Universal Studios Hollywood de Los Ángeles

Personajes de la serie de dibujos animados Scooby-Doo

Personajes de la serie de dibujos animados Scooby-Doo

 

Este parque de atracciones de Los Ángeles, Universal Studios Hollywood, apto para todas las edades, se adentra en sus grandes éxitos cinematográficos y televisivos de ayer y de hoy, y nos invita a hacer un recorrido por los efectos especiales más curiosos y sorprendentes, así como por los escenarios y personajes que nos hicieron vibrar y emocionar, con su besos y abrazos y también a odiar a esos villanos que hay en todas las películas. Entradas adquiridas en la web de Musement, especializada en localizar actividades de España y de todo el mundo, para todos los públicos: museos y arte, monumentos y tours, espectáculos, enogastronomía, aventura, deporte y ocio nocturno, tanto cerca de nuestra residencia habitual como si estamos pensando ya en organizar nuestra próxima escapada de fin de semana o de vacaciones.

En el parque Universal Studios Hollywood cobran vida esos seres planos de dibujos animados o personajes de ficción que alimentan nuestra imaginación con sus aventuras más disparatadas, a veces, y otras más dramáticas, pero en cualquier caso siempre con la intención de impresionarnos y conmovernos.

Dos zonas diferenciadas. Upper Lot y Lower Lot. Separados por un gran desnivel del terreno con muchas actividades para adictos al cine más fantástico de «transformers» y de los animales del Jurásico en el Lower Lot.

El Upper Lot tiene sus espacios más familiares como los siguientes:

  • Los Minions, esas criaturas gamberras y traviesas, a veces con un ojo o dos, según sea el caso, que se pirran por las bananas, con su propio lenguaje que hace referencia a esta fruta, merecedores de su propio color (referencia 13-0851 TCX Minion Yellow)  en la biblia cromática Pantone (los Simpsons son más antiguos y no han conseguido ese honor) que buscan a su líder villano que los dirija. La atracción es una vertiginosa aventura de caídas libres virtuales entre el universo de estos amarillos personajes junto a Gru y su familia.
Los Minions

Los Minions

 

  • Walking Dead es un escalofriante paseo por un siniestro hospital en ruinas, donde las camillas y otros elementos clínicos acumulados en abandonados pasillos fúnebres con manchas recientes de sangre nos auguran un viaje que nos hará sentir sudores frío del quirófano más tétrico. Un hospital donde te arrepentirás de haber entrado … porque quizás no encuentres la salida.
  • El simpático, tierno y redondo oso Kung Fu Panda nos lleva en su barco particular por sus andanzas virtuales, a veces pasadas por agua y en este caso real, y tan refrescante como necesaria, donde se enfrentará a su eterno rival, pero con sus habilidades de artes marciales conseguirá vencerlo nuevamente.
Kung Fu Panda

Kung Fu Panda

 

  • La montaña rusa más estrambótica está en Krustyland, el parque de atracciones del imaginario Springfield, y que se dejará caer por las cuadriculadas calles de esta ciudad donde residen los personajes. también amarillos, de la peculiar como ácida familia de los Simpsons.
Springfield la ciudad de los Simpsons

Springfield, la ciudad de los Simpsons

 

  • Los efectos especiales más llamativos y el recorrido por los escenarios de cartón piedra en el tour por calles que reciben nombres como James Stewart, Nat King Cole o Steven Spielberg para finalmente entrar en los hangares habilitados para épicas peleas entre King Kong y dinosaurios, o el dantesco realismo de un terremoto en San Francisco.
Castillo de Hogwarts

Castillo de Hogwarts

 

Entradas a través de Musement líder en la venta de entradas por todo el mundo y para todo tipo de gustos. Web imprescindible para la organización del qué ver y hacer en nuestro próximo destino de ocio y/o vacacional, ya sea de corta o larga duración.

© 2019 José María Toro. All rights reserved

 

 

 

Llorando por esos mundos

Soy llorona. Lo confieso sin pudor. Me conmueve hasta una hormiga coja. Cosas de la vida. Supongo que por eso he derramado muchas lágrimas por esos mundos de dios. A veces me han emocionado paisajes memorables,  de esos que cortan la respiración y te hacen pensar que aún estás en la cama. En otras ocasiones, las personas  que habitaban esos lugares han sido la inspiración  de esos «hips, hips» épicos. Como quiera que sea, ahí van algunas de mis llantinas geográficas más imponentes. Que conste que hay unas cuantas más pero no quiero aburrirles demasiado con mis sollozos viajeros.

