Vino para dos. Capítulo 16

Jai besa con dulzura mis labios y oigo caer un ladrillo de mi muralla. Luego llama a un taxi que nos lleva directo al 1085 de Mission Street. Ha oscurecido desde que bajé a la calle y las luces de la ciudad golpean los cristales del coche. Me derrumbo sobre mis stilettos negros  pero quiero disfrutar de mi primera y última noche en San Francisco. Como si mañana fuera a estrellarme en el avión de regreso a casa. Ahora me pregunto si he hecho bien comprando el billete a Tenerife. Soy un hámster dando vueltas en círculos. Una carpa roja en una pecera dorada. Me agota ser yo misma y  escuchar mis inseguridades. Y encima, después de estar tocando la trompeta en la casa de Jai, vuelven a acosarme los pensamientos sobre mi padre. Su necesidad de que siempre fuese la niña perfecta me martiriza y acompleja. Stop, stop, stop…Para, Ana.

El restaurante Kurosawa está en una antigua academia de idiomas. En la puerta de cristal nos recibe el chef que abraza a mi acompañante y me saluda con rostro amable. Es un tipo curioso: un japonés altísimo vestido de samurái que, según me cuenta Jai,  dirige un programa de cocina en la NBC y al que conoce desde sus comienzos. Después de entrar, cruzamos un pasillo estrecho donde la gente cena sentada en pupitres negros iluminados con velas y llegamos a una pequeña salita apartada.

-Para ti el despacho del director, amigo.  Te he echado de menos, le dice el japonés a Jai mientras nos acomoda en una mesita a ras del suelo. Luego enciende  una radio antigua donde suena Coltrane y promete molestarnos sólo para traer el vino y el menú degustación.

Con una copa en la mano derecha  y los palillos en la izquierda, pasados veinte minutos, asalto a mi americano insondable. Tengo las armas adecuadas. Un tartar de atún picante y unos makis de foie nos contemplan expectantes. Él me está hablando entusiasmado de las bodegas de su padrastro en Napa y yo le interrumpo con ojos de sashimi: crudos y fríos. -¿Tú me quieres?

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Fotografía de Noemi Martin.

Jai me mira sorprendido y deja el vino sobre la mesa. Suspira. – ¿Te acuerdas de lo primero que te dije cuando nos conocimos, Ana? Yo me quedo callada. Ese día estaba tan nerviosa que no oí sus palabras. -Yo lo recuerdo perfectamente,  añade: «Me he tomado la libertad de pedir la cena. Después de catorce semanas mirándote a escondidas mientras comes y sueñas, creo que sé lo que te gusta». Sonrío nerviosa con su respuesta y él coge mi mano. -Pues sí, Ana. Tú pensabas que ibas a verme a mí y yo esperaba cada viernes para encontrarte en la distancia, como un náufrago divisando un faro entre la calima. Y te observaba con tu copa como un cachorro indefenso. Tan indefenso como yo, Jai el valiente. Y, ¿sabes una cosa?: «Quería convertirme en queso para ser devorado con avidez y deseaba ser vino para deslizarme por tu boca. Y colarme en tu interior y ver qué pensabas y cómo sentías. Y tantos y…»

No puedo evitarlo. Estoy temblando y lloro. Los suyos son mis pensamientos cuando le observaba a través de la cristalera nuestros viernes junto al Atlántico. Mis lágrimas no son gotas  finas. Son cuarzos sin labrar a la deriva que caen estruendosos sobre la mesa de bambú. Lloro de felicidad, de incredulidad, de estupidez.  Lloro y Jai pone su copa bajo mis ojos, sonriendo con los suyos: – «agua de lluvia, malvasía puro. Pues claro que te quiero».

Cuando terminamos de cenar, nos despedimos del «chef samurái»  y tomamos un taxi hacia Sausalito, una población al otro lado del Golden Gate. Vamos a un concierto de jazz en uno de los  locales donde solía actuar Claudia. Por el camino, Jai me susurra al oído que después de tanto tiempo se siente fuerte, que conmigo a su lado se atreve a todo. Que ya no tiene que aparentar lo que no es. Mientras él se confiesa sin reservas, yo me siento una mentirosa patética.

La noche es preciosa y el Puente parece un brazalete de oro sobre la Bahía. Hace tiempo que no veo una imagen tan bonita. El bar de Sausalito está lleno pero podemos entrar sin problemas. Jai conoce a todo el mundo y todos se sorprenden gratamente al encontrarle de nuevo en la ciudad. Le veo feliz.

Después de pasar por la barra, nos sentamos junto al escenario. Hay dos taburetes libres para nosotros. Un grupo versiona «Summertime». La voz de la cantante se parece muchísimo a la de Sarah Vaughan y me emociono. Jai me abraza. Siento su olor y sus manos fuertes cuidándome. Tal vez sea cierto que me ama. Yo aún no le he dicho que mañana regreso a Tenerife porque, una vez más, sentí  que perdía  el control de mi vida y tuve miedo. Vuelvo a casa porque soy una estúpida. Me voy porque sigo sin creer que un hombre como Jai pueda estar enamorado de mí y no quiero sufrir. Esta historia tiene que empezar o acabar ya.

