Vino para dos. Capítulo 11

 

 

“Julia telefonea. Jai cruza el Océano. Aún la ama. Soy estúpida”

Cuatro frases, dos segundos. Concluyo rápido. Mis neuronas son víboras veloces.

Jai baja la cabeza. Clava sus ojos desafinados en el suelo y vierte una lágrima enorme sobre el zócalo negro. Lo golpea. Casi puedo oír su sonido.

–Mi hermana Claudia ha tenido un accidente de moto. Tengo que ir a verla. Buscaré un vuelo que salga para San Francisco lo antes posible.

Un bombardeo de sensaciones me aporrea el cerebro. HiroshimaNagasaki. Atómicas noticias que estremecen mis cimientos.

Me siento ruin porque prefiero que el motivo del viaje de Jai sea Claudia y no Julia.  Sospecho que el amor a veces es egoísta y malvado, compulsivo, obsesivo, esquizofrénico… Yo tampoco puedo evitar llorar. Me doy pena. Me da pena. Mis lágrimas tibias se mezclan con la suya: inmensa gota fraterna. Nos ata un hilo húmedo de angustia y conmoción.

Jai levanta la cabeza. Me mira con pupilas brillantes: –¿Quieres acompañarme? No será una escapada placentera pero puedes venirte a casa conmigo si no tienes nada mejor que hacer. Mi apartamento está vacío, Julia lo desocupó hace meses. Supongo que dejé mi corazón en San Francisco y ahora no me queda más remedio que recuperarlo. Será más fácil si estás cerca.

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Fotografía de Noemi Martin

Cuando recapacito sobre la propuesta, un sí tembloroso ya ha salido de mis labios. Como un caballo desbocado. Estoy en el camino. Cabalgo sin silla ni riendas.

Preguntamos en el mostrador de información. Una bella croata nos atiende con amabilidad. Salimos en tres horas. Escala en Londres sin bajar del avión. Y luego flotando, diez horas más. Hago el cálculo de manera inconsciente: trece, mala suerte. Soy una perdedora. “I’m a loser”. Suenan The Beatles. Acto seguido recuerdo mi consigna: no pienses salvo en caso de extrema necesidad. Además, no soy tan desafortunada. Estoy con Jai  y tengo la documentación necesaria para entrar en Estados Unidos gracias a la cancelación de un vuelo a Nueva York un otoño atrás.

Antes de embarcar, tomamos café americano con galletas de canela y miel. Glucosa y tensión en su sitio. Todo en orden.

El pequeño aeropuerto de Pula nos dice adiós. Compro una guía de San Francisco y descargo canciones en el móvil. Necesito que Chet Baker y su trompeta me acompañen en este viaje. También Ella Fitzgerald y Nina Simone y Billie Holliday. Las tres juntas, con su fuerza. Como un sortilegio musical.

Ya en el avión, respiro. Creo que estoy loca. Él toma mi mano entre las suyas y la besa durante segundos eternos. Me revuelve el cabello. Sonríe suavemente.  -Gracias, Ana.

Esbozo un te quiero en mi mente y me pongo los cascos.

El tiempo pasa volando. Esta vez no hay vino para dos. Sólo chocolate y té caliente. Cuando me doy cuenta, diviso el Golden Gate entre la niebla.

El corazón de Jai nos espera astillado en la Bahía.

BSO: I leave my heart in San Francisco Tony Bennett

 

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

 

 

Vino para dos. Capítulo 10

Era tarde para decidir un nuevo destino. Las ostras y el vino blanco, aderezados con las confesiones de Jai sobre Claudia y Julia, habían hecho estragos en nuestra voluntad. Después de escucharlas, a mi lo único que me apetecía era besarle y sentirle aún más. No quería juzgar su reacción. El pasado era de su propiedad. Así que me propuse pensar solamente en caso de extrema urgencia. Ahora estábamos en un lugar de cuento y el atardecer invitaba a la felicidad. Aceptamos su propuesta: pasaríamos una velada más en Dubrovnik. Seguimos recorriendo sus calles de piedra y al anochecer encontramos un lugar precioso donde cenar y escuchar jazz, nuestro habitual compañero de viaje. Estaba claro que éramos almas musicales. No podíamos vivir sin la compañía de un puñado de notas revoloteando a nuestro alrededor. Tampoco sin olores suculentos o sabores nuevos. Gozábamos poniendo en marcha todos los sentidos. El del tacto tampoco se nos daba mal. Sobre todo bajo las sábanas.

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Después de pararnos unos minutos en la Plaza del Reloj para disfrutar de un músico callejero que cantaba «What a wonderful world«, se despertaron algunas neuronas y planeamos seguir viendo el maravilloso mundo que nos rodeaba. Alquilaríamos un coche para visitar la costa croata en unos días, parando donde nos apeteciera. Terminaríamos el camino en la ciudad de Pula al norte del país. Después, volveríamos a Tenerife. O tal vez no. Los dos habíamos decidido vivir el momento. El sin esperar nada a cambio. Yo poniendo una instancia a la luna.

Tenía días libres para embarcarme en esta locura sensorial. No los había utilizado en todo el año. Así que le envié un mensaje a Nora para  decirle que todo estaba bien y que no aceptara ninguna nueva cita en el gabinete psicológico. También llamé a mi madre para contarle la aventura que había comenzado. A pesar de que me acercaba vertiginosamente a los cuarenta, me trataba como una niña ingenua. -Ten cuidado Ana. Al final siempre acabas llorando. Aunque en algunos momentos me acechaban las dudas, estaba segura de que esta vez mi madre y sus malos augurios se equivocaban. O no. Quizá Jai era un embaucador.  A fin de cuentas tampoco sabía demasiado de sus asuntos, sólo lo que  él me había querido proporcionar a cuentagotas. Después de soportar infidelidades, maltrato psicológico, celos y abandono, tenía archivado en mi corazón el catálogo entero del sufrimiento sentimental. Pero Jai era diferente. Olía a vida en estado puro, a mundo por conocer. Me encantaban sus manos y el tacto de su piel. Adoraba su voz, los países de los que me hablaba, la pasión que ponía al hacer el amor y sus ojos chispeantes al terminar. Me hacía recordar una frase de Frida Kahlo: «escoge un amante que te mire como si quizás fueras magia».

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Dubrovnik. Fotografía de Noemi Martin

Así que decidí ignorar las profecías de mi madre. Y entre miradas mágicas, calas desiertas, ciudades medievales y copas de vino istriano pasaron los días en Croacia. Sin pausa: como un vendaval de emociones. A veces descubría a un Jai pensativo, otras a un amante apasionado. En ocasiones a un hombre serio y discreto. También a un tipo con un sentido del humor hilarante.

Ya estábamos en el aeropuerto rumbo a Tenerife cuando Jai, que había desaparecido unos minutos después de que sonara su móvil, se dirigió con el rostro descompuesto hacia mí. Su tono sonó extraño, triste y contundente. -No puedo volver a Tenerife ahora, Ana. Julia me acaba de llamar.  Me voy a San Francisco.

BSO: What a wonderful world  de Louis Armstrong.

© 2016 Noemi Martin. Todos los derechos reservados

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