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Santa María Novella (Florencia) Fotografía de Noemi Martin

  1. Florencia: descubrí el famoso «síndrome de Stendhal» en el viaje del Instituto. Iba paseando alborotada por las calles de la ciudad toscana -circunstancia normal cuando tienes  diecisiete años y estás con tus amigos-  cuando me tropecé con la Iglesia de Santa María Novella en una esquina.  No pude evitarlo y me entró un telele de los grandes. El corazón a mil y alucinando con tanta belleza. Lagrimones por doquier y la cara de póquer de  mis compañeros. He repetido la visita a Florencia en dos ocasiones más y en las dos, el mismo «parraque». Quién sabe si en otra vida me hinché a pasta y pizza.
  1. San Gimignano: seguimos en Italia. Fue en alguna revista de viajes que descubrí este pueblecito medieval rodeado de murallas y viñedos. Estaba entre mis visitas pendientes desde hacía mucho tiempo. Hace unos meses pude conocerlo y no me decepcionó en absoluto. No sé si fue el vino que me había tomado momentos antes o la emoción atrapada en la garganta. Lo cierto es que al cruzar la  Puerta de San Giovanni con la maleta en la mano, llovía a mares entre mis pestañas.
  1. Puente de Brooklyn: atravesar el puente que une Nueva York con Brooklyn al anochecer es una experiencia memorable. Si lo haces un once de septiembre después de visitar la» Zona Cero», tu corazoncito seguro que toca en la puerta.
  1. Auschwitz: Sobran las palabras. Recorrer el mayor campo de exterminio nazi de la historia, deja sin aliento hasta al alma más áspera. Bello y terrible.
  1. Santiago de Chile: en esta ocasión las lágrimas fueron de alegría. Y de la buena. Conocer a mi amiga Paula tras más de una década de amistad cibernética hizo que me enamorara de esta ciudad encantadora y  de sus maravillosos habitantes.
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Perito Moreno. Fotografía de Noemi Martin

  1. Perito Moreno: en plena Patagonia, una masa de hielo blanca y brillante se cuela en tus neuronas. El guía había avisado: esta es la «curva de los suspiros». Al doblarla y descubrir uno de los glaciares más hermoso del planeta, es inevitable ponerse las gafas de sol y romper a llorar en silencio.
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El Faro del Fin del Mundo. Fotografía de Noemi Martin

  1. El Faro del Fin del Mundo: también en Argentina, perdido en un islote frente a las costas de Ushuaia, este pequeño y tímido faro deslumbra por su sencillez rotunda. Rodeado de focas y aves emerge del mar y hace temblar tus cimientos.
  1. Tokio: en la capital nipona lloré de cansancio después de veinte jornadas maratonianas sin apenas poder dormir. Pero sobre todo lloré con discreción el último día cuando nos despedimos de Ikuko Yamasaki. Mi primo y yo hicimos “couchsurfing” en su casa (en términos coloquiales quedarse de gorra donde te dejen) y cuando nos acompañó al metro rumbo al aeropuerto nos dijo adiós con un abrazo muy fuerte: una acción inesperada para el carácter japonés, poco dispuesto a mostrar afectos de manera tan evidente.
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Prisión de Alcatraz. San Francisco. Fotografía de Noemi Martin

  1. San Francisco: Sales cansadísima del avión y unos policías con cara de “pit bull” te retienen durante más de dos horas sin dar explicaciones. Al final te dejan ir con la cabeza gacha y después un agente hispano te cuenta que hay una fugitiva con tu nombre. Sí, también se llora un poquito de nervios y alivio cuando llegas sana y salva al hotel.
  1. Hollywood: Paseo de la fama. Entre las dos mil estrellas que lo pueblan, encuentro la de Michael Jackson. Me paro en seco, hago el «moonwalk», canto «Thriller» y, por supuesto, me emociono hasta las trancas.
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Gran Barrera de Coral (Australia) Fotografía de Noemi Martin

  1. Gran Barrera de Coral (Australia): sobrevolar en avioneta el mayor arrecife turquesa del planeta tiene miga. Sin gluten, por favor.  La mezcla de colores nubla los sentidos. Una experiencia deslumbradora que hay que tener antes de que el calentamiento global la haga imposible.
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Desayuno con vistas impagables en Cienfuegos (Cuba) Fotografía de Noemi Martin

  1. Cienfuegos (Cuba): Una ciudad preciosa y una habitación en una casita familiar junto al Caribe auténtico por treinta euros el día. Doña Dora, una cubana con muchos años que contaba historias reales mientras disfrutabas de los mejores desayunos del mundo en el embarcadero.  ¿Cómo no despedirse de ella y de su hogar con un abrazo cálido y lagrimitas en los ojos?
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Festival de Eurovisión 2016 en Estocolmo. Fotografía de la eurofan Noemi Martin

  1. Estocolmo: En esta ciudad he llorado dos veces. La primera de frío. Ocho grados bajo cero no se llevan demasiado bien,  más cuando vienes de Canarias y se te ha ocurrido pasar la mañana en Skansen, un museo con animales al aire libre. Menos mal que el vino caliente especiado tiene efectos inmediatos cuando se toman un par de vasos seguidos. La segunda, en el  festival de Eurovisión hace unos meses. Ese himno televisivo de todos conocido, esas banderas alborotadas y esa “eurofan” dando rienda suelta a sus emociones sin cortarse un pelo. El resultado: rímel emborronado y unos cuantos kleenex  arrugados  en el bolsillo.

Hasta aquí un resumen de mis llantos más sonados. Mientras ideo una segunda entrega, te reto a que, como yo,  hagas memoria viajera. Seguro que tú también has llorado alguna vez por esos mundos. ¿Lo recuerdas?

