Vino para dos. Capítulo 17

Fin de la actuación en Sausal­i­to. Jai se despi­de de los dueños del “Chico & Rita” y ponemos rum­bo al aparta­men­to. Es la una de la mañana cuan­do el taxi cruza de nue­vo el Gold­en Gate. Com­bustible en las arte­rias, lava calen­tan­do mi alma. Es lo que tiene la músi­ca. El can­san­cio se ha esfu­ma­do. Adiós jet lag.

Mien­tras atrav­es­amos la ciu­dad, pien­so en las cosas increíbles que han ocur­ri­do en las últi­mas vein­tic­u­a­tro horas. Puro real­is­mo mági­co. Impro­visan­do con cada inspiración, como en un concier­to de jazz. La lla­ma­da a Jai, el vue­lo de Croa­cia a San Fran­cis­co, mi encuen­tro con Julia, la cena japone­sa en el Kuro­sawa, sus pal­abras, mis lágri­mas, la rec­on­cil­iación de Jai y su her­mana Clau­dia… Después de todo esto, imag­i­no que los uni­cornios azules real­mente exis­ten. Tal vez el amor ver­dadero. Y las mujeres-tio­vi­vo como yo, que le dan vuelta a los sen­timien­tos cien mil veces.

Al lle­gar al dúplex en Mari­na, subi­mos las escaleras lenta­mente. El ascen­sor no fun­ciona. Yo voy delante y Jai me empu­ja mien­tras aprovecha para acari­cia­rme. Cuan­do la puer­ta se abre, vuelve el olor a vainil­la que llena la casa. Es el fan­tas­ma de Julia que me atraviesa, ¿el pasa­do que todo lo invade? ¿Estoy segu­ra de que no es el pre­sente o el futuro? A fin de cuen­tas, dos años después siguen casa­dos. Tal vez Jai esper­a­ba reen­con­trarse con ella algún día y solu­cionarlo todo. De repente, me per­ca­to de que han desa­pare­ci­do sus fotos del salón. Supon­go que él las ha quita­do para no inco­modarme, aunque no sé en qué momento.

Nos besamos son­rien­do entre los cojines del sil­lón rojo. En la coci­na. En el pasil­lo. Atrav­es­amos sin miedo las vías del tren que lle­van al dor­mi­to­rio. Pon­go a mi ami­go Chet Bak­er en el móvil y lo dejo sonan­do en la mesil­la, jun­to a la cama. Quiero que esté con nosotros esta noche, una vez más. Trío con­sen­ti­do. Tor­men­toso Chet, casi tan­to como yo.

Cuan­do Jai Ack­er­man se qui­ta la camisa y la deja sobre la sil­la, con­tem­p­lo de nue­vo sus pecas sobre los hom­bros: astros pequeños, hormi­gas, gra­nos de are­na de este a oeste… Sus bra­zos fuertes y suaves, su cin­tu­ra poéti­ca, sus pier­nas firmes. Mi vesti­do de seda cae sobre el par­qué y los tacones quedan a un lado mien­tras bail­am­os abraza­dos. La brisa del mar se cuela por la ven­tana y la luz de una faro­la ilu­mi­na su son­risa, noc­tilu­ca oceáni­ca. Después, dibu­ja suave­mente sobre mi espal­da. Como un mán­dala gigante, me col­orea con sus dedos tibios. Me can­ta al oído, me saborea, me bebe. Entre sor­bo y sor­bo, olvi­do que he deci­di­do mar­charme. Después, aparto de mis entrañas cansadas las pal­abras obsesi­vas de mi padre: “nun­ca eres lo sufi­cien­te­mente bue­na, Ani­ta. No tienes madera de ganado­ra, déjalo”.

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Fotografía de Noe­mi Martin.

