, sonreír, bailar…son gratis. Y además no dañan el Planeta.

Acaricio a mi perra que me mira en la penumbra. Ya casi ha pasado una hora. No sé si levantarme para pasar este texto al ordenador o comprarme una caña de pescar y largarme desde ya a mi casita de la playa. ¿Alguien se apunta?

(Escuchando Colores en el viento)

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