BSO Llorar y llorar de Vicente Fernández

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

 

Vino para dos. Capítulo 20

He vuelto a pintar, a escribir, a bailar. Después de muchos años en penumbra interior, veo la luz y no en la mirada de un hombre. Ayer me revisé en el espejo atentamente. Comienzo a tener algunas arrugas pero por primera vez mis ojos brillan sin necesidad de faros accesorios. Siento que estoy empezando a ser yo. Un yo mejor, pausado y soberano. Un yo aún enamorado pero sensato. Me cuesta dejar de pensar en Jai pero ahora ocupa otro puesto. Va detrás de mí o a mi lado pero no delante. No sé si alguna vez me recuerda. Si era cierto que me quería. A veces le percibo en la distancia, como un velero detrás del rompeolas. Otras, le noto en mí, anclado firme en una esquina de mi ventrículo izquierdo.  ¿Hasta cuándo? ¿Quién lo sabe?

En estos meses de resurrección desde que volví de San Francisco han sido milagrosas las conversaciones con Marcos. Su forma de ver las cosas es tan clara y limpia que es imposible no confiar en sus palabras sabias. Me encanta poner el manos libres y tomar un café cuando sale del hospital después de alguna de sus intervenciones de siete horas. Y está sereno y feliz. Y me contagia la sangre, la bilis y las neuronas. Ojalá todos los virus fueran como Marcos.

Pero además de Marcos, también mi amiga Nora ha resultado imprescindible en la génesis de esta nueva Ana: la Ana decidida, la no torturada. Nora es mi compañera en la consulta. Estudiamos psicología juntas, lo decidimos en el primer curso del instituto. Siempre ha estado a mi lado. Supongo que es la hermana que no tuve. Mi confidente en calma sabe de Jai, de Pedro, de Óscar, de mi primer desamor a los quince años.  Mi pelirroja favorita se acaba de separar de su marido, hace cinco meses, y como tampoco tiene hijos, además de compartir horas de trabajo, pasamos muchas tardes juntas, oyendo música y paseando junto al mar.

Nora conoció a mi ángel Marcos hace un par de semanas. Viajamos a un festival de jazz en Granada. Homenaje a Chet Baker y homenaje a la amistad, a la antigua y a la recién nacida. Me maravilló la complicidad que surgió durante la cena de presentación. Tres almas embargadas que encuentran su redención en una copa de vino junto a La Alhambra. “Los pecados nos harán libres”, reza ahora el lema del “Trío Baker”. Después de un fin de semana repleto de instantáneas -de ésas que cuelgas en la nevera para sonreír al buscar una manzana- Nora me confesó que Marcos la había cautivado. Su cabeza ordenada, sus manos de cirujano, su voz templada y sedante… Sospecho que a mí también me habrían enamorado si Jai no continuara varado en mi pecho.

 

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Fotografía de Noemi Martin

Admito que a veces he tenido la tentación de coger el móvil y enviarle un mensaje. Algunas noches de insomnio pongo el teléfono junto al vaso de leche con miel y le veo al otro lado del mundo. Le imagino saliendo del trabajo, escribiendo de viajes en su ordenador, yendo a cenar al Kurosawa, probando vinos nuevos. Debo ser una ingenua pero nunca le pienso con otra mujer. Le siento solo, sanándose, como yo.

Lo cierto es que los meses pasan y mi vida continúa. En la consulta puedo dar consejos que ahora me creo y en mi día a día todo se va poniendo en su sitio. Como un puzzle gigante. Prefiero aprovechar la luz para nadar, leer y reconstruirme. Lo de salir después de la puesta de sol lo dejo sólo para ir a alguna cena o un concierto. Quizá me estoy volviendo un poco beata. Eso dice Nora.

Esta noche, sin embargo, es especial, única. Es mi noche favorita del año. Ni treinta y uno de diciembre, ni navidad, ni cumpleaños. A mí me apasiona la magia de San Juan. Lo poco que queda por quemar de la Ana apocada y vacilante, arderá para siempre al salir las estrellas. Tendrá que ser así porque hoy me toca ser valiente. Cuando se apaguen las hogueras en la playa, comienza una fiesta en “nuestra terraza” junto al Atlántico. No la he pisado desde la última vez que cené con Jai, en mi otra vida, hace seis meses. Aunque he pensado que tal vez no sea buena idea volver sobre mis pasos, Nora insiste en que es lo último que me queda por hacer para nacer de nuevo. Y ésta es la noche.

Sobre la cama veo mi vestido blanco, mis sandalias planas y mi ánimo atrevido. También está mi bolso de cristalitos azules cargado de sueños y hechizos. Ojalá no me arrepienta cuando al volver apague la luz de mi habitación y abra la ventana para que entre el aroma a alquimia y madera quemada. San Juan me espera.

BSO: Let’s Get Lost Chet Baker

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados.

Vino para dos. Capítulo 17

Fin de la actuación en Sausalito. Jai se despide de los dueños del “Chico & Rita” y ponemos rumbo al apartamento. Es la una de la mañana cuando el taxi cruza de nuevo el Golden Gate. Combustible en las arterias, lava calentando mi alma. Es lo que tiene la música. El cansancio se ha esfumado. Adiós jet lag.