Chet con­tinúa tocan­do en el altavoz de mi telé­fono. Lo oigo suave y lejano casi entre sueños, con el sabor bal­sámi­co de Jai tat­u­a­do en mis labios. De repente un men­saje en mi móvil, retum­ba en la mesil­la y rompe el hechizo. De man­era instin­ti­va, cojo el telé­fono y miro la pan­talla que nos enfo­ca direc­ta a los ojos: su vue­lo con des­ti­no a Madrid se retrasa has­ta las 17.00 horas. Yo sus­piro y Jai me pre­gun­ta sor­pren­di­do: ‑Ana, ¿qué es ese aviso?

Me que­do par­al­iza­da. No puedo con­tes­tar. He per­di­do trein­ta años de golpe y soy una niña al bor­de del abismo.

-¿Te vas, aho­ra?  Jai se incor­po­ra y enciende la luz. Me mira y me apuñala con tris­teza. Ter­cer gra­do asesino del hom­bre que amo.

-Déjame que te explique. Esta­ba confundida.

-No hay nada que explicar, Ana. Lár­gate ya. El avión te espera. No te entien­do. Te he dicho que te quiero. Te he habla­do de mis inse­guri­dades, de mis secre­tos. Y tú te vas. Te ríes de mí, como Julia. Eres igual.  Y yo no quiero más locas en mi vida.

Luego se lev­an­ta y se viste. No me mira.  Oigo un por­ta­zo que retum­ba en mis oídos.

Me sien­to desnu­da en la esquina de la cama. Jai no se merece una mujer como yo. Es demasi­a­do bueno para mí. Mi padre tenía razón.

Reco­jo mis cosas. No ten­go nada. Ni siquiera lágri­mas. Sue­na “Every time we say goodbye”.

Adiós, Jai.

BSO:  Every Time We Say Good­bye por Chet Baker

© 2016 Noe­mi Mar­tin. Todos los dere­chos reservados

Vino para dos. Capítulo 16

Jai besa con dulzu­ra mis labios y oigo caer un ladrillo de mi mural­la. Luego lla­ma a un taxi que nos lle­va direc­to al 1085 de Mis­sion Street. Ha oscure­ci­do des­de que bajé a la calle y las luces de la ciu­dad gol­pean los cristales del coche. Me der­rum­bo sobre mis stilet­tos negros  pero quiero dis­fru­tar de mi primera y últi­ma noche en San Fran­cis­co. Como si mañana fuera a estrel­larme en el avión de regre­so a casa. Aho­ra me pre­gun­to si he hecho bien com­pran­do el bil­lete a Tener­ife. Soy un hám­ster dan­do vueltas en cír­cu­los. Una carpa roja en una pecera dora­da. Me ago­ta ser yo mis­ma y  escuchar mis inse­guri­dades. Y enci­ma, después de estar tocan­do la trompe­ta en la casa de Jai, vuel­ven a acosarme los pen­samien­tos sobre mi padre. Su necesi­dad de que siem­pre fuese la niña per­fec­ta me mar­t­i­riza y acom­ple­ja. Stop, stop, stop…Para, Ana.

El restau­rante Kuro­sawa está en una antigua acad­e­mia de idiomas. En la puer­ta de cristal nos recibe el chef que abraza a mi acom­pañante y me salu­da con ros­tro amable. Es un tipo curioso: un japonés altísi­mo vesti­do de samurái que, según me cuen­ta Jai,  dirige un pro­gra­ma de coci­na en la NBC y al que conoce des­de sus comien­zos. Después de entrar, cruzamos un pasil­lo estre­cho donde la gente cena sen­ta­da en pupitres negros ilu­mi­na­dos con velas y lleg­amos a una pequeña sali­ta apartada.

-Para ti el despa­cho del direc­tor, ami­go.  Te he echa­do de menos, le dice el japonés a Jai mien­tras nos aco­mo­da en una mesi­ta a ras del sue­lo. Luego enciende  una radio antigua donde sue­na Coltrane y prom­ete molestarnos sólo para traer el vino y el menú degustación.

Con una copa en la mano derecha  y los palil­los en la izquier­da, pasa­dos veinte min­u­tos, asalto a mi amer­i­cano insond­able. Ten­go las armas ade­cuadas. Un tar­tar de atún picante y unos makis de foie nos con­tem­plan expec­tantes. Él me está hablan­do entu­si­as­ma­do de las bode­gas de su padras­tro en Napa y yo le inter­rumpo con ojos de sashi­mi: crudos y fríos. -¿Tú me quieres?