BSO : Summertime por Sarah Vaughan

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

Vino para dos. Capítulo 9

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Llegamos a Dubrovnik  pasada la media noche  después de una pequeña escala en Zagreb. La madrugada croata era color zafiro y nuestro hotelito estaba en el centro de la Ciudad Vieja, dentro del recinto fortificado. Era un palacete diminuto con vistas a la Plaza Gunduliceva. Me sentía protegida entre las piedras blancas de las murallas y los brazos robustos de Jai.

Decidimos tomar algo ligero antes de irnos a dormir y dejar el vino y las confesiones para el día siguiente. Las horas pasaron rápidas. Estábamos exhaustos después de tres jornadas sin freno. Aún así me desperté varias veces para comprobar que mi príncipe azul seguía siéndolo y que las ranas que se oían estaban sólo en mis sueños.

El lunes amaneció brillante. El precioso reloj de la Plaza Luza marcaba las nueve en punto y el sol de mi Isla había decidido acompañarme  allá donde fuese. Después de un invierno continuo en mi biografía, la luz había llegado con la forma de Jai. Era verano en  pleno diciembre y Ella Fitzgerald cantaba «Summertime» sólo para mí.

Agotamos la mañana recorriendo las calles calizas de la deslumbrante Dubrovnik. Tomamos fotos en cada esquina, subimos a las murallas y descansamos en el interior de las iglesias. Como en un cuento de hadas medieval,  las estatuas y las fuentes nos sonreían y regalaban magia a puñados.

A la hora del almuerzo, atravesamos valientes las puerta de la ciudad. Sin protección y con el alma descalza junto al Adriático, era el momento de confiar en la vida y sus recodos. Una mesa tranquila sobre la playa de Banje y un vino transparente  acompañado de ostras como suero de la verdad, ¿acaso podría haber fórmula mejor? Temblaban juzgados y divanes. La había encontrado.

– Adoraba  a mi hermana Claudia. A ella y a Julia, mi mujer. Ahora no sé nada de su vida pero hasta hace dos años,  Claudia era la cantante de un grupo de jazz muy conocido en San Francisco. Además pintaba, escribía y hacía trabajos como fotógrafa. Era la típica artista bohemia con altibajos emocionales. Tiene cuatro años menos que yo y era hija de mi padrastro y  de mi madre. Cuando la abandonó su último novio,  entró en un círculo depresivo y se vino a vivir con nosotros. Si la quieres imaginar, piensa en un cóctel extravagante: una mezcla entre la mirada de Lauren Bacall y el carácter obstinado de Vivien Leight en «Lo que el viento se llevó»  

A Julia la conocí en el periódico en el que trabajaba. Yo era el jefe de la sección de viajes y gastronomía y ella llevaba el suplemento de moda. Me enamoré rapidamente. Comenzamos a tontear en una fiesta de navidad y acabamos casándonos en Las Vegas en la primavera.  Julia era una mujer insegura y celosa pero tenía la sonrisa de Marilyn y la elegancia de Grace Kelly

Claudia y Julia discutían mucho por tonterías pero al momento se reconciliaban y se iban de compras. Una tarde llegué a casa antes de lo normal. Se supone que tenía que esperar a las once para hacer el cierre de edición pero acabamos a las ocho y regresé con una botella de vino para los tres. Cuando abrí la puerta, estaban bebiendo ginebra y besándose entre risas.

Me di media vuelta y me marché. Me sentí  bombardeado e indefenso. Tanto como cuando esta ciudad fue destruida y arruinada en el noventa y uno. Dejé todas mis cosas en el apartamento, llamé al periódico y hablé con el director para pedir una excedencia. Le dije que no podía esperar un día más y que si no era posible me despidiera. Así lo hizo. Cogí una maleta pequeña y me marché a Argentina. Desde entonces no he pisado San Francisco. Ni siquiera he arreglado los papeles del divorcio. No quise las explicaciones de Julia. Tampoco las de Claudia aunque según dijeron ambas era la primera vez que ocurría y se trataba de una estupidez sin importancia. No se lo confesé  a nadie ni siquiera a mi madre. Sólo dije que dejaba a Julia y me iba a recorrer el mundo. Me da vergüenza contarte todo esto, Ana, pero quiero que lo sepas para que entiendas por qué tengo miedo y por qué prefiero ser libre aunque muchas veces me sienta solo y tan amurallado como Dubrovnik.  

No pude decir nada. Era incapaz. Sólo cogí sus dedos suaves y los acerqué a mis labios. No sabía qué iba a pasar entre nosotros, ni siquiera donde iba a dormir aquella noche. A pesar de todo, era feliz porque en ese instante único él estaba a mi lado.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Acabamos la botella de vino y brindamos por el presente y la libertad de poder ignorar que ocurriría al día siguiente. Como rezaba el lema de la ciudad que nos acogía: «La libertad no se vende ni por todo el oro del mundo«.  Quizá yo regalaría un poco a cambio de su amor.

Bajamos a pasear por la playa y después nos sentamos en una roca grande frente al mar. Estaba en nuestras manos escribir el siguiente capítulo de la historia o dejar las cosas en este punto.

Mientras contemplábamos la más hermosa puesta de sol que jamás hubiéramos visto, concluimos que sólo el cielo de Dubrovnik podría robarnos nuestra capacidad de elección.

BSO: Summertime por Ella Fitzgerald  

© 2015 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

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