Mientras atravesamos la ciudad, pienso en las cosas increíbles que han ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Puro realismo mágico. Improvisando con cada inspiración, como en un concierto de jazz. La llamada a Jai, el vuelo de Croacia a San Francisco, mi encuentro con Julia, la cena japonesa en el Kurosawa, sus palabras, mis lágrimas, la reconciliación de Jai y su hermana Claudia… Después de todo esto, imagino que los unicornios azules realmente existen. Tal vez el amor verdadero. Y las mujeres-tiovivo como yo, que le dan vuelta a los sentimientos cien mil veces.

Al llegar al dúplex en Marina, subimos las escaleras lentamente. El ascensor no funciona. Yo voy delante y Jai me empuja mientras aprovecha para acariciarme. Cuando la puerta se abre, vuelve el olor a vainilla que llena la casa. Es el fantasma de Julia que me atraviesa, ¿el pasado que todo lo invade? ¿Estoy segura de que no es el presente o el futuro? A fin de cuentas, dos años después siguen casados. Tal vez Jai esperaba reencontrarse con ella algún día y solucionarlo todo. De repente, me percato de que han desaparecido sus fotos del salón. Supongo que él las ha quitado para no incomodarme, aunque no sé en qué momento.

Nos besamos sonriendo entre los cojines del sillón rojo. En la cocina. En el pasillo. Atravesamos sin miedo las vías del tren que llevan al dormitorio. Pongo a mi amigo Chet Baker en el móvil y lo dejo sonando en la mesilla, junto a la cama. Quiero que esté con nosotros esta noche, una vez más. Trío consentido. Tormentoso Chet, casi tanto como yo.

Cuando Jai Ackerman se quita la camisa y la deja sobre la silla, contemplo de nuevo sus pecas sobre los hombros: astros pequeños, hormigas, granos de arena de este a oeste… Sus brazos fuertes y suaves, su cintura poética, sus piernas firmes. Mi vestido de seda cae sobre el parqué y los tacones quedan a un lado mientras bailamos abrazados. La brisa del mar se cuela por la ventana y la luz de una farola ilumina su sonrisa, noctiluca oceánica. Después, dibuja suavemente sobre mi espalda. Como un mándala gigante, me colorea con sus dedos tibios. Me canta al oído, me saborea, me bebe. Entre sorbo y sorbo, olvido que he decidido marcharme. Después, aparto de mis entrañas cansadas las palabras obsesivas de mi padre: “nunca eres lo suficientemente buena, Anita. No tienes madera de ganadora, déjalo”.

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Fotografía de Noemi Martin.

Chet continúa tocando en el altavoz de mi teléfono. Lo oigo suave y lejano casi entre sueños, con el sabor balsámico de Jai tatuado en mis labios. De repente un mensaje en mi móvil, retumba en la mesilla y rompe el hechizo. De manera instintiva, cojo el teléfono y miro la pantalla que nos enfoca directa a los ojos: su vuelo con destino a Madrid se retrasa hasta las 17.00 horas. Yo suspiro y Jai me pregunta sorprendido: -Ana, ¿qué es ese aviso?

Me quedo paralizada. No puedo contestar. He perdido treinta años de golpe y soy una niña al borde del abismo.

-¿Te vas, ahora?  Jai se incorpora y enciende la luz. Me mira y me apuñala con tristeza. Tercer grado asesino del hombre que amo.

-Déjame que te explique. Estaba confundida.

-No hay nada que explicar, Ana. Lárgate ya. El avión te espera. No te entiendo. Te he dicho que te quiero. Te he hablado de mis inseguridades, de mis secretos. Y tú te vas. Te ríes de mí, como Julia. Eres igual.  Y yo no quiero más locas en mi vida.

Luego se levanta y se viste. No me mira.  Oigo un portazo que retumba en mis oídos.

Me siento desnuda en la esquina de la cama. Jai no se merece una mujer como yo. Es demasiado bueno para mí. Mi padre tenía razón.

Recojo mis cosas. No tengo nada. Ni siquiera lágrimas. Suena “Every time we say goodbye”.

Adiós, Jai.

BSO:  Every Time We Say Goodbye por Chet Baker

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 15

Estoy mareada. Demasiado vino en  vena.  A pesar de  todo, mi plan sigue en pie: en mayúsculas y con letra “Times New Roman”. Sin concesiones, sin color azul nube, sin “Comic Sans” que valga.

Una estrofa de Bob Dylan se escribe en mi cerebro de lado a lado: “¿Pero tú me quieres o sólo esperas que me vaya bien? ¿is your love in vane?” Jai  tendrá que responderme si los días que hemos pasado juntos han sido en vano o habrá segunda parte. Supongo que estas cosas jamás deben preguntarse a quemarropa. Que hay que esperar a que el protagonista masculino confiese que te ama como en cualquier película romántica que se precie. Y luego esbozar un tímido «yo también» con sonrisa turbada y ojos vacilantes. Pero, no. Mis historias siempre acaban mal y es hora de cambiar el argumento.