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Fotografía de Noe­mi Martin.

Jai me mira sor­pren­di­do y deja el vino sobre la mesa. Sus­pi­ra. — ¿Te acuer­das de lo primero que te dije cuan­do nos conoci­mos, Ana? Yo me que­do calla­da. Ese día esta­ba tan nerviosa que no oí sus pal­abras. ‑Yo lo recuer­do per­fec­ta­mente,  añade: “Me he toma­do la lib­er­tad de pedir la cena. Después de catorce sem­anas mirán­dote a escon­di­das mien­tras comes y sueñas, creo que sé lo que te gus­ta”. Son­río nerviosa con su respues­ta y él coge mi mano. ‑Pues sí, Ana. Tú pens­abas que ibas a verme a mí y yo esper­a­ba cada viernes para encon­trarte en la dis­tan­cia, como un náufra­go divisan­do un faro entre la cal­i­ma. Y te observ­a­ba con tu copa como un cachor­ro inde­fen­so. Tan inde­fen­so como yo, Jai el valiente. Y, ¿sabes una cosa?: “Quería con­ver­tirme en que­so para ser devo­ra­do con avidez y desea­ba ser vino para deslizarme por tu boca. Y colarme en tu inte­ri­or y ver qué pens­abas y cómo sen­tías. Y tan­tos y…”

No puedo evi­tar­lo. Estoy tem­b­lan­do y lloro. Los suyos son mis pen­samien­tos cuan­do le observ­a­ba a través de la cristalera nue­stros viernes jun­to al Atlán­ti­co. Mis lágri­mas no son gotas  finas. Son cuar­zos sin labrar a la deri­va que caen estru­en­dosos sobre la mesa de bam­bú. Lloro de feli­ci­dad, de incredul­i­dad, de estu­pid­ez.  Lloro y Jai pone su copa bajo mis ojos, son­rien­do con los suyos: — “agua de llu­via, mal­vasía puro. Pues claro que te quiero”.

Cuan­do ter­mi­namos de cenar, nos des­ped­i­mos del “chef samurái”  y tomamos un taxi hacia Sausal­i­to, una población al otro lado del Gold­en Gate. Vamos a un concier­to de jazz en uno de los  locales donde solía actu­ar Clau­dia. Por el camino, Jai me susurra al oído que después de tan­to tiem­po se siente fuerte, que con­mi­go a su lado se atreve a todo. Que ya no tiene que aparentar lo que no es. Mien­tras él se con­fiesa sin reser­vas, yo me sien­to una men­tirosa patética.

La noche es pre­ciosa y el Puente parece un braza­lete de oro sobre la Bahía. Hace tiem­po que no veo una ima­gen tan boni­ta. El bar de Sausal­i­to está lleno pero podemos entrar sin prob­le­mas. Jai conoce a todo el mun­do y todos se sor­pren­den grata­mente al encon­trar­le de nue­vo en la ciu­dad. Le veo feliz.

Después de pasar por la bar­ra, nos sen­ta­mos jun­to al esce­nario. Hay dos tabu­retes libres para nosotros. Un grupo ver­siona “Sum­mer­time”. La voz de la can­tante se parece muchísi­mo a la de Sarah Vaugh­an y me emo­ciono. Jai me abraza. Sien­to su olor y sus manos fuertes cuidán­dome. Tal vez sea cier­to que me ama. Yo aún no le he dicho que mañana regre­so a Tener­ife porque, una vez más, sen­tí  que perdía  el con­trol de mi vida y tuve miedo. Vuel­vo a casa porque soy una estúp­i­da. Me voy porque sigo sin creer que un hom­bre como Jai pue­da estar enam­ora­do de mí y no quiero sufrir. Esta his­to­ria tiene que empezar o acabar ya.

BSO : Sum­mer­time por Sarah Vaughan

© 2016 Noe­mi Mar­tin. Todos los dere­chos reservados

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