Vino para dos. Capítulo 19

Ater­ricé en Tener­ife hace seis meses. No he sabido nada de Jai en este tiem­po. A pesar de que  habi­ta mul­ti­pli­ca­do en mis neu­ronas y de que lo perci­bo en cada can­ción y en cada gota de vino que pasa por mi gar­gan­ta, estoy tran­quila. Ten­go la certeza de que algún día nos encon­traremos y todo será sen­cil­lo. Supon­go que podré expli­car­le que com­pré el bil­lete de vuelta después de encon­trarme con Julia en su aparta­men­to y llen­arme de angus­tia. Imag­i­no que seré capaz de hablar­le abier­ta­mente de mi male­ta de miedos y com­ple­jos. No espero nada. Quizá no lleg­amos a cono­cer­nos lo sufi­ciente. No añoro imposi­bles pero sé que nues­tras vidas revueltas volverán a tropezarse en algún tic-tac de nues­tra existencia.

Durante estos meses he revisa­do mi cere­bro y he hecho limpieza de sen­timien­tos y cul­pas. He pasa­do el cepil­lo por cada esquina de mi alma y he fro­ta­do a con­cien­cia mi corazón man­cha­do de dudas. Una hoguera imag­i­nar­ia. Una niña que saltan­do alrede­dor se con­vierte en mujer mien­tras arden sus mis­e­rias. Así he pasa­do estos cien­to ochen­ta días sin Jai.

En el vue­lo de San Fran­cis­co a Madrid conocí a Mar­cos, mi ángel de la guar­da. Cosas que suce­den en aviones transoceáni­cos: asien­tos con­tigu­os, his­to­rias que coin­ci­den y un plan­e­ta que con­tar. Llev­a­ba tres horas escri­bi­en­do ver­sos com­pul­si­va­mente sin pro­bar boca­do des­de la cena con Jai la noche ante­ri­or, cuan­do pasó un sobre­car­go ofre­cien­do bebi­da. –Una botel­li­ta de tin­to cal­i­for­ni­ano, por favor. Llené la copa de plás­ti­co y me lo tomé de golpe. Sin pen­sar. Direc­to al corazón como una flecha líqui­da. A los dos min­u­tos esta­ba marea­da y res­pi­ran­do entrecor­tada­mente. Mar­cos me miró de reo­jo y me pre­gun­tó en voz baja si esta­ba bien. Dos vasos de agua, un par de choco­lati­nas y seis horas bas­taron para desple­gar mi vida sobre la mesi­ta acce­so­ria. Mejor que cualquier pelícu­la de estreno.

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Fotografía de Noe­mi Martin

Mar­cos tenía cin­cuen­ta años y era médi­co, ciru­jano cardía­co. Aunque ya en casa me di cuen­ta de que era un tipo muy atrac­ti­vo, en medio de la zozo­bra no me habría per­cata­do ni del azul de los ojos de Paul New­man. Todo era negro. Todo daba igual. Lo úni­co que me atrapó de su per­sona fue su tono amable y llano, y, sobre todo, su capaci­dad para extir­par mi ataque de dolor de un pluma­zo. Con del­i­cadeza extrema. Él sabía per­fec­ta­mente lo que era vivir atra­pa­do en el gris porque había cam­i­na­do una mon­taña pare­ci­da a la mía: un padre exi­gente y severo, muchos fra­ca­sos y un corazón des­gar­ra­do y recom­puesto a base de amor pro­pio. La mejor sutu­ra, según me contó.

Hablam­os y nos con­fe­samos here­jías sin pudor, como si nos cono­ciéramos de otro tiem­po, de otro espa­cio. Esa con­ver­sación mág­i­ca entre rui­do de motores, lágri­mas y son­risas cer­canas, cam­bió la direc­ción de mis pasos. Cuan­do nos des­ped­i­mos en Madrid con un abra­zo y la prome­sa de seguir en con­tac­to, me di cuen­ta de que no podía seguir amar­ra­da a la oscuri­dad de mis pen­samien­tos para siem­pre. Tenía que abrir ven­tanas al lle­gar a casa. Aire, luz, cal­ma, confianza…eso necesitaba.

Me costó con­tar­le a mi madre que tal y como augura­ba, las cosas con Jai no habían sali­do bien. Pero, para mi sor­pre­sa, no me regañó como otras veces. Creo que no pudo porque ya no esta­ba ante una niña llorosa. Imag­i­no que se dio cuen­ta de que había empeza­do a cre­cer de golpe. Así que por primera vez nos encon­tramos cara a cara como dos mujeres ser­e­nas y fran­cas. Y me gustó sen­tirme así. Esta­ba bien eso de ser fuerte.

Días más tarde me sen­té en mi habitación y mien­tras escuch­a­ba a  Nina Simone escribí una larga car­ta a mi padre: le di las gra­cias por la vida recibi­da pero tam­bién le rogué una tregua per­pet­ua. Yo no aspira­ba a ser la mejor, no desea­ba ser una mujer per­fec­ta. Tam­poco quería morir de un infar­to en un despa­cho como le había suce­di­do a él. Sólo anhela­ba una exis­ten­cia tran­quila. Úni­ca­mente nece­sita­ba empezar a amarme para apren­der a amar bien. Al ter­mi­nar la car­ta la metí en una botel­la de vino vacía y me acerqué al muelle. Esta­ba feliz. La tiré al Atlán­ti­co una noche de luna llena. Sabía que bucearía lig­era entre estrel­las y cabal­li­tos de mar has­ta encon­trar sus cenizas sal­adas y entre­gar­les mi mensaje.

BSO: Tomor­row Is My Turn Nina Simone

© 2016 Noe­mi Mar­tin. Todos los dere­chos reservados.

 

 

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