Camino por el apartamento sin rumbo fijo. Olfateo. Escudriño. Paso de no querer ver nada de lo que me rodea a transformarme en el detective Fergusson en Vértigo. Al final del salón hay unas escaleras a la parte alta. El dúplex es inmenso. Cuatro habitaciones, dos baños, la sala y una cocina roja con enormes ventanales. También una terraza gigante en la segunda planta junto a una biblioteca en la que, además de un montón de libros antiguos, encuentro una Bach Stradivarius como la que me regaló mi padre cuando era niña. Me acerco a la trompeta y la tomo en mis manos. La acaricio emocionada mientras se convierte en mi Jai de bronce. Hace semanas que no practico y lo noto porque mi fuerza no es la misma de siempre. Sin embargo, a pesar de estar cansada, inhalo, soplo y me inunda un aliento desconocido que me lleva volando hasta el planeta Ana. Ya en tierra, me relajo y sonrío mentalmente mientras toco «I fall in love too easily». Y es cierto: me enamoro demasiado fácilmente. Pero esta vez con razón. Es sencillo enamorarse del frágil y férreo Jai.

Estoy inmersa en el sonido de la trompeta y puedo aspirar el aroma de las notas que va forjando. Huelen a vida. También a nostalgia. De repente, noto una mano sobre mi hombro y me sobrecojo. Me doy la vuelta y es él que me mira con ojos húmedos y después me besa el cuello, rozándolo con sus dedos fuertes y erizándome la piel hasta el límite, como siempre.

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Fotografía de Noemi Martin

-Claudia está bien, me dice. Está consciente y se recuperará sin secuelas. El accidente de moto fue menos grave de lo que me había contado Julia. Y estoy feliz porque hemos hablado con calma y he recuperado a mi hermana. No quiero más discusiones. Sólo deseo aprovechar cada momento sin rencor y sin pensar en el pasado. Y eso, aunque no lo creas, Ana, te lo debo. A ti, a tu risa y a sol que llevas dentro. A pesar de que no te des cuenta y te sientas «la mujer invisible». Así que para compensarte te invito a cenar. San Francisco nos espera, nena.

Mientras Jai llama y reserva mesa en el japonés de moda de Mission, yo, muy apropiada para el escenario que me aguarda, estreno el vestido oriental que acabo de comprarme. Parece que es capaz de leer mi mente. Cuando salgo del baño distraída nos tropezamos en la entrada del salón. Él se ha cambiado de ropa y se ha puesto un perfume distinto. Me encanta el sándalo. Lleva una camisa blanca impecable, igual a la que tenía en nuestra primera cita en Tenerife. Mis piernas tiemblan sobre los tacones. Maremoto Jai. Alerta máxima. Él me mira de arriba a abajo y me guiña el ojo: -Estás guapísima, Ana. ¿Quizá podríamos dejar el sushi para mañana?

Yo le respondo mientras pienso que mañana no cenaremos juntos porque regreso a casa y no hay vuelta atrás: -Mejor esta noche, Jai. Me apetece que me enseñes la ciudad y ver el Golden Gate bajo la luna.

BSO: I Fall in Love Too Easily (Miles Davis)

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

Vino para dos. Capítulo 12

Estamos al otro lado del mundo y el frío del Oeste irrumpe en mis huesos al bajar por la escalerilla del avión. Noto como crujen mis rodillas mientras la realidad me toca en el hombro: ¿Estás ahí,  pequeña Ana?

Recorro el aeropuerto con el equipaje de mano que hice en Tenerife diez días atrás, cuando cené por primera vez en casa de Jai. Menos de dos semanas que parecen media vida concentrada en unos sorbos de Petrus.

Después de pasar los controles de seguridad, tomamos un taxi al apartamento. Jai le da la dirección al conductor con voz temblorosa: 238 Cervantes Boulevard, en el barrio de Marina. Sorprendentemente las llaves siempre viajan con él, en su bolsillo, atadas con un lazo de seda verde, aunque haga dos años que no pise San Francisco.

Jai está nervioso y apenas habla durante el trayecto. Sólo aprieta mi mano de cuando en cuando. El hombre seco y duro con la mandíbula de Gregory Peck tiene la mirada húmeda y líneas marcadas alrededor de los ojos. Podrían ser las horas de avión pero me confiesa que está angustiado e inquieto. Julia no le ha dado demasiados detalles sobre el estado de salud de su hermana pero ha sido como si la llamada hubiera borrado el pasado y sus recelos de un plumazo. Jai tenía que estar con ella en este momento. Lo tuvo claro en el primer segundo. Su madre había muerto hacía cinco años y a su padrastro y padre de Claudia lo imagina en su bodega de Napa, al margen de todo, como siempre.

Son las cinco de la tarde y el taxi nos deja en el apartamento. Hora del té, tiempo del tú. Miro a mi alrededor y vuelvo a sentirme en una película. Esta vez soy espectadora, no protagonista. ¿Adivina quién viene a cenar esta noche? Así es mi vida en los últimos tiempos. De plató en plató. De cine en cine. Hoy toca Vértigo.

El edificio es un pequeño e inmaculado bloque de tres plantas junto al antiguo puerto pesquero de la ciudad. Puedo oír el mar. El azul, como la música y el vino, siempre nos acompaña. Esta vez se presenta en forma de Pacífico penetrante y potente. Al abrir la puerta, el espacio, moderno y enorme, huele a vainilla y canela. Parece imposible que allí no viva nadie desde hace meses. Debe ser el rastro de Julia impregnado en cada grieta.

Dejamos las maletas en la puerta y pasamos al salón. Jai intenta disimular la emoción. Yo espero en la esquina junto a un sofá rojo, incapaz de sentarme. Contemplo la escena. Veo a un hombre-niño en su primer día de guardería: perdido, escudriñándolo todo con sus ojos caramelo. Un David de Miguel Angel asustado. La cara B de un vinilo a la deriva.

Jai me llama y vamos a la cocina con la bolsa de pasteles que hemos comprado en el aeropuerto. Desaparece y vuelve con una botella de vino.

-Aún siguen ahí, me dice. Me alegro de que no se las hayan bebido todas.

Intento no mirar demasiado los detalles que me rodean. Hay fotos familiares por todos lados. Jai coge una que está  pegada en la nevera: él en medio de dos mujeres que se repiten en los portarretratos que he visto de refilón, a cual más bella.

-Son ellas, me cuenta. Yo asiento y por las descripciones cinematográficas que me ha dado previamente, puedo distinguirlas perfectamente. Julia es la rubia elegante y sensual con vestido corto y escotado. Su hermana Claudia, la morena delgada con los ojos de Jai y chaqueta de cuero negra.

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Fotografía de Noemi Martin

Tomamos una copa de vino californiano con unos pequeños croissants franceses, mientras suena  John Coltrane en el tocadisco del salón. Curiosa merienda para apaciguar el jet lag y la ansiedad de Jai. La mía está aparcada, encerrada en el segundo piso de mi cerebro, como si esto no fuera conmigo. Ahora formo parte del público. Los guionistas me han dejado fuera por un momento.

Después de nuestra atípica hora del té, Jai se va directo a la ducha.  Mientras, yo me quedo en el sofá oyendo música y leyendo una revista de moda en inglés. Tendré que ponerme al día. Estoy hecha un desastre. Levanto la vista unos segundos y asumo que me encuentro en una casa llena de fantasmas.

El protagonista de mi historia aparece a los diez minutos.  Está impecable, sobrio y más atractivo que nunca: camisa azul marina y abrigo gris en la mano. Perfume a madera y ámbar. Vaqueros y mirada enigmática. Voz de locutor de radio: -me voy al hospital a ver a Claudia. Si te apetece, date un baño. Y si quieres, en lo que vuelvo, puedes pasear por la zona y comprar algo de ropa. Imagino que todas tus camisetas, como las mías, tienen que ir directas a la lavadora. Intentaré no tardar demasiado.

Jai me da un beso en los labios y una copia de las llaves del apartamento con una J que cuelga de una argolla dorada. Intuyo que pertenece a Julia. Cierra la puerta y me quedo sola. Sigo repasando la revista para no mirar demasiado a mi alrededor. Le doy al off a mi curiosidad. Al final me quedo dormida unos instantes.

De repente me despierta el timbre de la puerta. Supongo que es Jai que se ha olvidado algo. No pienso. Estoy aún en modo avión. Cruzo el salón envuelta en la manta de cuadros del sofá y voy directa a la puerta de la entrada. Cuando la abro me encuentro con Julia y sus ojos feroces de frente.

BSO: In a sentimental mood de John Coltrane.

 © 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 11

 

 

“Julia telefonea. Jai cruza el Océano. Aún la ama. Soy estúpida”

Cuatro frases, dos segundos. Concluyo rápido. Mis neuronas son víboras veloces.

Jai baja la cabeza. Clava sus ojos desafinados en el suelo y vierte una lágrima enorme sobre el zócalo negro. Lo golpea. Casi puedo oír su sonido.

–Mi hermana Claudia ha tenido un accidente de moto. Tengo que ir a verla. Buscaré un vuelo que salga para San Francisco lo antes posible.

Un bombardeo de sensaciones me aporrea el cerebro. HiroshimaNagasaki. Atómicas noticias que estremecen mis cimientos.

Me siento ruin porque prefiero que el motivo del viaje de Jai sea Claudia y no Julia.  Sospecho que el amor a veces es egoísta y malvado, compulsivo, obsesivo, esquizofrénico… Yo tampoco puedo evitar llorar. Me doy pena. Me da pena. Mis lágrimas tibias se mezclan con la suya: inmensa gota fraterna. Nos ata un hilo húmedo de angustia y conmoción.

Jai levanta la cabeza. Me mira con pupilas brillantes: –¿Quieres acompañarme? No será una escapada placentera pero puedes venirte a casa conmigo si no tienes nada mejor que hacer. Mi apartamento está vacío, Julia lo desocupó hace meses. Supongo que dejé mi corazón en San Francisco y ahora no me queda más remedio que recuperarlo. Será más fácil si estás cerca.

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Fotografía de Noemi Martin

Cuando recapacito sobre la propuesta, un sí tembloroso ya ha salido de mis labios. Como un caballo desbocado. Estoy en el camino. Cabalgo sin silla ni riendas.

Preguntamos en el mostrador de información. Una bella croata nos atiende con amabilidad. Salimos en tres horas. Escala en Londres sin bajar del avión. Y luego flotando, diez horas más. Hago el cálculo de manera inconsciente: trece, mala suerte. Soy una perdedora. “I’m a loser”. Suenan The Beatles. Acto seguido recuerdo mi consigna: no pienses salvo en caso de extrema necesidad. Además, no soy tan desafortunada. Estoy con Jai  y tengo la documentación necesaria para entrar en Estados Unidos gracias a la cancelación de un vuelo a Nueva York un otoño atrás.

Antes de embarcar, tomamos café americano con galletas de canela y miel. Glucosa y tensión en su sitio. Todo en orden.

El pequeño aeropuerto de Pula nos dice adiós. Compro una guía de San Francisco y descargo canciones en el móvil. Necesito que Chet Baker y su trompeta me acompañen en este viaje. También Ella Fitzgerald y Nina Simone y Billie Holliday. Las tres juntas, con su fuerza. Como un sortilegio musical.

Ya en el avión, respiro. Creo que estoy loca. Él toma mi mano entre las suyas y la besa durante segundos eternos. Me revuelve el cabello. Sonríe suavemente.  -Gracias, Ana.

Esbozo un te quiero en mi mente y me pongo los cascos.

El tiempo pasa volando. Esta vez no hay vino para dos. Sólo chocolate y té caliente. Cuando me doy cuenta, diviso el Golden Gate entre la niebla.

El corazón de Jai nos espera astillado en la Bahía.

BSO: I leave my heart in San Francisco Tony Bennett

 

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

 

Vino para dos. Capítulo 10

Era tarde para decidir un nuevo destino. Las ostras y el vino blanco, aderezados con las confesiones de Jai sobre Claudia y Julia, habían hecho estragos en nuestra voluntad. Después de escucharlas, a mi lo único que me apetecía era besarle y sentirle aún más. No quería juzgar su reacción. El pasado era de su propiedad. Así que me propuse pensar solamente en caso de extrema urgencia. Ahora estábamos en un lugar de cuento y el atardecer invitaba a la felicidad. Aceptamos su propuesta: pasaríamos una velada más en Dubrovnik. Seguimos recorriendo sus calles de piedra y al anochecer encontramos un lugar precioso donde cenar y escuchar jazz, nuestro habitual compañero de viaje. Estaba claro que éramos almas musicales. No podíamos vivir sin la compañía de un puñado de notas revoloteando a nuestro alrededor. Tampoco sin olores suculentos o sabores nuevos. Gozábamos poniendo en marcha todos los sentidos. El del tacto tampoco se nos daba mal. Sobre todo bajo las sábanas.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Después de pararnos unos minutos en la Plaza del Reloj para disfrutar de un músico callejero que cantaba «What a wonderful world«, se despertaron algunas neuronas y planeamos seguir viendo el maravilloso mundo que nos rodeaba. Alquilaríamos un coche para visitar la costa croata en unos días, parando donde nos apeteciera. Terminaríamos el camino en la ciudad de Pula al norte del país. Después, volveríamos a Tenerife. O tal vez no. Los dos habíamos decidido vivir el momento. El sin esperar nada a cambio. Yo poniendo una instancia a la luna.

Tenía días libres para embarcarme en esta locura sensorial. No los había utilizado en todo el año. Así que le envié un mensaje a Nora para  decirle que todo estaba bien y que no aceptara ninguna nueva cita en el gabinete psicológico. También llamé a mi madre para contarle la aventura que había comenzado. A pesar de que me acercaba vertiginosamente a los cuarenta, me trataba como una niña ingenua. -Ten cuidado Ana. Al final siempre acabas llorando. Aunque en algunos momentos me acechaban las dudas, estaba segura de que esta vez mi madre y sus malos augurios se equivocaban. O no. Quizá Jai era un embaucador.  A fin de cuentas tampoco sabía demasiado de sus asuntos, sólo lo que  él me había querido proporcionar a cuentagotas. Después de soportar infidelidades, maltrato psicológico, celos y abandono, tenía archivado en mi corazón el catálogo entero del sufrimiento sentimental. Pero Jai era diferente. Olía a vida en estado puro, a mundo por conocer. Me encantaban sus manos y el tacto de su piel. Adoraba su voz, los países de los que me hablaba, la pasión que ponía al hacer el amor y sus ojos chispeantes al terminar. Me hacía recordar una frase de Frida Kahlo: «escoge un amante que te mire como si quizás fueras magia».

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Así que decidí ignorar las profecías de mi madre. Y entre miradas mágicas, calas desiertas, ciudades medievales y copas de vino istriano pasaron los días en Croacia. Sin pausa: como un vendaval de emociones. A veces descubría a un Jai pensativo, otras a un amante apasionado. En ocasiones a un hombre serio y discreto. También a un tipo con un sentido del humor hilarante.

Ya estábamos en el aeropuerto rumbo a Tenerife cuando Jai, que había desaparecido unos minutos después de que sonara su móvil, se dirigió con el rostro descompuesto hacia mí. Su tono sonó extraño, triste y contundente. -No puedo volver a Tenerife ahora, Ana. Julia me acaba de llamar.  Me voy a San Francisco.

BSO: What a wonderful world  de Louis Armstrong.

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 9

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Llegamos a Dubrovnik  pasada la media noche  después de una pequeña escala en Zagreb. La madrugada croata era color zafiro y nuestro hotelito estaba en el centro de la Ciudad Vieja, dentro del recinto fortificado. Era un palacete diminuto con vistas a la Plaza Gunduliceva. Me sentía protegida entre las piedras blancas de las murallas y los brazos robustos de Jai.

Decidimos tomar algo ligero antes de irnos a dormir y dejar el vino y las confesiones para el día siguiente. Las horas pasaron rápidas. Estábamos exhaustos después de tres jornadas sin freno. Aún así me desperté varias veces para comprobar que mi príncipe azul seguía siéndolo y que las ranas que se oían estaban sólo en mis sueños.

El lunes amaneció brillante. El precioso reloj de la Plaza Luza marcaba las nueve en punto y el sol de mi Isla había decidido acompañarme  allá donde fuese. Después de un invierno continuo en mi biografía, la luz había llegado con la forma de Jai. Era verano en  pleno diciembre y Ella Fitzgerald cantaba «Summertime» sólo para mí.

Agotamos la mañana recorriendo las calles calizas de la deslumbrante Dubrovnik. Tomamos fotos en cada esquina, subimos a las murallas y descansamos en el interior de las iglesias. Como en un cuento de hadas medieval,  las estatuas y las fuentes nos sonreían y regalaban magia a puñados.

A la hora del almuerzo, atravesamos valientes las puerta de la ciudad. Sin protección y con el alma descalza junto al Adriático, era el momento de confiar en la vida y sus recodos. Una mesa tranquila sobre la playa de Banje y un vino transparente  acompañado de ostras como suero de la verdad, ¿acaso podría haber fórmula mejor? Temblaban juzgados y divanes. La había encontrado.

– Adoraba  a mi hermana Claudia. A ella y a Julia, mi mujer. Ahora no sé nada de su vida pero hasta hace dos años,  Claudia era la cantante de un grupo de jazz muy conocido en San Francisco. Además pintaba, escribía y hacía trabajos como fotógrafa. Era la típica artista bohemia con altibajos emocionales. Tiene cuatro años menos que yo y era hija de mi padrastro y  de mi madre. Cuando la abandonó su último novio,  entró en un círculo depresivo y se vino a vivir con nosotros. Si la quieres imaginar, piensa en un cóctel extravagante: una mezcla entre la mirada de Lauren Bacall y el carácter obstinado de Vivien Leight en «Lo que el viento se llevó»  

A Julia la conocí en el periódico en el que trabajaba. Yo era el jefe de la sección de viajes y gastronomía y ella llevaba el suplemento de moda. Me enamoré rapidamente. Comenzamos a tontear en una fiesta de navidad y acabamos casándonos en Las Vegas en la primavera.  Julia era una mujer insegura y celosa pero tenía la sonrisa de Marilyn y la elegancia de Grace Kelly

Claudia y Julia discutían mucho por tonterías pero al momento se reconciliaban y se iban de compras. Una tarde llegué a casa antes de lo normal. Se supone que tenía que esperar a las once para hacer el cierre de edición pero acabamos a las ocho y regresé con una botella de vino para los tres. Cuando abrí la puerta, estaban bebiendo ginebra y besándose entre risas.

Me di media vuelta y me marché. Me sentí  bombardeado e indefenso. Tanto como cuando esta ciudad fue destruida y arruinada en el noventa y uno. Dejé todas mis cosas en el apartamento, llamé al periódico y hablé con el director para pedir una excedencia. Le dije que no podía esperar un día más y que si no era posible me despidiera. Así lo hizo. Cogí una maleta pequeña y me marché a Argentina. Desde entonces no he pisado San Francisco. Ni siquiera he arreglado los papeles del divorcio. No quise las explicaciones de Julia. Tampoco las de Claudia aunque según dijeron ambas era la primera vez que ocurría y se trataba de una estupidez sin importancia. No se lo confesé  a nadie ni siquiera a mi madre. Sólo dije que dejaba a Julia y me iba a recorrer el mundo. Me da vergüenza contarte todo esto, Ana, pero quiero que lo sepas para que entiendas por qué tengo miedo y por qué prefiero ser libre aunque muchas veces me sienta solo y tan amurallado como Dubrovnik.  

No pude decir nada. Era incapaz. Sólo cogí sus dedos suaves y los acerqué a mis labios. No sabía qué iba a pasar entre nosotros, ni siquiera donde iba a dormir aquella noche. A pesar de todo, era feliz porque en ese instante único él estaba a mi lado.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Acabamos la botella de vino y brindamos por el presente y la libertad de poder ignorar que ocurriría al día siguiente. Como rezaba el lema de la ciudad que nos acogía: «La libertad no se vende ni por todo el oro del mundo«.  Quizá yo regalaría un poco a cambio de su amor.

Bajamos a pasear por la playa y después nos sentamos en una roca grande frente al mar. Estaba en nuestras manos escribir el siguiente capítulo de la historia o dejar las cosas en este punto.

Mientras contemplábamos la más hermosa puesta de sol que jamás hubiéramos visto, concluimos que sólo el cielo de Dubrovnik podría robarnos nuestra capacidad de elección.

BSO: Summertime por Ella Fitzgerald  

© 2015 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

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